Cuando Satinga, Nariño fue arrasado por las FARC

70 hombres armados del frente 29 atacaron la sede de la Policía de este municipio hace 15 años

Por: Daniel Esteban Egas Cerón
marzo 31, 2016
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Cuando Satinga, Nariño fue arrasado por las FARC
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Como todos los días, a las 8 de la noche, comenzaban a apagarse las plantas eléctricas de Bocas de Satinga –hoy Olaya Herrera-- un municipio ubicado al noroccidente del departamento de Nariño, cerca a la costa pacífica. El pueblo se sumergía en la oscuridad y las humildes casas construidas en madera yacentes a la orilla del Río Patía, caían tranquilamente a la luz de la luna y de las velas. Ese viernes 16 de marzo del 2001, no habría tal calma.

Todo era silencio hasta que un grito dio inicio a una noche escalofriante: “Policías… Policías, la guerrilla”, eran las palabras que salían del hombre que corría despavorido frente a la estación de policía. “Pilas, pilas como que se nos metió la guerrilla”, gritaba el centinela de la noche, el patrullero Zapata. Inmediatamente los 6 policías que se encontraban en la estación supieron que esa noche no sería como las demás.

El agente Jairo Salazar Hernández, oriundo de la ciudad de Pasto, con la tranquilidad cotidiana del pueblo, aprovechaba su día de descanso. En bermuda camiseta y chanclas, se encontraba en la sala de la estación mirando el noticiero frente a un pequeño televisor de 22 pulgadas. El momento de descanso se esfumó, al mismo tiempo en que el silencio del lugar era reemplazado por el sonido de los primeros cilindros bomba que impactaban las instalaciones de la estación de policía.

Sentado bajo una ventana, con los ojos cerrados, al agente Salazar, se le escapan las lágrimas y en la desolación del momento solo puede encontrar refugio en el recuerdo de sus seres queridos y, en medio del llanto, las plegarias a Dios no se dejan de escuchar. “Nos van a matar, nos van a matar”, son las palabras que en la mente de Salazar retumbaban al compás de las balas.Salazar, rápidamente cambia las chanclas por unos zapatos, no hay tiempo para uniformarse y lo único obligatorio en el momento es tomar su fusil Galil 7.65, su chaleco con municiones y unas cuantas granadas. Las ráfagas de bala provenientes de los hombres armados de la columna Alonso Arteaga, del frente 29 de las FARC, no permitían ni siquiera asomarse por la ventana del recinto. El miedo se apodera de los militares.

El Sargento Epifanio Ramos, al mando de la pequeña brigada de policías, no sabe cómo actuar. Él, no es inmune al miedo y al igual que sus subalternos, la desesperación hace que el llanto sea el factor común.

Salazar recuerda que justamente 9 días atrás, en el municipio de San Pablo, Nariño, una toma guerrillera le había arrebatado la vida a 7 colegas, entre ellos el agente Ever Muñoz Ojeda, su gran amigo. No por nada Nariño es el cuarto departamento con mayor número de víctimas por el conflicto armado: 320 mil en total.

El joven patrullero Zapata es el primero en devolver el fuego a los subversivos. Salazar logra ponerse en pie cuando escucha la desesperación de su compañero: “Salazar, Salazar, nos van a matar”, grita el agente Guerrero.

Momento de tregua y plomo

“Paren, paren que hay niños”, es lo primero que grita el agente Salazar tras salir de su estado de shock. En la estación de policía se encontraban los dos hijos de la señora encargada de la alimentación de los uniformados, pues, como de costumbre, se quedaban en la estación viendo uno de los únicos televisores del pueblo.

En ese momento las balas y explosiones dejaron de sonar. La esposa del agente Guerrero, quien se encontraba en el lugar, logra sacar a los niños y llevarlos a un lugar seguro. La mujer regresa a la estación de policía a pesar de haber podido escapar. Ahí, en la estación, está su esposo, ella no lo puede abandonar.

Salazar al ver a sus compañeros quebrados en llanto y desesperación, recoge todo el armamento que tiene a la mano, haciéndose con dos fusiles más y unos 4 mil cartuchos. “Si nos matan, que nos maten peleando”, les dice Salazar a sus compañeros tratando de darles ánimo. Quebrando el vidrio de la ventana con el cañón del fusil, Salazar le devuelve el fuego a los guerrilleros.

