De 'Cuquitour' por el barrio Santa Fe en el centro de Bogotá

Un encuentro con las Paisas Club, un triste palacio del sexo que confirma que el oficio más viejo del mundo está a punto de desaparecer

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abril 26, 2016
De 'Cuquitour' por el barrio Santa Fe en el centro de Bogotá

Cuando le digo al taxista que voy a las Paisas club, el tipo suelta una carcajada y empieza a hablarme con la complicidad y la soltura de los amigos  que beben juntos. Me cuenta que hace dos semanas le hizo un cuquitour a tres gringos que parecían sacados de la película Hangover. El punto de la gira era una sola cuadra: la calle 22 del Barrio Santafé. En esos cien metros de calle destapada transcurre la noche bogotana. “Los gringos entraron primero a Atunes, salieron de ahí borrachos a la Piscina, luego pasaron a las Paisas. Salieron felices, me dieron como 200 dólares por llevarlos a un hostal en La Macarena y por esperarlos. No me di cuenta a qué hora compraron perico”.

Es lunes a las 10 de la noche en Bogotá. En el barrio Santa fe es sábado y la fiesta está prendida. Música y gente tomando aguardiente en las aceras, indigentes vigilantes, niñas de tacón y falda corta caminando la acera. Hay trancón, por supuesto. Le pago al taxista y me bajo frente a una edificio de cinco pisos, de ladrillo a la vista y lucecitas azules: es Paisas club. El taxista saca la cabeza por la ventana: “No coma cuento, muchas dicen ser paisas pero son de Ciudad Bolívar o de Boyacá” me advierte en medio de una sonrisa que le parte la cara en dos.

Adentro huele a encerrado y a perfume barato. Sobre una pista ajedrezada bailan cuatro niñas que no llegan a tener 20 años. El entusiasmo del público, cien por ciento masculino, contrasta con la displicencia de las mujeres.  Me siento, pido un Águila y pago tres mil pesos. Desde mi asiento puedo ver que las bailarinas no solo están sobre la pista sino que, por 30 mil pesos, bailarán exclusivamente para ti. Un presentador las va mostrando dando sus nombres y sus especialidades. Parece una subasta, una feria equina.

Tangas doradas, pezones erectos, la música de un D.J invisible retumba hasta dejarte sordo. Miro bien a las bailarinas, tienen los ojos huecos, muertos. La pupila lo consume todo, no hay espacio para la nostalgia, tan solo para la frialdad. Bailan con miedo, ausentes. Dopamina o Cocaína, algo han metido para escapar un momento de la infame rutina diaria.

Hay unas pocas que se sientan con los clientes. Penetrarlas cuesta apenas cuarenta mil pesos así que no hay tiempo para la seducción. “Tómese un trago mami y relájese” la toca, se levantan, se pierden tras una puerta en donde, imagino, están las camas. Ellas van desganadas, afanadas por la coca, tristes. Sienten el miedo de trabajar en un país como Colombia que asesina 238 prostitutas por año. Es demasiado riesgo para ser abatida por un borracho, demasiado miedo para una paga tan pobre.

Con los dos millones de pesos al mes que ganan en promedio, a una prostituta en Colombia le queda muy difícil solventar el paga diario con el que consiguieron la plata para operarse los senos, para pintarse el pelo en una de las peluquerías que tiene la 22,  pagar el arriendo de una pieza en Tunjuelito, mandarle plata para la fiesta de la Primera Comunión de la hija que vive en Santuario Antioquia e  “Invertir en la empresita” como me dice una bailarina con coquetería mientas se pasa las manos por el cuerpo.

El de las paisas, como casi todos los prostíbulos, no es un buen lugar para estar. Esta noche, aunque el ambiente no es denso, los clientes lucen amargados, tristes, así el alcohol les haga gritar, así muerdan las nalgas de las bailarinas. La promesa de fiesta que había afuera es tan solo una fachada. En medio de todo uno puede ver, en el gordo de corbata y en el flaco de chaqueta de cuero, que hay unos niños esperándolos en casa, que el prostíbulo no es más que otro escape a la hipoteca, a la esposa que hace años no desean.

Me tomo una segunda cerveza, afuera suenan las sirenas, y un grito lejano. Son las 12 de la noche y aún hay autos. La actividad empieza a las 10 de la mañana y termina a las 3 de la madrugada. La cuadra está llena de lucecitas luminosas, de minifaldas y tacones, de taxistas gritándoles vulgaridades. En La Piscina el trago y las niñas es más caro, el público más selecto. Una de las ventajas de Paisas es que entra todo el mundo. El sexo es más democrático, así como el tedio  que parece generalizarse en la madrugada.

Me subo a un taxi, le doy la dirección de mi casa. El muchacho me dice que viene seguido a las Paisas, que una vez vio ahí a una DJ llamada Tahomy de Moore y que la fiesta fue impresionante y sobre todo barata. “En el Castillo valen 150 y acá apenas 40… es que los pobres no comemos o qué” me dice con un falso acento paisa.

Atrás queda la calle destapada, la silicona, la cocaína, el vallenato. Llevado por mi curiosidad periodística al antro donde se divierten mis amigos no encontré alegría ni mujeres deseosas de sexo; tan sólo vi muchachas hastiadas de ser violadas noche tras noche. El aburrimiento y la tristeza que vi en sus ojos confirma que el oficio más viejo del mundo agoniza.

 

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