Abelardo de la Espriella obtuvo 10,4 millones de votos en la primera vuelta y ganó la Presidencia tres semanas después con casi 13 millones. Entre una elección y otra agregó 2,6 millones y derrotó a Iván Cepeda por 252 mil votos. El resultado merece un análisis más profundo que afirmar simplemente que unificó a la derecha. ¿De dónde salieron realmente sus 13 millones de votos? ¿Qué mecanismo político le permitió atraerlos? ¿Y cuáles son las consecuencias de ganar con esta modalidad política?
El ejercicio para precisar la composición de los electores ADLE parte de analizar las elecciones de Senado, la Gran Consulta por Colombia y las dos vueltas presidenciales; la trayectoria de las encuestas y la campaña digital que utilizó. Los datos indican que la derecha organizada le aportó un piso grande, pero ADLE lo desbordó. Su expansión se produjo con base en un electorado adicional, que estaba marcado por fuertes percepciones de inseguridad, un rechazo al sistema político y al petrismo que generó una alta polarización, que a su vez movilizó un voto estratégico para evitar la prolongación del Pacto Histórico.
La campaña ADLE tradujo esas disposiciones en una narrativa de amenaza, autoridad y pertenencia, amplificada a través de redes, influenciadores, símbolos y con una estética de espectáculo que contribuyó a construir una coalición de facto mucho más amplia que la derecha partidista.
El punto de partida: siete millones de votos de derecha
El primer dato es la elección de Senado del 8 de marzo. Al construir una categoría de “derecha amplia” sumando Centro Democrático (3 millones), Partido Conservador (1,9), Cambio Radical-ALMA (1,3); Salvación Nacional (700 mil;) y Creemos, (230 mil) se obtienen 7,1 millones de votos. Este es el techo estructural de referencia para ADLE.
Esos 7,1 millones son el máximo que podían aportar aquellas organizaciones si todos sus electores hubieran convergido en él, lo que por supuesto no ocurrió. Frente a los 10,4 millones de ADLE en primera vuelta, la estructura organizada representaría alrededor del 68 % de los votos y los otros 3,3 millones (32 %) por encima de ese tamaño partidista se debe explicar. Esta brecha es un primer indicio de que ADLE, además de reunir a la derecha, incorporó otro tipo de electores
Ejercicio a nivel municipal: 19 de 20 casos
Al hacer un ejercicio analizando la votación al Senado en veinte municipios se ve que la derecha amplia obtuvo 3 millones de votos solo en estas regiones, mientras que ADLE consiguió 4,5 millones en primera vuelta. Es decir, 1,5 adicionales al de las clientelas organizadas. Este fenómeno aparece en 19 de los 20 municipios seleccionados de una matriz de 42 casos donde había información comparable entre la votación al Senado de la “derecha amplia” y la primera vuelta presidencial. La selección incluyó regiones y comportamientos diversos y no es una muestra estadísticamente representativa. Sin embargo, contribuye al análisis.
Cúcuta es el caso extremo: 102 mil votos de derecha amplia frente a 267 mil de ADLE, una relación de 2,6 veces. En Pereira la relación llega a 2,1; en Neiva a 1,9; en Floridablanca, Yopal, Bucaramanga y Manizales rondan 1,7; y en Cali, 1,6. Medellín es especialmente significativo pues su estructura de derecha es grande: los 521 mil votos al Senado ADLE los subió a 676 mil (+ 155 mil). La regularidad del comportamiento permite concluir que la derecha fue el piso electoral de ADLE, en vez de ser su techo.
El ejercicio muestra que, en Bogotá, la derecha amplia obtuvo 1 millón de votos al Senado mientras que ADLE consiguió 1,5 millones en primera vuelta, perdiendo frente a Cepeda. En Cali ocurrió algo parecido: 231 mil votos de derecha amplia frente a 372 mil de ADLE, un excedente de 141 mil, aunque también perdió la ciudad. Estos casos muestran que existió un voto presidencial adicional incluso en los territorios que le eran políticamente adversos. Este punto es importante porque separa dos fenómenos: expansión sobre la derecha y victoria territorial. ADLE pudo crecer más allá de los partidos sin ser mayoría local.
El derrumbe de Paloma Valencia
En la Gran Consulta por Colombia del 8 de marzo, Paloma Valencia obtuvo 3,2 millones de votos y Juan Daniel Oviedo 1,3 millones. Juntos representaban un espacio de 4,5 millones. Como fórmula vicepresidencial obtuvieron 1,6 millones en la primera vuelta. Es decir, 2,9 millones menos que la suma de sus apoyos individuales en la consulta.