El olor a pólvora en el aire entra en contacto con el agente Salazar. Él, logra comprobar la teoría que sus colegas le habían dicho tiempo atrás. El olor a pólvora lo ánima y le sube la moral. El temor quedaba atrás, el agente “repartía plomo feliz”, sin pensar en nada más. Cuando uno de los fusiles se trababa, tomaba otro pero no dejaba de disparar ni un solo segundo, la única tregua que le da a los guerrilleros es mientras él, debe volver a cargar el proveedor de su fusil.

Al mismo tiempo sus compañeros se despabilaban y tomaban sus posiciones, al parecer el olor del humo de la pólvora sí les subía la moral. Los dos agentes, Bravo y Salaz se encargan de cubrir la retaguardia pues los guerrilleros rápidamente los rodean y la entrada trasera representaba una amenaza para los policías.

En la parte frontal están el Sargento Ramos, el patrullero Zapata y los agentes Guerrero y Salazar. Los cuatro combaten frente a frente a los subversivos desde la trinchera y la ventana de la estación.

Mientras tanto, en la capital nariñense, las oraciones por el alma de los policías caídos en combate en el municipio de Bocas de Satinga, ya se escuchaban. Comandantes y familiares creían muertos a los policías que a esa misma hora seguían combatiendo incansablemente a los hombres de las FARC. La confusión se dio pues al llamar a la estación de Satinga la voz femenina de la esposa del agente Guerrero hizo pensar que los guerrilleros ya tenían acorralados a los policías.

La muerte era lo único que esperaban familiares y allegados del grupo de policías, pues precisamente, para esa época, el fracaso de los Diálogos de Paz en el Caguán durante el gobierno de Andrés Pastrana, conllevaron a un recrudecimiento de actos hostiles por parte de grupos guerrilleros, llegando a registrar la tasa más alta de víctimas entre el 2001 y 2002, con un total de 1’258.274 afectados por el conflicto.

Y en un arrebato de mi vida loca

Muy cerca a la estación de policía, en una esquina, funcionaba una sala de billares. Era viernes y en el pueblo las cantinas y establecimientos comerciales, que contaban con plantas eléctricas,  aumentaban el volumen de la música. Sin embargo, esa noche, las balas y la muerte se robaron todo tipo de protagonismo. Por cuestiones de la vida, en el momento en que el hostigamiento comenzaba, la canción que en el billar sonaba era Ilusiones de Diomedes Díaz. El sobrecogedor sonido del acordeón de Franco Arguelles, contrastaba con el sonido de las balas.

“Y en un arrebato de mi vida loca… darte un besito en la boca”, cantaba el agente Salazar mientras jalaba el gatillo de su fusil. Como tratando de burlarse de sus enemigos, cada vez su canto se escuchaba más fuerte… “Cuánto diera por llegar allá mi vida, y encontrarte solitaria en esa esquina”, entonaba, mientras le apuntaba a los guerrilleros atrincherados tras las paredes del caserío.

Una y otra vez la canción acompañó sin descanso el enfrentamiento que duró más de 5 horas.

Salazar salió de la trinchera en busca de un cigarrillo, pero se quedó con las ganas pues de lo que era la estación no quedaba casi nada en pie. La dinamita y granadas habían tumbado e incendiado la estructura de la Estación. Ropa, papeles, uniformes e incluso los “cigarrillitos”, todo, estaba destruido. “Me quedé con las ganas de fumar”, dice con una sonrisa en la cara.

Recorte periodico

El silencio era peor que las balas

Después de más de 3 horas de fuertes combates, a las 11 de la noche el silencio vuelve a apoderarse del lugar. ¿Será que se fueron? ¿Será que siguen ahí?, se preguntaban los agentes que lentamente salían de la trinchera buscando a los dos compañeros que cuidaban la retaguardia. Ellos no estaban. Lo primero que piensan los uniformados es que quizá los secuestraron y se sumen a la lista de los más de 24.000 civiles y uniformados retenidos por grupos guerrilleros.

