Abelardo de la Espriella, su popularidad, y lo que su discurso político proyecta son síntoma de la crisis de valores no solo en Colombia, sino en Occidente

 - Abelardo de la Espriella es un reflejo perverso de lo que somos como sociedad
Texto escrito por: Santiago García

De la Espriella es un mentiroso, pero un mentiroso honesto. Sabe que miente y sabe que sabemos que miente, y no lo esconde. De la Espriella se parece a nosotros. El presidente de Occidente es el reflejo vil y pusilánime de su política, es decir, de la nuestra, de aquella que escogimos con plena conciencia. Ahora ya no podemos fingir que no sabemos. Es justamente eso lo nuevo, y es casi algo bueno. De la Espriella —ese es precisamente el problema— no es un accidente ni un traspié. Es un momento de fidelidad.

El símbolo se parece a la perfección a aquello que simboliza: el imperialismo, el racismo, el sexismo, el negacionismo climático, el clasismo, el especismo, el masculinismo, el colonialismo en toda su crasa brutalidad. La negación de la palabra dada y la pulverización del derecho se exhiben a plena luz del día y con orgullo. Todo esto preexistía a De la Espriella. Todo esto ocurre también en otras partes, no solo en De la Espriella, pero él tiene la virtud de mostrarlo, de encarnarlo. Todo en él lo grita, lo transpira y lo vomita. No hay más que relaciones de dominación. No hablo del personaje de De la Espriella, que es fácil de denostar. Hablo de aquello de lo que es emblema, de nuestros valores y de nuestros proyectos.

Así que el problema no es que De la Espriella lo muestre. El problema es que Occidente lo haga. Y desde hace muchísimo tiempo. Los golpes de Estado, las injerencias, los genocidios no esperaron a De la Espriella, pero él se jacta de ellos, y por eso hoy ya nadie puede fingir que ignora quiénes somos. Este mundo no está dado. Lo construimos nosotros. Lo menos que se puede decir es que el rumbo escogido desde hace mucho tiempo no es exactamente alentador, pero desde hace algunos años, en una suerte de última eyaculación nihilista, de goce necrófilo, parece que hubiéramos escogido acelerar la masacre y enorgullecernos de esa superdepredación suicida. Cebarnos en nuestra decadencia con un fanatismo que casi podría llamarse masoquista. Nuestra sed de sangre no termina de alimentarse de sus propios atropellos. Insisto: De la Espriella no es el origen. No es más que el síntoma paroxístico.

De la Espriella tiene la virtud de la transparencia, se lee como un libro abierto —cierto, un libro de pocas palabras, a juzgar por su vocabulario—, pero en palimpsesto es toda nuestra civilización la que se revela, y no es nada bonita. Hace unos días, Donald Trump explicaba, con una sonrisa sádica, que su jefe de estado mayor justificaba el hecho de matar a los marineros iraníes hundiéndoles los barcos con el simple argumento de que: “era más divertido hacerlo así”. ¿Abyecto? Por supuesto. Pero honesto. ¿Creen que esto no pasa sin De la Espriella? ¿Creen que las víctimas del imperialismo occidental no sabían ya esto? ¿Creen que los masacrados no habían experimentado ya todo esto en carne propia? De la Espriella nos obliga a perder el derecho de actuar como si no supiéramos. De la Espriella nos fuerza a asumir nuestra barbarie. Eso es lo nuevo y es casi grato.

Así que les confieso que estoy un poco perdido. Todos los días, en los círculos ecologistas, se habla de reconectarnos con los árboles y los pájaros. Magnífico. Pero ¿cómo pretenden que eso ocurra, o que siquiera tenga sentido, mientras matamos a los niños por decenas de miles en medio de la indiferencia general, e incluso del júbilo asumido? Se habla de inventar nuevos relatos, mientras erradicamos e invisibilizamos metódicamente los que ya existen.

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