Sería un error adjudicar esos 2,9 millones a ADLE porque hay electores que se pasaron a Fajardo, a Cepeda, a la abstención, o que solo participaron estratégicamente en la consulta. Sin embargo, el patrón territorial es consistente con una transferencia de votos importante hacia ADLE.
En Medellín, Paloma-Oviedo sumaron 383 mil votos en la consulta mientras que ADLE obtuvo en primera 676 mil. En Bucaramanga, 87 mil frente a 198 mil; en Cúcuta, 85 mil frente a 267 mil; en Pereira, 57 mil frente a 125 mil; y en Cali, 166 mil frente a 372 mil.
El contexto emocional: una promesa de orden
Las encuestas ayudan a entender por qué ADLE recogió un electorado más allá de la derecha amplia. En febrero de 2026, la aprobación del Gobierno Petro llegó al 49 % y su desaprobación al 46 %. Sus medidas de nuevo año reactivaron su imagen (subida del 23% del salario mínimo entre otras) pero profundizaron la división del país, consolidando una corriente contra el oficialismo. (Invamer, Colombia Opina #20, febrero de 2026).
Debajo de esa división había una preocupación transversal por la seguridad. En febrero, 59 % decía que la política de Paz Total lo había hecho sentir más inseguro; 71 % que el Estado y las Fuerzas Armadas habían perdido control de territorios donde operaban grupos armados; y 53 % consideraba que Colombia estaba cerca de volver a la violencia del pasado. (Invamer, Colombia Opina #20).
En abril la percepción empeoró: 62 % decía sentirse más inseguro por la Paz Total, 74 % veía pérdida de control territorial y 58 % sentía al país cerca de regresar a la violencia. En mayo, a pocos días de la primera vuelta, 52 % creía que Colombia iba por mal camino; 41 % identificaba el orden público como el principal problema del país; y 85 % consideraba que la inseguridad estaba empeorando. (Invamer, Colombia Opina #21 y #22).
Estos indicadores son de un clima político marcado por la inseguridad, la percepción de pérdida de control y una demanda de protección. ADLE encontró allí una oportunidad: convertir una ansiedad difusa en una explicación política sencilla: el país había perdido autoridad y ofreció una respuesta igual de sencilla, recuperar la seguridad con firmeza.
El mecanismo: traducir ansiedad en autoridad, identidad y enemigo
La oferta de ADLE fue eficaz al alejarse del debate programático: construyó un mecanismo emocional de tres pasos. El primero consistió en definir una amenaza. El adversario estaba más allá de Cepeda, su campaña lo vinculó con la continuidad del petrismo, el desorden, la inseguridad y la política tradicional. Esa simplificación permitió que votantes con motivaciones distintas compartieran una misma lectura del momento: detener el petrismo.
El segundo paso fue ofrecer autoridad. La mano dura, la recuperación territorial, la exaltación de la Fuerza Pública y el lenguaje de determinación, para conectar con el problema que las encuestas mostraban como principal. Un análisis de LLYC sobre e 26 mil publicaciones y entrevistas digitales ubicó a ADLE y Paloma Valencia entre quienes daban mayor centralidad a la seguridad, con énfasis en control territorial, fortalecimiento de la Fuerza Pública y acciones contundentes contra el crimen organizado. (LLYC, Escenarios de gobierno de candidatos presidenciales 2026).
El tercer paso fue convertir el apoyo en identidad. El tigre, la venia militar, la camiseta amarilla y expresiones como “los nunca”, “los de siempre” y “Patria Milagro” funcionaron como símbolos de reconocimiento. Más que reproducir literalmente el discurso de campaña, interesa su función política: permitir que el votante se identificara con una comunidad enfrentada a un adversario.
La apelación emocional parece haber sido más fuerte entre electores menos ligados a estructuras partidistas. Andrei Roman, CEO de AtlasIntel, explicó que ADLE alcanzaba niveles altos de entusiasmo entre votantes de derecha y que su desempeño emocional era fuerte entre votantes de menores ingresos y clase media baja. También señaló que superaba a Paloma en varios de esos segmentos. (Semana, 9 de junio de 2026).
Esto ayuda a interpretar el 32 % de expansión sobre la estructura sin que ese 32 % pueda clasificarse enteramente como “voto emocional”; significa que la emoción fue uno de los mecanismos de persuasión que contribuyó a transformar votantes disponibles en votantes efectivos.
Redes sociales: la infraestructura que desbordó a los partidos
Las redes redujeron la dependencia de los intermediarios partidistas entre candidato y votante. ADLE se apoyaba territorialmente en políticos y organizaciones tradicionales y al mismo tiempo, se presentaba como alguien distinto de ellos. En segunda vuelta, el candidato hacía visibles los apoyos de celebridades del deporte y el entretenimiento, mientras evitaba convertir en protagonistas de su comunicación a los dirigentes de los partidos que lo respaldaban. Esa combinación le permitía beneficiarse de estructura política sin asumir su carga simbólica.