En completo silencio, se encerraron en lo que quedaba de la estación, donde además, se encontraba una perrita criolla a la cual los agentes habían adoptado. Completamente asustada no se despegaba ni un segundo de las piernas del agente Salazar.

“Muchachos vamos a tener que irnos”, le dijo el Sargento Ramos a sus subalternos. Salieron por la parte de atrás de la Estación, tomaron su armamento y se lanzaron al pantano pues era la única ruta de escape medianamente segura. El fango les llegaba casi que a la altura de la cintura y a paso lento y arduo, con más de 10 kg extra de peso por el armamento, intentaban desplazarse a un lugar seguro.

Caminaron y caminaron hasta llegar a una casa en la cual pudieron esconderse, en ese mismo lugar estaba el agente, Salas, por lo menos estaba a salvo. Los 5 uniformados se escondían bajo la estructura de la pequeña casa que a diferencia de las demás, aun no se quemaba y lograba resistir el ataque.

Completamente rodeados por todos los lados, el patrullero Zapata, se trepó por una de las ventanas de la casa para poder estar a salvo. Pero la balacera comienza de nuevo, pues a Zapata se le escapa de las manos el fusil que justamente cae en un techo de lata. “Ahí están, ahí están”, gritaban los guerrilleros en medio del sonido de las balas. El patrullero Zapata se queja de dolor y cae del lugar en el que estaba. “Le dieron, le dieron; mataron a Zapata” gritaba el agente Salazar.

Tratando de esconderse de las balas, Salazar siente algo en su pantorrilla, se toca y a la luz de las llamas del pueblo incendiándose, se percata de que es sangre.

- Guerrero, me dieron. ¡Estoy herido!  ̶  gritó Salazar.

- ¿Dónde, dónde? - responde Guerrero.

- Creo que en la pierna. – indica Salazar.

- ¿Y ahora que hacemos?… tenemos que ir al puesto de salud.  ̶  responde Guerrero.

- Pero la guerrilla está ahí hermano.  ̶  dice Salazar

- Vos estas de civil. Yo te acompaño hasta cierta parte, después te vas solo.- Concluye guerrero-

Salazar deja escondido su fusil debajo de la estructura de la casa, se deshace de todo aquello que pueda identificarlo como policía y sale escoltado por el agente Guerrero intentando llegar al puesto de salud.

Esperando el tiro de gracia

Parecía que el día de descanso daba sus frutos. Como civil, en pantaloneta y camiseta, el agente Salazar camina por las calles destapadas del pueblo, cojeando, intentando llegar al Puesto de Salud. “Alto”, le dicen 3 guerrilleros apuntándole por la espalda, “¿vos que haces, pa’ donde vas, quien sos?”. En silencio, Salazar responde mostrando la herida en su pierna. “Eso es herida de bala, vamos donde mi comandante”, concluyen los guerrilleros. Nuevamente lo llevan a la estación de policía. Ahí estaban la mayoría de subversivos saqueando lo poco que quedaba.

- Ah este es policía –dijo el comandante apenas lo vio. - o vas a decir que no. Vos esta mañana estuviste jugando billar aquí a lado. ¿Cierto?

Salazar abre los ojos, por un momento cree que está muerto y el aturdidor sonido del disparo se disipa mientras el comandante regaña a quien disparó. No se supo si el fusil se trabó, si el tiro se escapó, o si el tirador erró. Hasta ahora el agente Salazar no se explica qué pasó. El momento fue tan confuso y lo único que escuchaba eran los gritos del comandante: “Huevón casi me lo pegas a mí”.- Sí, yo soy policía – respondió Salazar sin temor alguno ante el Comandante de las FARC –

Al agente, lo hacen sentar en una silla que termina partiéndose, él, se queda en el suelo mientras más de 40 hombres armados lo rodean. “Yo no sé por qué hijueputa ustedes se hacen matar chimbamente”, le dice el comandante de las FARC al agente Salazar con quien sostiene una discusión subida de tono lo que motiva al comandante a dar una señal. Todos los guerrilleros presentes se apartan del lugar y uno solo queda detrás de Salazar. El agente presiente que le van a dar el tiro de gracia. Instintivamente cierra los ojos y los aprieta fuertemente. El silencio del pueblo nuevamente es opacado, esta vez por el sonido de una sola bala.

