Opinión

De la guerra a la persecución política

La situación de Mockus y Robledo, los atentados contra Paz y Reconciliación, las inaceptables salidas de Uribe, la intolerancia, avisan una clara persecución política

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Abril 30, 2019
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De la guerra a la persecución política
La situación de Mockus y Robledo debe quedar absolutamente clara, porque si no este ambiente pesado se enrarecería a un grado muy peligroso para la democracia. Foto: Las2Orillas

En estos momentos difíciles que vive el país, es fundamental hacerles un claro llamado tanto al Centro Democrático, partido de gobierno, como al mismo presidente Duque: Colombia no puede pasar de la guerra a la persecución política. Esto no solo es inaceptable para los colombianos que no acaban de cerrar el doloroso capítulo de la guerra, sino que afecta seriamente la gobernabilidad del presidente de la República. Cuando el ELN no da muestras de buscar la paz y continúan los atentados y muertes, y a estas acciones perversas se suman aquellas de un paramilitarismo que florece de nuevo y las de todas las mafias que persisten en nuestro territorio, se requiere un debate político sereno, sin amenazas. De lo contrario, se estaría incubando un nuevo capítulo doloroso para esta sociedad.

Por el bien del país, lo que ha venido sucediendo con miembros de partidos de la oposición no puede terminar en sesgos inaceptables de la justicia. La situación del senador Mockus y de la representante Robledo deben quedar absolutamente claros porque de lo contrario, este ambiente pesado que se respira se enrarecería a un grado muy peligrosos para la democracia. Pero además, el último denuncio de atentados contra un centro de pensamiento que involucra a uno de los investigadores más serios que hay en el país sobre temas de paz y violencia como es Ariel Ávila, ya empieza a conformar un escenario de persecución política y esto sí se convierte en una especie de ataque muy frontal con algo que hemos defendido, nuestra imperfecto sistema político pero que de todas formas reconocemos como democracia.

Si a estas denuncias se suma el penoso espectáculo que está dando el Congreso, las salidas cada más más inaceptables del jefe del Centro Democrático, el expresidente Uribe, lo que puede estar sintiendo ese ciudadano que es solo espectador, es realmente miedo, pánico, por decir lo menos. Y lo más grave, es que ese tono de intolerancia ha contaminado a una parte importante de la clase política colombiana de manera que las próximas elecciones si no se hace algo, serán un verdadero campo de batalla que empieza con palabras agresivas, con intolerancia, con soberbia de los aspirantes a cargos públicos pero que nadie sabe cómo puede terminar.

Como todo optimista por principio, se puede esperar que aún se está a tiempo para frenar esos síntomas de que se está conformando una clara persecución política, no solo contra aquellos declarados en oposición al gobierno sino frente a todos los que expresan críticas sobre situaciones puntuales o actuaciones claras del gobierno Duque y del Centro Democrático.

Que no se equivoquen. Haber ganado las elecciones no les da carta blanca para pasar los límites de lo que debe ser el comportamiento frente a quienes hacen uso de la libertad de expresión que forma parte clara de nuestro Estado Social de Derecho. Eso no lo ha borrado nadie, de manera que todo colombiano puede hacer uso de ese principio democrático para expresar sus ideas así se aparten de las que plantea el partido en el poder y el mismo gobierno. Respeto por las ideas, entre otras, porque la oposición en un elemento crucial de la democracia.

 

Quitarle oxígeno a la oposición es el principio del fin
y eso debe quedarle muy en claro a aquellas voces insensatas
que están generando hechos de intolerancia en la política

 

Es el momento de reflexionar porque Colombia no se puede dar el lujo de pasar de la guerra a la persecución política, cualquiera que sea la forma que tome. Ignorar este peligro puede llevar a generar situaciones inmanejables de falta de gobernabilidad para el gobierno y nadie sensato puede querer que eso suceda.  Pero quitarle oxigeno a la oposición es el principio del fin y eso debe quedarle muy en claro a aquellas voces insensatas que están generando hechos de intolerancia en el ejercicio de la política. Todos los colombianos tenemos el derecho a expresar nuestras ideas siempre y cuando se guarden las normas mínimas de comportamiento propias de una sociedad civilizada.

Lo peor que le puede pasar a Colombia, es que después de tantos esfuerzos por cerrar el conflicto de tantas décadas, la alternativa no sea la sociedad tolerante y sensata sino la persecución política a aquellos que se apartan de los que ostentan actualmente el poder. Pasar a la historia como el período donde en vez de paz se tuvo persecución política, es un costo demasiado alto para quienes tienen la responsabilidad de consolidar la democracia.

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