En digital, la campaña privilegió piezas cortas, lenguaje emocional, influenciadores, inteligencia artificial y contenidos diseñados para circular con rapidez. Varios expertos describieron, además, el papel de cuentas secundarias y creadores de contenido en la instalación de narrativas y en la generación de conversación antes de la intervención directa del candidato.
La diferencia con Cepeda también fue formal. ADLE duró meses adaptado al lenguaje de los formatos breves, mientras Cepeda privilegió discursos y piezas largas y solo reforzó el uso de videos cortos después de la primera vuelta. El punto analítico no es que una estrategia fuera intrínsecamente superior, sino que la de ADLE estuvo mejor ajustada a la lógica de circulación de las plataformas.
El valor político de las redes se expresó en cuatro aspectos: desintermediar a los partidos; segmentar mensajes por audiencia; convertir símbolos en contenido repetible; y transformar seguidores en amplificadores. La campaña física reforzó el mismo ecosistema. Los actos con música, pantallas, tigres, fuegos artificiales, drones y coreografías repetidas en distintas ciudades fueron el mecanismo. Esos elementos producían imágenes de fácil reutilización en las plataformas digitales.
La secuencia de las encuestas: de candidato fuerte a voto útil de la derecha
La trayectoria de AtlasIntel para Semana muestra el proceso de concentración. ADLE era competitivo antes de la consulta de la derecha, sin depender de una transferencia tardía desde Valencia-Oviedo. Las cifras de la tabla corresponden a mediciones publicadas entre enero y mayo de 2026.
| Momento | ADLE | Paloma Valencia | Lectura |
| Enero | 28 % | 5 % | ADLE ya lidera el espacio opositor. |
| Febrero | 32 % | 4 % | ADLE mantiene ventaja antes de la consulta. |
| Abril | 30 % | 21 % | La consulta impulsa a Paloma; ADLE conserva un piso alto. |
| 15 de mayo | 33 % | 17 % | Empieza la concentración alrededor de ADLE. |
| 18–21 de mayo | 37 % | 14 % | La viabilidad acelera el voto útil hacia ADLE. |
El dato más importante es que Paloma tuvo un salto después de ganar la consulta, sin desplazar a ADLE como mejor alternativa. Cuando las encuestas comenzaron a mostrar que era ADLE quien tenía mayores posibilidades de pasar a segunda vuelta, la lógica de identidad se combinó con una lógica estratégica.
Por eso el crecimiento final puede interpretarse como un proceso de concentración: primero ADLE construyó un electorado propio; luego resistió el momento de Valencia-Oviedo; y finalmente absorbió parte de ese espacio cuando la competencia dejó de ser “qué candidato de derecha prefiero” y pasó a ser “quién puede derrotar a Cepeda-Petro”.
¿Cuánto fue estructura y cuánto expansión?
Los datos ayudan a establecer órdenes de magnitud. El piso potencial de la derecha organizada era de 7,1 millones de votos, alrededor del 68 % de los 10,4 millones de ADLE en primera vuelta. Es un techo estructural de referencia, no una transferencia efectiva. La expansión por encima de la estructura fue de 3,3 millones, en primera vuelta. Dentro de esta expansión se superponen transferencia desde Valencia-Oviedo, voto personal por ADLE, antipetrismo, demanda de orden, electores independientes y ciudadanos atraídos por la viabilidad de su candidatura. Con los datos disponibles no es posible repartir ese 32 % en porcentajes precisos.
La campaña digital, la apelación emocional y la narrativa de autoridad son mecanismos que ayudan a explicar cómo parte de esos electores potenciales se convirtieron en voto efectivo; no constituyen segmentos nuevos que puedan sumarse aritméticamente a la estructura.
La segunda vuelta: otros 2,6 millones
ADLE pasó de 10,4 millones a 13 millones: agregó 2,6 millones. La fórmula Valencia-Oviedo obtuvo 1,6 millones en primera vuelta y Sergio Fajardo 1 millón; en conjunto, 2,7 millones. Ese universo es apenas unos 56 mil votos mayor que el crecimiento exacto de ADLE entre vueltas. La coincidencia es notable, pero concluir que todos los votantes de Valencia-Oviedo y Fajardo pasaran a ADLE sería un error. Cepeda también creció, hubo nuevos votantes y movimientos en ambas direcciones. Esta última capa puede definirse como voto estratégico de segunda vuelta: electores que, sin haber elegido a ADLE como primera opción, lo prefirieron frente a Cepeda.
