Hace veinte años, desde la Asociación de Empresarios del Magdalena, comenzamos a discutir una inquietud que parecía sencilla, pero que encerraba una pregunta mucho más profunda: ¿cómo despertar el sentido de pertenencia de los samarios y magdalenenses por su territorio?
Entendimos que necesitábamos encontrar algo que nos identificara, un elemento emblemático capaz de representar al Magdalena y de generar alrededor de él reconocimiento, orgullo y oportunidades de desarrollo.
En aquel momento realizamos encuestas entre los cruceristas que llegaban a Santa Marta. Cuando les preguntábamos qué percepción tenían del territorio al que arribaban, sus respuestas coincidían principalmente en tres conceptos: sol y playa, territorio bananero y, sobre todo, Colombia como país cafetero. Sin embargo, existía una contradicción: quienes llegaban al puerto de Santa Marta prácticamente no encontraban una conexión visible con el café.
La situación resultaba aún más llamativa cuando trasladábamos la pregunta al propio territorio. En una encuesta realizada en Ciénaga preguntamos cuál consideraban que era la vocación del municipio. Ninguno de los encuestados respondió que fuera cafetera, a pesar de que para ese momento Ciénaga se encontraba entre los principales municipios de Colombia en hectáreas sembradas de café.
Es posible que aquella encuesta tuviera un sesgo, porque se realizó en el casco urbano mientras los productores estaban en las zonas altas de la Sierra Nevada. Pero, aun considerando esa circunstancia, resultaba preocupante que un municipio con semejante vocación productiva no tuviera plena conciencia de su identidad cafetera.
Fue entonces cuando emprendimos la búsqueda de un producto emblemático para el Magdalena. Evaluamos trece elementos representativos de nuestro territorio: desde la mochila indígena y el poporo hasta la Catedral de Santa Marta, Carlos Vives, el Pibe Valderrama y Gabriel García Márquez, entre otros.
Al finalizar el ejercicio, el banano y el café quedaron empatados. Sin embargo, había un atributo fundamental: el producto seleccionado debía ser diferenciado y tener potencial internacional. Nuestro café cumplía claramente esa condición. El café producido en este territorio es especial y diferenciado.
Así nació la iniciativa “Café Sierra Nevada de Santa Marta, Producto Emblemático del Magdalena”.
No todos estuvieron de acuerdo. Hubo quienes sostenían que este era un territorio bananero y portuario, pero de ninguna manera cafetero. Precisamente por eso asumimos la tarea de impulsar el reconocimiento de nuestra identidad cafetera.
Con el tiempo entendimos que esa identidad superaba las fronteras del Magdalena. El proyecto evolucionó hacia “Café Sierra Nevada de Santa Marta, Producto Emblemático del Magdalena Grande”, incorporando al Cesar y La Guajira. Posteriormente, con el apoyo de aliados como Caficosta, comprendimos que también debíamos reconocer los cafés provenientes de la Serranía del Perijá y de la Serranía de San Lucas.
De allí surge una afirmación que hoy tiene mucho más sentido: el Caribe también es café.
Y reconocerlo no significa desconocer nuestras demás vocaciones. Somos un territorio bananero, portuario, turístico y cultural, pero también somos un territorio cafetero.
El café tiene además una dimensión que va mucho más allá del cultivo. Durante décadas fue determinante para el desarrollo económico colombiano. Buena parte del desarrollo del campo y de la infraestructura nacional estuvo relacionada con la fortaleza del sector cafetero. Por eso, aunque su protagonismo dentro de la economía nacional haya cambiado, debemos preguntarnos cuál debe ser ahora el papel de nuestros empresarios y productores cafeteros.
En el Caribe tenemos además una realidad particular: a diferencia de otros territorios cafeteros del país que pueden contar con dos cosechas, nosotros tenemos una sola. Esto obliga a pensar en alternativas productivas que permitan a las familias generar ingresos durante el resto del año.
Allí aparecen oportunidades relacionadas con el turismo rural, la naturaleza, la cultura, las artesanías y la transformación del propio café. Tenemos un territorio excepcional y debemos lograr que su riqueza natural y cultural se convierta también en bienestar para quienes históricamente lo han habitado y trabajado.
Otro elemento diferenciador está en nuestros pueblos indígenas. Los saberes ancestrales y su relación con la protección del territorio y del agua pueden representar un valor agregado para el café producido en la Sierra Nevada. Esa identidad cultural puede convertirse en un sello adicional que diferencie nuestros productos frente al mundo.
Al mismo tiempo, debemos preservar la calidad.
El café dejó de ser simplemente aquel “tintico” que se tomaba rápidamente en cualquier lugar. Hoy una taza de café acompaña reuniones empresariales, encuentros sociales y grandes negocios. Los cafés especiales han transformado el mercado y Colombia ha logrado un importante posicionamiento internacional.
Nuestro territorio produce café suave y especial, pero mantener esa condición exige estándares, conocimiento, asistencia técnica y procesos adecuados desde el cultivo hasta el beneficio. No podemos aspirar a diferenciarnos internacionalmente si no somos capaces de garantizar consistentemente aquello que ofrecemos.
El desafío es entonces convertir nuestra identidad cafetera en desarrollo territorial.
Tenemos café, paisaje, cultura, conocimiento ancestral, productores, mujeres rurales, jóvenes, empresarios y una historia que nos diferencia. Pero necesitamos acompañar todo ello con infraestructura y políticas públicas que permitan desarrollar su verdadero potencial.
Después de muchos años promoviendo esta idea, hoy podemos afirmar que la Sierra Nevada de Santa Marta está plenamente identificada como un territorio con vocación cafetera.
Ahora debemos avanzar un paso más.
No basta con producir uno de los mejores cafés. Tenemos que reconocerlo, consumirlo, mostrarlo y convertirlo en motivo de orgullo.
Cuando un visitante llegue a Santa Marta debe encontrar no solamente el mar, las montañas y nuestra historia. También debe encontrar en una taza de café una expresión auténtica del territorio que está visitando.
Porque Santa Marta, el Magdalena y la Sierra Nevada tienen una historia cafetera que merece ser contada.
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