Cruzada contra la indolencia

La muerte de Dilan Cruz, quien hasta hace dos días era un joven común y corriente, no debe caer en el olvido ni ser presa del oportunismo de personajes con pocos escrúpulos

Por: David Torres V
noviembre 26, 2019
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Cruzada contra la indolencia

Como ya mencioné antes Dilan Cruz era como muchos jóvenes en el país, de aquellos que tienen la ilusión de estudiar algo que les guste, pero que a la vez los enaltezca a sí mismos y les permita conseguir el pan de cada día. Muchos de esos jóvenes una vez llegan a la universidad, soportan jornadas de trabajo de ocho o diez horas y luego hacia las seis de la tarde van a sus universidades a clase hasta las diez de la noche, repitiendo esta rutina cada día de lunes a viernes, e incluso sábados, durante dieciséis semanas, otros lo hacen de tiempo completo entre semana, pero con jornadas que pueden extenderse en la madrugada o los fines de semana.

Dilan era de aquellos que estudió en el colegio que buenamente su familia le pudo proveer. Sí, un colegio distrital, del Estado. No todos nacieron con estrella, como dicen por ahí y a algunos les toca bastante más complicado que a otros. No obstante, Dilan estudiaba como muchos jóvenes de clases sociales humildes que no se pierden en el camino en vicios y cuya principal motivación es sacar a sus familias adelante.

El sueño de Dilan era seguir ese camino que muchos recorren en este país, entrar a la educación superior, aun a expensas de largas horas de trabajo o de limitar su vida al mínimo, justamente por no tener el privilegio de poder pagar y estudiar en universidades prestantes o en su defecto de ingresar a la educación superior pública. Por tal motivo, es probable que estuviera esperando la oportunidad de presentar el examen de admisión o de entrar en los procesos de selección de las universidades del Estado.

Solo que antes de tan siquiera intentarlo o tener la oportunidad, su vida le fue arrebatada. Lo más infame es que le fue quitada cuando manifestaba su inconformidad porque las oportunidades en este país no son para todos, son para el que tiene palanca, el que tuvo suerte o aquel cuyas condiciones de vida no fueron tan drásticas y le permitieron acceder a educación de mejor calidad. Es aquí donde comienza mi crítica.

Si de verdad usted considera justo que un joven, que podría ser su hijo, tenga que salir a la calle a marchar para pedir aquello que debiera ser garantizado; que sea casi acribillado por la espalda, por exigir aquello a lo que tenemos derecho. Si ese es el caso yo le pido que reflexione y no le ponga tinte político, su problema es la carencia de la más mínima empatía y la más mínima humanidad.

Muchos expresamos en tiempos anteriores y recientes la crítica de la escasa financiación de la educación pública, herramienta que nos ha permitido con nuestras familias salir adelante. Financiación que cada día empeora y sobre la cual el gobierno de turno irrespeta acuerdos ya firmados. Algo sin lo cual muchos estaríamos en el rebusque o tal vez cosas peores. Si usted considera justo asesinar a alguien que exigía lo que el Estado por ley debe darle, le recuerdo que todo aquello que detesta desaparece con la educación: Es decir, la delincuencia, la anarquía, el desorden, el vandalismo. Porque es la educación el medio que permite a cada persona a encontrar algo en que ser productivo, no solo para sí mismo, sino para la sociedad en su conjunto. Y es esa oportunidad la que el Estado colombiano afirma (sobre piedra muerta) que la garantiza; pero nada más lejos de la realidad.

Si la educación superior pública fuese gratuita, como en Alemania, Suiza o los países nórdicos, nadie tendría que protestar para obtener una plaza, una beca... o porque no le alcanza para estudiar o porque debe estudiar y trabajar a la vez. Simplemente cada persona podría seguir su propio camino, alcanzar sus propias metas de forma lícita sin afectar a nadie. Pero lamento aterrizarlo en la realidad de que ello no sucede acá. De que esa oportunidad, que es un derecho y debiera serlo en la práctica, es un privilegio. Tal como lo oye; sí, un privilegio. Porque solo aquellos jóvenes cuyos padres tienen los medios necesarios pueden enviar a sus hijos a un colegio donde los eduquen mejor y pueden acceder a la educación superior pública; los demás, de malas. O si el joven estudió en un colegio público (como Dilan) fue aplicado y “le metió la ficha” puede pasar en una pública donde no paga mucho, pero donde debe enfrentar dificultades como recursos deficientes, constantes interrupciones, etcétera; de resto, pues de malas.

Adicionalmente, le recuerdo que no todo el mundo puede pagar al menos cinco millones de pesos de matrícula en una privada de renombre, cuando no son 10, 15 o 20 millones de pesos por semestre. Y si no los tiene, pues de malas; toca donde cueste menos, muchas veces con una calidad claramente inferior, trabajar o estudiar a la vez, prostituirse, pedir créditos a un banco o al Icetex y quedar debiendo la plata por lo menos 5 o 10 años. Es por todo lo antes descrito, la razón por la que marchaba Dilan, para que otros tuvieran lo que él no tuvo y ya no tendrá. Si usted considera que marchar por eso es malo, cuestionable, vandálico, terrorista, déjeme decirle que usted adolece de mucho de lo que hace a alguien un ser humano.

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