Fue el protagonista de una pelea en la final de la Copa de España que marcó su salida del Barcelona pero el inicio de su leyenda en Nápoles

 - El día en que Maradona avergonzó al rey de España y salió por la puerta de atrás del Bernabéu

Cien días antes de protagonizar la batalla campal más recordada del fútbol español, el 10 argentino salió feliz del Palacio de la Zarzuela. El hombre que ese día les deseó a sus paisanos un rey como Juan Carlos I terminaría escribiéndole una carta de disculpas al monarca tras convertir un partido en un escándalo mundial.

Antes de D10S, estuvo Maradona

Diego Armando Maradona era el futbolista más famoso del planeta, pero todavía no era el D10S de los argentinos y del planeta fútbol. Aún no había levantado la Copa ni había eliminado a los ingleses con la inolvidable “mano de Dios” y el mejor gol de la historia de los mundiales. Aún Nápoles no lo veneraba como un santo y aún no conmovía a sus seguidores con sus pasos en falso, con su carácter entre díscolo y rebelde, con su ira de adicto.

Era una estrella mundial: el fichaje más caro de la historia y el crack del que hablaban futboleros de todas las latitudes. La leyenda, sin embargo, apenas empezaba a gestarse. El 17 de enero de 1984, recibió una invitación excepcional. El rey Juan Carlos I quería conocerlo en el Palacio de la Zarzuela. La audiencia duró cerca de veinte minutos.

El monarca europeo y el plebeyo “sudaca” hablaron de deporte, de ambos países, del Barcelona F.C. De la vida, el amor y la muerte. Al salir del palacio, Maradona lanzó una de sus polémicas frases: "ojalá los argentinos pudiéramos tener un Rey como él". También dijo que había encontrado a "a un Rey con todas las letras".

Ese día, nadie podría haber imaginado que apenas cuatro meses después se encontrarían de nuevo en el estadio Santiago Bernabéu. Tribunas llenas, papel picado, cánticos racistas de catalanes y vascos. También -como un telón musical de fondo- el clásico Maradooo, Maradooo, Maradoo que habría de acompañarlo en cientos de batallas futboleras desde las tribunas enamoradas de su genio.

Juan Carlos I, después de haber sido elogiado una vez más en su camino de rey, presenciaría una de las escenas más vergonzosas de la historia del fútbol español y saldría, sin decir una palabra, con rostro compungido del histórico estadio.

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Una guerra que comenzó mucho antes de la final

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La batalla campal del 5 de mayo de 1984 no empezó aquella noche. Venía gestándose desde el 24 de septiembre de 1983, cuando Andoni Goikoetxea, defensor del Athletic Club, fracturó el tobillo izquierdo y el peroné y, además, ocasionó la rotura de ligamentos del crack argentino.

Maradona estuvo cuatro meses fuera del lugar donde habría de convertirse en D10S: el terreno de juego. Durante la recuperación, se rumoró que su talento podría haber sido truncado para siempre. Goikoetxea, responsable de la brutal patada, era un extraordinario defensor, internacional con su selección y figura del Athletic bicampeón de Liga. Además, era el líder de una propuesta futbolística que rezaba: “pasa el balón, pero no pasa el jugador”.

La relación entre Maradona y el presidente del Barcelona, Josep Lluís Núñez, era tóxica. El entrenador del Athletic, Javier Clemente, también alimentó la tensión con declaraciones públicas, mientras desde Barcelona se insistía en que el conjunto vasco practicaba un fútbol excesivamente violento.

Cuando ambos equipos llegaron a la final de la Copa del Rey, el aire en las tribunas olía a pólvora. No era otro partido ni 22 idiotas corriendo detrás de un balón. Era el choque de dos formas de ver el mundo, la vida y el fútbol. Además, el genio argentino tenía su interminable ego herido.

La final de la Copa del Rey siempre ha sido un evento solemne. El estadio Santiago Bernabéu se colmó. En el palco de honor, se encontraba el rey Juan Carlos I. Millones de personas seguían la transmisión en directo por Televisión Española y los ojos del planeta fútbol no parpadeaban un instante.

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La fiesta del fútbol de la que el escritor Jorge Luis Borges, paisano de Diego, diría “es popular porque la estupidez humana es popular”. Athletic ganó 1-0 con un gol de Endika. Sin embargo, el resultado quedó sepultado por lo que ocurrió segundos después del pitazo final. Los jugadores empezaron a madrearse.

