Opinión

Cuando una periodista es noticia literaria

Patricia Lara logra una novela de esas que aparecen esporádicamente, para elevar el nivel de las publicaciones en Colombia. Al leer “El rastro de tu padre”, el lector no perderá su tiempo

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septiembre 01, 2016
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He pasado estas mañanas leyendo la última novela de Patricia Lara, El rastro de tu padre, y debo confesar que las sorpresas han sido muchas. Esperaba encontrarme con un buen trabajo. Descubrí una novela de esas que aparecen esporádicamente, saliéndose de la norma para elevar el nivel de las publicaciones en Colombia, lo cual a todos conviene: al público por poder acceder a un buen libro, cosa que no siempre permite el mercadeo. A los escritores, pues la exigencia aumenta, obligándolos a ejercer con mayor rigor su oficio, a los editores, que mantienen la calidad de sus libros, el prestigio de su empresa.

La novela se enfoca en el tema de la ausencia, del abandono, de las diferentes maneras como los seres humanos afrontamos las pérdidas, la carencia de afecto. Una madre, Verónica de la Espriella, trata de olvidar su amor perdido —pero vivo en el recuerdo de manera obsesiva—, con el fin de recobrar la libertad interior. Su hija Estrella, concebida mediante inseminación artificial, la deja sola en Bogotá para descubrir quién es su padre biológico, recuperando así la identidad. En medio de estas grandes líneas temáticas se entretejen asuntos como la ausencia, las ambivalentes relaciones entre madre e hija, el amor de pareja, el engaño, la dependencia, el sicoanálisis.

Los periodistas, cuando además son buenos narradores, siempre me han intrigado. Es más corriente verlos destacarse en una de las dos disciplinas, mientras se desempeñan con mediocridad en la otra. Lo cual, definitivamente, no es el caso de Patricia Lara. Es justo reconocer su versatilidad para dejar de lado la difícil objetividad del periodista, la distancia y racionalidad que debe mantener con sus temas, para entregarse a la creación libre, a la improvisación, al juego de la imaginación, de las emociones, de los recuerdos. Asuntos bien trabajados en esta historia que tiene como geografía a Bogotá y Nueva York, escrita con la buena prosa de quien no busca probar nada, pues no lo necesita.

No existen géneros superiores o géneros inferiores, cuando se trata de las letras. No considero que la poesía sea una manifestación artística más elevada que el ensayo, ni que la novela cuente con mayores méritos que la crónica. Hay buenas y malas poesías, buenas y malas crónicas, buenas y malas novelas. Abundan ejemplos de excelentes periodistas que también han escrito bellísimas obras literarias, entre ellos García Márquez, por supuesto, Tom Wolfe, Graham Green, Marguerite Duras, incluso el propio Charles Dickens, figuras que han hecho gala de su destreza, moviéndose entre dos exigencias.

 

En periodismo se esfuerza por hablar desde la mesura,
frente al computador escribiendo una novela,
se entrega de lleno a ese juego entre la razón y la intuición

 

En este país, donde algunos periodistas se revelan como apasionados fundamentalistas para lanzar acusaciones sin fondo, fungir  de parafiscales, destruir por capricho, o resentimiento, o por las razones que sea la fama de algunos, que persiguen a sus enemigos o a los enemigos de sus amigos de manera encarnizada, regodeándose en su poder, Patricia Lara se ha caracterizado por la mesura al expresar las opiniones, al dar a conocer el resultado de sus investigaciones. Puede que no se esté siempre de acuerdo con ella, cosa que aceptará de buen grado. Pero es innegable que cuando hace periodismo se esfuerza por hablar desde la mesura, y que, cuando está frente a la pantalla del computador para escribir una novela, se entrega de lleno a ese juego entre el consciente y el inconsciente, entre la prosa apresurada con el fin de no dejar escapar una idea y las cuidadosas correcciones, entre la razón y la intuición.

¿Cómo lo logra? Ojalá lo supiéramos. Imaginemos que durante el día es una periodista con todas las de la ley, por las noches una consumada novelista. Un modelo a seguir en un medio como el nuestro, pues salvo casos contados, en Colombia un escritor encuentra imposible vivir de su oficio, lo cual lo obliga al difícil malabarismo de ejercer simultáneamente dos profesiones.

Es cierto que El rastro de tu padre cuenta con un plan cuidadosamente elaborado, eso salta a la vista. Cada capítulo tiene su razón de ser en el conjunto de la novela, cada pasaje, cada diálogo, encaja en el contexto. Pero a partir de allí se intuye el juego de la fantasía, el ejercicio de la libertad para improvisar, alterar, omitir o contar de una determinada manera.

Noticias como la guerra en Colombia, la violencia contra los niños, el narcotráfico, los desfalcos, la minería ilegal, los desplazados, el plebiscito (temas para muchas novelas), cambian, adquieren otras connotaciones, se agravan, mejoran, desaparecen. Existen otras, como las trabajadas por Patricia en su novela, después de haberse ocupado de las primeras. Esas que entrega a los lectores, ávidos por saber si la joven Estrella encontrará quién fue el donante que le permitió a su madre engendrarla, o si la historia de amor y abandono por parte de un amante cobarde, llegará a buen fin. Lo que sí garantizo, es que al leer El rastro de tu padre, el lector no perderá su tiempo.

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