Por el sector caminaba un seminarista de la iglesia. “Buenas noches”, saludaba a los guerrilleros con completa calma. El comandante lo llama y le ordena llevar al agente al Puesto de Salud. Salazar no puede creerlo y desconfía hasta el último momento, cada 3 pasos miraba hacia atrás creyendo que los guerrilleros le iban a disparar por la espalda.

Mientras cientos de hombres armados miraban de pies a cabeza a Salazar, el seminarista en un acto de inocencia le agradece a Dios porque “los refuerzos llegaron rápido”.

- ¿Cuáles refuerzos? -pregunta Salazar-. “Pues vea todos los soldados que hay” -responde el seminarista- “¡Noooo! mijo esos son guerrilleros” -Explica el agente- “Ay no me diga eso agente, yo pensé que era el ejército por eso me metí por acá” - concluyó el seminarista nervioso y acelerando el paso -.

Salazar logra llegar con ayuda del religioso al Puesto de Salud, donde un doctor le revisa la herida y procede a tomarle los puntos. La situación no es grave, pues la bala no comprometió la extremidad del agente. Estando en el hospital le dicen que hay 7 heridos de las FARC y uno de gravedad. Eso explicaba la presencia de integrantes del grupo subversivo en los pasillos del centro médico, estaban custodiando a los heridos.

“A alguno de esos le tuve que dar, a alguno”, pensaba en el momento en el que veía a los guerrilleros en las camillas, en especial al herido de mayor gravedad. Una de las balas del Galil 7.65, había impactado por la parte de la espalda, el proyectil había salido por el pecho dejándolo gravemente herido y al borde de la muerte. “El guerrillero solo movía los ojos” asegura Salazar.

Probablemente ese guerrillero sea parte de los 40.787 combatientes –entre Fuerza Pública y guerrilleros- que han muerto en combate desde el año de 1958 hasta el 2012, según cifras del Centro Nacional de Memoria Histórica.

 

Lluvia de luces sobre el río

Los guerrilleros deciden salir del lugar, toman a sus heridos y abordan las lanchas para escapar. Salazar, se asoma por la ventana del hospital y visibiliza el avión fantasma disparando desde los cielos ráfagas y ráfagas de bala a las lanchas que intentaban huir del lugar. “Una lluvia de luces caía sobre el rio”, así define el agente Salazar la operación desde el aire de la Fuerza Aérea.

Cerca de las 2 de la mañana los guerrilleros ya navegaban el río Patía. “Ya se fueron, ya se fueron”, decían en los pasillos del centro médico, pero para Salazar hay otra preocupación, “¿dónde están mis compañeros?”, se pregunta y nadie le responde. De nuevo el desasosiego se apodera del agente, “¿qué pasó con los demás? ¿Qué pasó con Zapata, se murió?”

En ese mismo momento entra el patrullero Zapata con fusil en mano cargado por un grupo de civiles quienes lo llevaban en una improvisada camilla. Las lágrimas nuevamente se apoderan del lugar. “Uy Zapata gracias a Dios estamos vivos”, repite una y otra vez más el agente Salazar. A Zapata una bala le había atravesado la rodilla.

El agente Salazar toma un radio e intenta comunicarse con sus superiores, con éxito logra informar que había 3 heridos, 2 a salvo y 1 desaparecido, quien era el agente Bravo el cual se reportaría horas después. Así termina la noche en el pueblo.

Un último recorrido por Satinga

A las 10 de la mañana llegan refuerzos a la zona, y no es sino hasta las 5 de la tarde que el helicóptero llega para evacuar a los heridos Zapata y Salas, además, entre ellos al agente Salazar, a quien llevan cargado por todo el pueblo desde el Puesto de Salud hasta el improvisado aeropuerto donde lo esperaba el helicóptero.

En el recorrido, el dolor de la herida mal curada se suma al dolor de la escena que sus ojos ven. El pueblo está completamente destruido, nada quedaba en pie, todo estaba quemado, la gente agolpada en las calles, todos estaban cabizbajos y angustiados pues lo habían perdido todo.