Después, vinieron los empujones, los escupitajos, los puñetazos. Maradona, al mejor estilo karateca, le propinó una patada voladora a Miguel Sola. En cuestión de segundos, la cancha del Bernabéu se transformó en un campo de batalla. Entraron suplentes, utileros y miembros de los cuerpos técnicos. Las cámaras de televisión registraron cada detalle. Allí, a pocos metros, el rey de España presenciaba un espectáculo bochornoso que indignaba su realeza y poder.

Millones de españoles y de aficionados de todo el planeta estaban traumados con las imágenes: la final de la Copa del Rey terminó en una pelea multitudinaria, con el mejor futbolista del mundo como protagonista y el monarca español como testigo de honor.

En la boca de España

 - El día en que Maradona avergonzó al rey de España y salió por la puerta de atrás del Bernabéu

El 6 de mayo de 1984, en España no se hablaba del Athletic Club campeón ni del gol de Endika ni de alguna jugada memorable del partido. El tema era Diego Armando Maradona.

Las fotografías de la batalla campal ocuparon las portadas de los principales diarios. El País describió el desenlace como un espectáculo bochornoso que había eclipsado por completo la final. ABC habló de un escándalo impropio del partido más importante del calendario futbolístico español. La Vanguardia lamentó que las imágenes transmitidas hubieran proyectado al mundo tal imagen de violencia en el deporte español.

Durante varios días, los noticieros de Televisión Española repitieron, en forma casi maniática, la impactante secuencia: la patada de Maradona, los puñetazos, los jugadores persiguiéndose por el césped y, al fondo, el palco de autoridades con el rey Juan Carlos I siguiendo la escena con un gesto adusto e indignado.

Esa Copa del Rey no fue una final, sino un debate nacional sobre la ética y el pundonor. La Real Federación Española de Fútbol abrió expedientes disciplinarios contra varios protagonistas. Maradona compareció ante el Comité de Competición y argumentó que el Barcelona había reaccionado a una serie de provocaciones, pero el organismo disciplinario resolvió sancionarlo con tres meses de suspensión en competiciones españolas.

La sanción terminó teniendo un valor más simbólico que deportivo. El club y el crack ya habían comprendido que no había marcha atrás. La ruptura era definitiva.

El plebeyo le pide perdón al monarca

Pocos días después, el astro porteño escribió una carta personal al rey Juan Carlos I. Allí, con su lenguaje villero reprimido, le pidió disculpas por el grotesco show. Además, le manifestó que nunca había querido faltarle al respeto ni convertir la final de la Copa del Rey en un episodio violento.

Por eso, Maradona es lo que es para la historia del fútbol. El mismo hombre que cuatro meses antes había dicho que ojalá los argentinos tuvieran un rey como Juan Carlos terminaba disculpándose con él por la noche más nefasta de su corta y polémica carrera en España.

La batalla campal fue el punto final de una relación destinada al fracaso. El presidente Josep Lluís Núñez mantenía profundas diferencias con Maradona sobre asuntos deportivos, médicos y personales. La convivencia se había vuelto prácticamente imposible. El escándalo del Bernabéu terminó de convencer a la dirigencia de que el corto romance había terminado.

En el verano de 1984, Barcelona aceptó la oferta del Napoli. Muchos analistas interpretaron la transferencia como un fracaso. Con el paso del tiempo, la historia tomó el rumbo opuesto de los pronósticos como sucedió en tantas ocasiones con la vida tanguera -malevaje, marginalidad y dolor sublimado con talento y pasión- de Diego.

Antes del rey, Villa Fiorito

Mucho antes de conocer palacios, reyes o presidentes, Diego había aprendido a sobrevivir en Villa Fiorito. El barrio, ubicado en el municipio de Lomas de Zamora, en el sur del Gran Buenos Aires, era una de las zonas más pobres de la ciudad durante los años sesenta. Las calles eran de tierra, las inundaciones eran frecuentes y amplios sectores carecían de alcantarillado y de servicios básicos. Numerosas familias utilizaban letrinas y encarnaban la precariedad.

Los Maradona vivían en una vivienda humilde donde crecieron ocho hijos. Doña Tota hacía rendir cada plato de comida. Don Diego trabajaba jornadas completas para sostener a la familia. El propio Maradona contó muchas veces que hubo noches en las que se acostaron sin probar bocado. También recordaba que en Villa Fiorito eran frecuentes los robos, las peleas y la violencia cotidiana.

El 10 siempre sostuvo que el fútbol fue el refugio que lo salvó de ese destino. Entre los recuerdos más duros de su infancia estaba el día en que cayó dentro de una letrina comunitaria. Salió cubierto de excremento. Su madre lo lavó entre lágrimas. Años después confesó que jamás olvidó el olor ni la vergüenza de aquel episodio. Cuando el mundo veía al futbolista más caro del planeta, Diego seguía llevando dentro al niño de Villa Fiorito.

