Donald Trump: una transición al fracaso

Al parecer, él se unirá a Jimmy Carter y a George H.W. Bush (padre) en el podio de presidentes de un único mandato

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
junio 30, 2020
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Donald Trump: una transición al fracaso
Foto: @WhiteHouse

La gran mayoría de los expertos en comunicación política consideran que el eslogan de la campaña Trump fue uno de los mayores aciertos del entonces candidato republicano. Corría el año 2016 y el mensaje claro, preciso y cargado de la nostalgia del sueño americano Make America Great Again (MAGA) conectó con las audiencias por fuera de los circuitos de los estados republicanos (no hay que olvidar que Hillary ganó el voto popular) y le dio una victoria inesperada a un candidato que en un principio resultaba inviable. Casi toda la estrategia de la campaña se concentró en replicar ese mensaje (impreso en millones de gorras), acompañado con el impresionante altavoz de Trump e impulsado por los desaciertos de Hillary, que invirtió más dinero en publicidad, eventos y contó con el respaldo de Obama. Contra los pronósticos Trump recuperó la presidencia para los republicanos y acuñó MAGA como uno de los mensajes más icónicos en la historia de las campañas presidenciales en Estados Unidos.

En su delirio de grandeza Trump inscribió el comité para su reelección el mismo día de su posesión y sin haber firmado su primera orden ejecutiva ya tenía el eslogan para su próxima campaña: Keep America Great. Con este mensaje se reforzaba el imaginario de grandeza que prometió imprimirle a su gobierno; recuperando el protagonismo de Estados Unidos como jugador de primera línea en el concierto de las naciones y levantando una economía que estaba de capa caída. Precisamente, en la economía Trump tenía sus mayores expectativas y los números le daban la razón, en octubre de 2019 se registró el nivel más bajo de desempleo en medio siglo. Hasta se hablaba de pleno empleo y el optimismo en mantener la grandeza como leitmotiv de la campaña reeleccionista se enfocaría en la economía. A pesar de su errático comportamiento en política exterior y decisiones imprevisibles, se deba por hecho que Trump llegaría a la reelección fortalecido y con resultados para mostrar, enorme ventaja ya que su otro eslogan de campaña fue: Promises Made, Promises Kept

Todos esos planes se fueron diluyendo conforme el 2020 ha avanzado y especialmente a raíz de dos hechos: la pandemia del coronavirus y las protestas contra el racismo estructural. Con la llegada del coronavirus (circunstancia que ha cambiado la historia reciente de la humanidad), Trump asumió una actitud escéptica e indiferente; por ejemplo, no utiliza tapabocas en espacios públicos y llegó a sugerir como medida sanitaria la inyección de desinfectantes. Trump desestimó el impacto del COVID-19 y eso le ha pesado. Estados Unidos sigue siendo el país con la mayor cantidad de infectados y muertos en el mundo. Ya la cantidad de muertos supera con creces las bajas que ha tenido el ejército americano en todas las guerras donde ha participado en el último siglo. La tensión con los gobernadores de diferentes estados sobre el modelo de cuarentena también le ha generado un desgaste a su imagen (su popularidad se ubica en el 39%), a lo que se suma el impacto práctico de la pandemia: en un mes se destruyeron cerca de veinte millones de puestos de trabajo y el desempleo subió al 14,7%.

El segundo acontecimiento que ha empañado la “grandeza” de Trump se sintetiza en su reacción a las protestas contra el racismo estructural que desde hace varias semanas sacuden al país. Tras la muerte de George Floyd y las innumerables protestas que como un polvorín ardiente se esparcieron por cientos de ciudades (y varias partes del mundo), la reacción del presidente ha oscilado entre la insensatez y lo absurdo. Ante estas protestas, que han sido calificadas como las más intensas que se han vivido en el país desde el asesinato de Martin Luther King Jr, Trump ha atizado el malestar de los manifestantes al hablar de infiltrados de la izquierda radical, mandar a despejar con gases lacrimógenos las inmediaciones de la Casa Blanca y posar con una Biblia. Notable diferencia con Joe Biden, virtual candidato demócrata y su principal contendor en las próximas elecciones, quien asistió al funeral de Floyd y siempre ha utilizado tapabocas en lugares públicos. Ahora, en términos de comunicación política, los demócratas tienen el sartén por el mango (y en esto Trump lo está ayudando bastante).

Seguramente en la Oficina Oval se viven crisis por estos días debido a la obsesión de Trump con su reelección (que John Bolton pone de manifiesto en su reciente libro). Su primer mitin en Tulsa fue considerado un fracaso, las encuestas empiezan a marcar una tendencia favorable a Biden y en los denominados estados péndulo (claves en la victoria de Trump en 2016) el candidato demócrata tiene cierta ventaja. El exvicepresidente de la era Obama casi ni se he movido y hasta se le ha sugerido quedarse quieto porque las elecciones serán más un referéndum para valorar la continuidad de Trump. Con este panorama, el eslogan escogido para impulsar su campaña fue Transition To Greatness. Ajustado a las circunstancias históricas e indulgente con una grandeza que no llegó. Al parecer, Trump se unirá a Jimmy Carter y a George H.W. Bush (padre) en el podio de presidentes de un único mandato. Un legado nada favorable para un hombre con sus delirios de grandeza.

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