Justo pasaba al frente de la estación totalmente destruida. Ahí reconoció la fuente de soda que había a lado de la estación, donde la dueña, precisamente días antes, había dialogado con el agente Salazar sobre qué hacer en caso de una toma guerrillera. El cuerpo de la señora y su compañero sentimental estaban completamente carbonizados. Ella, no siguió el consejo del agente Salazar, no salió corriendo del lugar y se encerró en su casa la cual corrió el destino del 80% de las demás. Se incendió.

Entre otras víctimas mortales que dejó el enfrentamiento, también se encontraban Pablo Castro, Secretario de Educación, y Junior Salas, Director de Desarrollo Comunitario del Municipio, al igual que Yesid García, un civil, además un empleado de la Alcaldía falleció por un infarto. Víctimas que hoy por hoy hacen parte de los más de 177.307 civiles muertos que ha dejado el conflicto armado en Colombia.

Desde el cielo, ya en el helicóptero, Salazar ve las consecuencias de la guerra. Del pequeño municipio de Satinga solo quedan cenizas. La humilde población, había sido arrasada por los cilindros bomba que habían destruido la gran mayoría de las casas, todas, construidas en   madera.

Tras 18 años de servicio en la Policía Nacional, Salazar, que ya había sobrevivido a riñas, balaceras y había pasado con relativa tranquilidad su vida prestando servicio a su patria, sobrevivía a lo que hasta ahora es la experiencia más cercana a la muerte.

Actualmente, el agente Jubilado, vive en la ciudad de Popayán. De aquel suceso solo le queda una fotografía que apareció en el Diario del Sur -periódico de la ciudad de Pasto- y una cicatriz en la pantorrilla, cicatriz que quedó después de que al agente tuvieran que cortarle varios pedazos de piel muerta, pues la herida se había infectado y por suerte no tuvieron que amputarle la pierna.

Después de más de 6 meses entre quirófanos y terapias logró recuperarse y volvió a trabajar ya en la ciudad de Pasto. Tras 25 años de servicio, en el 2007 decidió jubilarse. Al parecer le faltaba acción y en los puestos que le asignaban ya no la podía encontrar.

Al agente no le dieron ni una medalla ni ningún otro reconocimiento por el acto de valentía que tuvo junto a sus compañeros, por el contrario tuvo que luchar para que el Estado lo indemnizara por la herida que recibió. Siete millones de pesos fue lo que el agente obtuvo como indemnización, pero el dinero no le importa mucho, él hubiera preferido una medalla o por lo menos un reconocimiento honorable. Nunca lo recibió.

"Yo no estoy de acuerdo con los diálogos"

Jairo Salazar Hernández hoy, es un civil más, le duele ver que el país esté como está, le duele que los delincuentes que tanto han asesinado, que han hecho masacres y han acabado y atentado contra la población, queden libres y que además “les den vacaciones en La Habana”, como el mismo dice.

No guarda rencores, pero exige justicia; perdonar pero no olvidar. Es consciente de que por ambos bandos hay víctimas, un guerrillero raso, según él, no es culpable, ellos simplemente son utilizados como carne de cañón por los cabecillas.

Reconoce que este conflicto se debe terminar, afirma que no es justo que gente inocente muera por un conflicto que desde hace años no tiene razón de ser. Como cualquier colombiano clama paz, pero para él la paz debe ser con justicia.

Con una sonrisa en la cara concluye: “A los guerrilleros les diría que son unos hijueputas… que no pudieron matarme, no porque no quisieron sino porque no me les arrodillé”.

Satinga era y es, hasta la actualidad, un pueblo olvidado, sumergido en la pobreza, cuya única salida es la delincuencia, la condición de vida de los habitantes del municipio es precaria al igual que cientos de pueblos más azotados por el conflicto y la delincuencia.

El presupuesto para la guerra supera los 23,8 billones de pesos -cifra que es 7 veces mayor a lo invertido en las viviendas de interés social- dinero con el cual no solo Satinga podría salir de la delicada situación sino cientos de pueblos más. Pero eso solo es posible con la paz y mientras grupos al margen de la ley, ya sean Guerrilleros, Paramilitares o Bandas Criminales, sigan atentando contra la vida de los colombianos, es probable que nunca llegue la paz para más de 6 millones de víctimas –secuestrados, heridos, desplazados, etc.- que ha dejado el conflicto y que piden de una vez por todas PAZ.

 

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