Con nombre de virgen, pero tierra de horror, la hacienda de los paras El Alemán y Peulsa pasará a manos de campesinos

El Clan del Golfo se está atravesando para que la Agencia Nacional de Tierras pueda repartir las 1100 hectáreas de La Virgen del Cobre que se armó a sangre y fuego

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enero 25, 2026
Con nombre de virgen, pero tierra de horror, la hacienda de los paras El Alemán y Peulsa pasará a manos de campesinos

La hacienda La Virgen del Cobre no se hizo de un día para otro. Se fue armando poco a poco a comienzos de los años ochenta, en Necoclí, a un costado de una vía nacional que desemboca en el mar. Allí más de treinta fincas vecinas fueron absorbidas hasta formar un solo cuerpo de tierra que superó las 1.100 hectáreas. No fue una expansión inocente ni silenciosa. Fue el comienzo de una de las propiedades más mencionadas en expedientes judiciales, informes de derechos humanos y versiones de exparamilitares del Urabá antioqueño, que terminó bajo el poder del temido narcoparamilitar Freddy Rendón Herrera, más conocido con el alias de El Alemán.

Detrás de esa acumulación de tierras que conformó la hacienda La Virgen del Cobre alias Pelusa cuyo nombre era José Antonio Ocampo Obando , quien se presentaba como un ganadero reconocido en el medio. Nunca fue condenado, pero en la historia reciente del país quedó señalado como uno de los grandes financiadores del paramilitarismo en el Urabá y como un hombre que hizo su fortuna en los años en que el narcotráfico redefinió el mapa económico de Antioquia.

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Alias Pelusa se hizo millonario en los años ochenta al amparo de los negocios del cartel de Medellín. Diversas reseñas lo ubican cercano a Pablo Escobar, con quien compartió no solo amistades y parrandas sino operaciones criminales. Ese capital inicial fue el combustible que le permitió pasar de socio del narcotráfico a gran terrateniente. La tierra, en Urabá, siempre ha sido una forma de poder más durable que cualquier cargamento de cocaína.

La Virgen del Cobre quedó a nombre de una de sus empresas pecuarias, Industrial Pecuaria, una sociedad que todavía figura activa en la Cámara de Comercio de Medellín y que hoy es representada por su exesposa. Desde el papel, la finca parecía un proyecto ganadero exitoso. En la práctica, se convirtió en otra cosa. Con el paso de los años, el predio dejó de ser solo una hacienda y pasó a ser un punto neurálgico del paramilitarismo.

En sus potreros y construcciones se realizaron reuniones que definieron el rumbo violento del Urabá antioqueño. Allí confluyeron jefes armados, ganaderos influyentes, empresarios, y políticos regionales vendidos al narcopoder. Por ese lugar, aparte de El Alemán, comandante del bloque Élmer Cárdenas, también pasaron hombres que luego integrarían el Clan del Golfo, como Don Mario y Otoniel; y militares con amplio poder en la región, entre ellos el general Rito Alejo del Río. La Virgen del Cobre funcionó como una sala de juntas del terror.

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Las versiones rendidas en el marco de Justicia y Paz describen la finca como centro de planeación de masacres, tomas armadas y estrategias de expansión territorial. También fue lugar de descanso de tropa, de control poblacional y, según testimonios, de tortura. Desde allí se coordinó el dominio armado y político de una de las regiones más estratégicas del país, una zona clave para el narcotráfico, el comercio bananero y la salida al Caribe.

El bloque Élmer Cárdenas encontró en La Virgen del Cobre un espacio seguro, protegido por relaciones económicas y silencios convenientes. Desde finales de los noventa y comienzos de los dos mil, el proyecto paramilitar no solo fue militar. También fue político. En esa hacienda se impulsaron iniciativas para controlar alcaldías, asambleas y curules en el Congreso. Las reuniones sirvieron para alinear candidaturas, repartir apoyos y asegurar que el poder armado tuviera traducción institucional.

Mientras tanto, la violencia hacía el trabajo de fondo. Comunidades enteras fueron desplazadas. Tierras abandonadas pasaron a manos de proyectos económicos a gran escala. El control territorial permitió abrir corredores para el narcotráfico y consolidar un modelo de dominación que combinó fusiles, chequeras y discursos de orden.

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Ocampo Obando nunca compareció ante un tribunal para explicar su papel en ese entramado. Murió asesinado en Medellín en abril de 2017. Con su muerte no se cerró la historia de La Virgen del Cobre. Al contrario, el predio siguió siendo explotado de manera irregular durante años. Más de 900 reses y cerca de 150 caballos ocupaban una finca que ya estaba vinculada a procesos de extinción de dominio desde finales de los ochenta. Hubo intentos fallidos por declararla en extinción de dominio, primero en 1989 y luego en 2009. El poder acumulado alrededor de la tierra resistió durante décadas.

Solo en 2023 el proceso se cerró de forma definitiva. Por orden judicial, los treinta predios que conforman La Virgen del Cobre, avaluados en unos 120 mil millones de pesos, pasaron al Estado. La Fiscalía los relacionó formalmente con el bloque Élmer Cárdenas y con la financiación del paramilitarismo. El Fondo de Reparación de las Víctimas quedó como administrador provisional.

La recuperación material del predio que se dio en estos días, para entregársela a 120 familias campesinas del Uraba, como parte de la reforma agraria impulsada por el gobierno de Gustavo Petro, ha ocurrido en medio de tensiones. La Agencia Nacional de Tierras, actualmente bajo la dirección de Felipe Harman, ingresó a la hacienda para hacer efectiva la ocupación estatal, pero el proceso no ha sido tranquilo. Según denuncias del propio gobierno, estructuras criminales como el Clan del Golfo, herederas del paramilitarismo que mandaba en la zona, junto con actores políticos locales, entre ellos exalcaldes de Necoclí, han intentado sabotear la entrega. La disputa por La Virgen del Cobre demuestra que la tierra sigue siendo un botín, incluso después de las sentencias judiciales.

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Hoy, la hacienda resume varias capas de la historia colombiana reciente. Es la historia del narcotráfico que se convirtió en ganadería. Del paramilitarismo que se sentó a negociar el poder regional en sus mesas. De un Estado que tardó más de treinta años en recuperar un predio clave del despojo. Y de una reforma agraria que avanza en medio de amenazas y resistencias. La Virgen del Cobre ya no es solo la finca de alias Pelusa ni el cuartel informal de El Alemán. Es un territorio en disputa entre el pasado armado y un futuro que todavía está por escribirse. En esas más de 1.100 hectáreas se cruzan la memoria del terror y la promesa, siempre frágil, de reparación.

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