El Boston Globe celebra otra victoria del socialismo democrático

El diario está de plácemes y si su campaña editorialista vencedora se materializa en las urnas, la fosa que se abra para Trump puede ir más allá del centro de la tierra

Por: Carlos Roberto Támara Gómez
septiembre 06, 2018
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El Boston Globe celebra otra victoria del socialismo democrático
Foto: Twitter @AyannaPressley / @realDonaldTrump

De dirigir una campaña para editorializar en 350 periódicos yankis contra la campaña de Trump, de señalar a la prensa nacional como “enemigo del pueblo”, ahora el periódico Boston Globe celebra el triunfo de Ayanna Pressley, que viniendo de concejal de Boston ha derrotado en las primarias a quien ya era de la izquierda demócrata, Michael Capuano, furibundo anti-Trump.

Pressley al parecer había aprendido de las primarias celebradas en enero en Nueva York, a donde había enviado una avanzadilla para ayudar en el voto a nadie menos que a Alexandria Ocasio-Cortés, manifiesta opción del ala de socialismo democrático al interior del Partido Demócrata, que ya había mostrado alientos al enfrentar a Hillary Clinton con Bernie Sanders. El socialismo democrático parece mudarse a los pantalones largos.

La victoria de Pressley indudablemente puede favorecer el inicio de un alud de votantes que galvanice la unidad de toda la izquierda democrática de los Estados Unidos y convierta las próximas elecciones de mitaca en un referendo anti-Trump, tal como está temiendo que ocurra el propagandista de la ultraderecha Bannon, quien ya siente pasos de animal grande sin poder detenerlos ni con sus llamados al odio.

En la victoria de Pressley deben rescatarse unos detalles que ayudarían a nuestro propio entorno político.

Hay una frase en el Huffington Post de donde tomé la noticia que dice premonitoriamente: "Watch Pressley learn that she won Tuesday night, que traduce algo así como “observa y aprende cómo Pressley ganó el martes por la noche”. Se abre a un video.

Entre ellas, estas: “Pero una diferencia (con Capuano, el titular demócrata triunfante en 10 periodos) fue que Pressley no aceptó donaciones de los comités de acción política corporativa en su campaña. Adicionalmente, “su plataforma promovió ideas progresivas como Medicare para todos, una universidad sin deudas y la abolición del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas”.

La enseñanza vital aquí es que el pueblo colombiano, ni el de América Latina ni del mundo, nunca jamás podrá ganar una elección con candidatos independientes, que defiendan sus intereses democráticos más importantes, sobre todo a la presidencia, si él mismo no dona fondos, así sean aparentemente pichurrias, y si las organizaciones políticas correspondientes no se organizan financieramente.

En la pasada elección fue ostensible el ahorcamiento financiero de la campaña Petro presidente, mientras la financiación corporativa fluyó a manos llenas para el candidato contrario. La experiencia notoria en los Estados Unidos ya venía desde Obama al ganar su primera presidencia cuando los aportes de donaciones populares superaron con creces a los provenientes de fondos corporativos. He aquí una muestra invaluable de cómo el pragmatismo político de los Estados Unidos puede cambiar el mundo si se profundiza el fenómeno emergente y aparentemente inatajable de su socialismo democrático.

Esto que es tan evidente para las elecciones presidenciales lo es más para las campañas de alcaldía y gobernaciones territoriales.

Una segunda componente rescatable es en qué medida y cómo se expresa por ahora el contenido programático del Socialismo Democrático gringo. Es indudable que se encarga de echar sal en la herida: la potencia más grande del mundo tiene el sistema de seguridad médica y social más atrasado y miserable, precisamente ahí donde campea el mayor desarrollo tecnológico y el capitalismo más salvaje ahora suelto de madrina tras la vulneración de los controles instalados contra el llamado financierismo norteamericano a cuyo desarrollo desmesurado se achacó la última gran crisis del 2008 y ya cultiva la próxima aupada por Trump.

Lo notable es que el socialismo democrático gringo es todo menos que delirante. Sus metas son plausibles, caben dentro de un desarrollo capitalista sin violentarlo, pero sindicando evoluciones políticas mucho más rentables a futuro. Recuerdo aquella frase del materialismo dialéctico: avances cualitativos engendran mayores expansiones que los cuantitativos. Y esta otra, proveniente de la ciencia cosmológica hasta ahora validada: en un principio no había siquiera materia, todo fue alterado por una simple asimetría. Es indudable que el pueblo sumando de a pesito, casi cuánticamente como en el universo primitivo, acopia la asimetría suficiente en la balanza del poder financiero electoral.

Y qué tal la consigna de “una universidad sin deudas” que en Colombia significaría que ya no sería necesaria la coyunda de Ser Pilo Paga que neoliberaliza las ayudas centrándolas en las universidades privadas en vez de las públicas; al mismo tiempo que hipoteca con intereses impagables a los recién egresados coartándoles su libertad laboral, precisamente a su comienzo. En realidad detrás de esta consigan pende otra: el pleno empleo, y el trabajo digno y bien remunerado, pues si los hubiera ninguna ayuda sería necesaria y ni siquiera solicitada.

Y ahora cabe preguntarse qué de socialista tiene todo esto. Bueno para darse una medida de ello traemos a colación un concepto de Paul Krugman muy reciente en el New York Times:

“Ahora, ya todos saben que los conservadores acusan a alguien de “¡Socialista!” siempre que propone hacer algo para ayudar a los miembros menos afortunados de nuestra sociedad, una razón clave para que tantos estadounidenses vean el socialismo con buenos ojos: si socialismo es tener servicios médicos garantizados, bienvenido sea. No obstante, la derecha no solo hace aspavientos ante cualquier intento de limitar la desigualdad, sino que hace lo mismo siempre que alguien trata de hablar sobre clase económica o medir cómo les va a las distintas clases.

“Mi ejemplo favorito es el exsenador Rick Santorum, quien denunció que el término “clase media” era “marxista”. Esa fue solo una versión particularmente risible de un intento general de la derecha por suprimir el diálogo y la investigación sobre a dónde va el dinero de la economía”. Las modificaciones del sentido urdidas en el “no territorio del lenguaje” crean concreciones en el territorio de la economía. De muestra un botón nuestro: ya se dice en Colombia que en este gobierno no habrá mermelada. ¿Melcocha entonces? Ya se había impuesto que no había conflicto.

Finalmente, hay algo mucho más esperanzador en este triunfo celebrado por el Boston Globe: ¡Pressley tiene 44 años! Es emocionante pues leer: "Me han dicho que espere mi turno", dijo Pressley en un evento de campaña a principios de este año. "Me han llamado un traidor por desafiar a un titular, simplemente dije que esta no es la forma en que se hacen las cosas aquí".

Pero, agregó, "cuando los desafíos a los que nos enfrentamos son tan grandes, tan profundos y crecientes, no puedo y no esperaré mi turno".

Pressley la tiene clara, bien clara. Ojalá Margarita Rosa la tenga igual de clara cuando se anime a la alcaldía de Bogotá aliada con Mockus.

 

Notas. La palabra "pichurria" aparece en el último diccionario de colombianismos; la cursiva en la cita primera es mía, tomada del artículo Ayanna Pressley Defeats Rep. Michael Capuano In Massachusetts Primary, que aparece en el Huffington Post; traducciones de Google con una no lesiva intromisión; y la cita de Paul Krugman es de El misterio del PIB, aparecido en el Boletín en español del New York Times.

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