Por esa infancia de miseria trascendida con talento y pasión, casi cuarenta años después del escándalo en la final de la Copa del Rey, la pasión futbolera de su gente cantó sin cesar, durante el Mundial Qatar 2022: Y al Diego, que en Cielo lo podemos ver, con la Tota y con don Diego, alentado a Lionel

Odiado en España, venerado en el planeta fútbol

Cuando el Barcelona aceptó la oferta del Napoli en el verano de 1984, muchos creyeron que el crack abandonaba España derrotado. Tenía apenas 23 años, dejaba atrás una hepatitis, una fractura de tobillo, enfrentamientos con la directiva, una batalla campal y una despedida envuelta en polémicas.

Para la prensa española y gran parte de la fanaticada era el final de un proyecto que nunca terminó de despegar. Sin embargo, su zurda prodigiosa demostraría lo contrario. En Nápoles, encontró una ciudad que se parecía más a Villa Fiorito que a la capital catalana.

Una ciudad orgullosa, popular y despreciada por el norte industrial de Italia. Napolitanos bienvenidos a Italia decían las pancartas fascistas de los hinchas de Milán e Inter cuando Maradona los visitaba con su equipo. Una ciudad ruidosa, atestada de gente y ansiosa de aparecer en el mapa futbolero de Europa: el escenario ideal para un pibe villero bendecido con un talento excepcional por la vida. Allí, su fútbol se convirtió en identidad, desafió a los poderosos y pasó a ser religión contemporánea.

Ho visto Maradona… Mamma, sono felice... Perché ho visto Maradona... He visto a Maradona… Mamá, soy feliz… Porque he visto a Maradona… cantan los napolitanos desde entonces y cantarán hoy cuando Argentina enfrente a España en busca de su cuarta estrella, durante la final del Mundial 2026.

Con el Napoli conquistó dos ligas italianas, una Copa Italia, una Supercopa y una Copa de la UEFA. Lo que parecía una transferencia para salvar una carrera terminó siendo la construcción de una de las mayores leyendas de la historia del deporte. Dos años después llegó México 1986. En los cuartos de final marcó, con cuatro minutos de diferencia, el gol de la Mano de Dios y el gol del siglo frente a Inglaterra. Días después, levantó la Copa del Mundo como capitán de su selección.

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Fue entonces cuando dejó de ser simplemente Maradona. Para millones de argentinos comenzó a ser Diego. Y para muchos, algo todavía más grande. Un dios pagano vestido con la camiseta número diez.

D10s en la cancha, ídolo de barro en la vida

La batalla campal del Bernabéu fue uno de los episodios turbulentos de su vida. Fue suspendido quince meses tras dar positivo por cocaína en Italia. En el Mundial de Estados Unidos 1994 volvió a ser expulsado de una Copa del Mundo tras un control antidopaje positivo por efedrina.

Durante las décadas siguientes, enfrentó graves problemas de adicción, varias internaciones por complicaciones cardíacas y respiratorias, una cirugía bariátrica, conflictos familiares y permanentes controversias públicas. Vivió como jugaba. Al límite. Con la misma intensidad con la que encaraba a un defensor.

El nombre de Maradona agita la víspera de cualquier partido de la Selección Argentina. Hoy, por supuesto, no será la excepción. 48 millones de argentinos creen sinceramente que su espíritu acompañará a Messi y su legión contra España y más de 1.500 millones de espectadores escucharán su nombre en las transmisiones o lo mencionarán en algún momento de la final inédita.

La noche del 5 de mayo de 1984, España creyó estar viendo la caída definitiva del futbolista más famoso del mundo. No fue así. Aquella pelea solo fue el epílogo de su paso por España, pero abrió el camino del mejor futbolista de todos los tiempos.

Del Bernabéu salió un jugador cuestionado. A Nápoles llegó un líder. Dos años después, en México 86, nació la leyenda que hoy cantan millones de personas alrededor del planeta. En el Obelisco y en Villa Fiorito; en el lejano Bangladesh que celebra los goles argentinos como si fueran suyos; en la vinícola Mendoza, en la nieve perpetua de la Patagonia e incluso en las Islas Malvinas.

Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiere verte bicampeón… 32 años después, La “Scaloneta” va a vengar la Copa que le robaron al Diez, la que no nos dejaron levantar.

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Por Las Dos Orillas

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