Los contraejemplos también cuentan la historia
Montería es un contraejemplo importante de la muestra. Allí la derecha amplia obtuvo 99 mil votos, pero ADLE solo 88 mil en primera vuelta. Es el único de los veinte municipios estudiados donde su candidatura presidencial quedó por debajo de la estructura partidista.
Santa Marta ofrece otro matiz: ADLE superó a la estructura con 79 mil votos frente a 57 mil, pero Cepeda ganó con amplitud la ciudad. Soacha presenta el mismo fenómeno: 43 mil votos de derecha amplia frente a 73 mil de ADLE, pero Cepeda obtuvo alrededor de 140 mil.
Estos casos muestran que estructura, expansión, persuasión emocional y victoria territorial no son sinónimos. El mecanismo de ADLE fue poderoso, pero operó con distinta intensidad en cada geografía.
La respuesta: ADLE produjo una coalición, no la heredó
¿De dónde salieron, entonces, los votos de Abelardo de la Espriella? Primero, de la derecha tradicional, pero su votación fue más amplia. La estructura partidista le proporcionó un piso electoral sobre el que ADLE absorbió una parte significativa de electorado adicional que en marzo había acompañado a Valencia-Oviedo. Al mismo tiempo incorporó votantes independientes, antipetristas y electores movilizados por la percepción de inseguridad y pérdida de control.
Lo decisivo es que la campaña produjo esa convergencia. Políticamente convirtió la inseguridad en demanda de autoridad; la demanda de autoridad en identidad patriótica; esta identidad en símbolos fáciles de reproducir; y las redes sociales en un sistema de distribución de esos símbolos. El resultado fue una combinación de estructura y desintermediación aparentemente contradictoria, pero eficaz electoralmente. Recibir el apoyo de la política tradicional mientras se presenta como alguien distinto de “los de siempre”, dio resultado.
En 19 de los veinte municipios comparables, su votación presidencial fue mayor que toda la estructura de derecha amplia. Nacionalmente, la brecha entre ese bloque y la votación ADLE de primera vuelta es de 3,3 millones. Y en segunda sumó otros 2,6 millones.
La victoria ADLE significa mucho más que la reunificación de la derecha. Fue la construcción de un bloque presidencial de 13 millones de electores mediante una secuencia de estructura, expansión, concentración y voto estratégico, acelerada por una campaña que entendió la importancia política de las emociones y la atención. El resultado plantea una pregunta para las elecciones locales o nacionales: hasta qué punto esta coalición, menos dependiente de identidades partidistas estables, se puede reproducir. Y frente al ejercicio del gobierno, habrá que analizar hasta qué punto ese electorado multifacético que construyó para ganar, lo va a acompañar ya en desarrollo de su propia agenda, porque una vez derrotado el petrismo, las variables de apoyo cambian, y el Pacto Histórico vuelve al oficio que mejor maneja: la oposición. Pero este es tema del siguiente análisis.
Nota metodológica
Las categorías utilizadas son analíticas y parcialmente superpuestas. La categoría “derecha amplia” comprende Centro Democrático, Partido Conservador, Salvación Nacional, Creemos y Cambio Radical–ALMA. Los datos agregados permiten identificar patrones territoriales y órdenes de magnitud, pero no el voto individual ni demostrar causalmente una transferencia. Los indicadores de inseguridad, percepción de violencia y rumbo del país se usan como aproximaciones al clima emocional, no como mediciones psicológicas directas de miedo, ira o ansiedad. Este análisis fue realizado con apoyo de IA.
Fuentes consultadas
Consejo Nacional Electoral (CNE). Escrutinio definitivo de primera vuelta, 4 de junio de 2026; escrutinio definitivo de segunda vuelta, 24 de junio de 2026; Invamer. Colombia Opina #20 (febrero de 2026), #21 (abril de 2026) y #22 (mayo de 2026); LLYC. “Escenarios de gobierno de candidatos presidenciales 2026”, 27 de febrero de 2026; análisis de más de 26 mil publicaciones y entrevistas digitales. Semana. “¿Por qué Abelardo de la Espriella le ganó a Paloma Valencia en la primera vuelta? Andrei Roman, CEO de AtlasIntel, lo analizó”, 9 de junio de 2026. El País. “De la Espriella hace campaña mostrando la cara de la farándula y ocultando la de los políticos”, 12 de junio de 2026. El País. “Influenciadores, IA y videos virales: Abelardo de la Espriella vence a Iván Cepeda en la batalla digital”, 19 de junio de 2026. El País. “Dentro de la campaña de De la Espriella, el espectáculo que divide a Colombia”, 19 de junio de 2026. AtlasIntel/Semana. Mediciones de intención de voto publicadas entre enero y mayo de 2026.
También le puede interesar:
Anuncios.


