Texto escrito por: Reinaldo Medina Arboleda
En la geopolítica hemisférica, las alianzas estratégicas suelen consolidarse cuando coinciden la urgencia práctica y la identidad ideológica. El debate en torno al respaldo explícito del presidente estadounidense Donald Trump a la candidatura de Abelardo de la Espriella para la segunda vuelta presidencial en Colombia no es un hecho aislado ni un mero gesto de cortesía diplomática. Para diversos sectores, representa la validación de un modelo político que ha dejado de ser exclusivo de Washington para convertirse en una corriente global. Al examinar los programas y las narrativas de la administración Trump y el movimiento "Defensores de la Patria", los puntos de contacto van mucho más allá de la simpatía mutua: configuran una matriz compartida de gobernanza basada en el nacionalismo, la seguridad radical y el desmonte del Estado burocrático.
El primer y más evidente eje de convergencia es la doctrina de "Ley y Orden" (Law and Order). El gobierno de Trump ha hecho de la mano dura contra el crimen y el control estricto de las fronteras su bandera principal. Esta visión encuentra un espejo idéntico en la propuesta de De la Espriella de implementar una "Seguridad Democrática 2.0" y un "Plan Colombia" remasterizado. La promesa del candidato colombiano de recuperar el control territorial en 90 días, la construcción de megacárceles y la reactivación de la aspersión aérea contra cultivos ilícitos mediante el uso de tecnología avanzada no solo se alinea con las demandas históricas de Washington, sino que replica la estética y el fondo de la política de seguridad trumpista: el uso de la fuerza penal sin concesiones complejas.
Es precisamente en la radicalización de este modelo donde analistas e historiadores políticos contemporáneos han comenzado a señalar rasgos inequívocos de neofascismo o populismo autoritario de extrema derecha en las plataformas de ambos líderes. Si bien distan de los regímenes totalitarios corporativistas del siglo XX, tanto Trump como De la Espriella adoptan dinámicas propias de esa matriz ideológica adaptada al siglo XXI.
El primer rasgo es el marcado culto a la personalidad y la retórica del salvador providencial o outsider. Ambos se presentan ante sus electorados no como administradores públicos, sino como figuras mesiánicas, empresarios audaces que vienen a romper las cadenas de los "políticos de siempre" y a liberar al pueblo de la "esclavitud institucional". Esta personalización del poder erosiona los canales democráticos tradicionales y subordina el debate programático a la lealtad absoluta al líder.
El segundo componente se evidencia en el uso del poder ejecutivo para saltarse los contrapesos institucionales y en el hostigamiento a la arquitectura del Estado de derecho. Mientras Trump ha coqueteado abiertamente con la justicia penal selectiva y ha desafiado la legitimidad del sistema electoral e institucional de su país, el programa "País Milagro" de De la Espriella propone gobernar mediante una andanada masiva de decretos, pretendiendo desmontar por vías de hecho instituciones blindadas por la jurisprudencia, como la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), o proponiendo armar sectores de la ciudadanía civil bajo esquemas de "bloques de búsqueda" o "veteranos de seguridad", una peligrosa línea que evoca la delegación de la fuerza estatal en milicias afines al régimen.
Finalmente, ambos líderes explotan el concepto de la polarización existencial y la construcción de un "enemigo interno". Su discurso no busca la deliberación democrática, sino la aniquilación narrativa del adversario político, catalogado genéricamente como "marxismo cultural", "comunismo" o "globalismo destructor". La patria ya no es un espacio común, sino una trinchera de valores tradicionales que debe ser defendida contra minorías y movimientos progresistas, utilizando canales alternativos de comunicación para desacreditar a la prensa libre y erosionar el consenso social básico.
A pesar de estas alarmantes derivas de corte autoritario, la receta económica de De la Espriella busca legitimarse bajo banderas libertarias: un superávit fiscal recortando el gasto público en 70 billones de pesos, fusionando ministerios y reduciendo drásticamente los impuestos corporativos. Al igual que la administración Trump, ambos sostienen que el milagro económico ocurre cuando se liberan las fuerzas del mercado y se desmantelan las trabas y licencias ambientales que frenan la inversión inmediata, supeditando la agenda climática global a la explotación de hidrocarburos y al fracking.
Esta profunda sintonía anticipa que una eventual administración de De la Espriella en Colombia no requeriría los habituales periodos de transición o acomodo diplomático con la Casa Blanca. El canal de comunicación ya está abierto y validado desde las más altas esferas de Washington. No obstante, el desafío de este modelo radica en su propia naturaleza de ruptura: la implementación de reformas tan radicales pondrá a prueba la resistencia de los contrapesos locales. En última instancia, el eje Trump-De la Espriella propone un rediseño de las relaciones bilaterales basado en una premisa clara: una alianza inquebrantable en lo económico y militar, sostenida por la convicción compartida de que, bajo su óptica, solo el orden estricto y la sumisión institucional pueden garantizar la libertad de la patria.
También le puede interesar:
Anuncios.


