El fanatismo político y las mafias de la coca instrumentalizan la psicología social; es hora de una cura férrea, ética y democrática

 - Colombia va hacia un totalitarismo de derecha con De la Espriella

El que ve en la disidencia política, deportiva o religiosa a un enemigo a exterminar, no transmite una convicción profunda; manifiesta, en realidad, un síntoma de desajuste psicológico. Que hay que tomar partido…? Espera. El día en que venga la guerrilla o los paramilitares a mi casa, los estaré esperando para combatirlos. No es el modelo económico lo que está en juego. Es nuestro derecho a no seguir en la Edad Media pagándole a los ‘lavaperros’ o matones de un grupo armado para que no nos dejen como un colador los que se disputan las rutas de la coca con ellos.

Ya es hora de que Colombia entre en la Modernidad y salga de ese par de grupos psicopáticos cuyos jefes padecen trastornos de personalidad y de conducta que comprometen violencias que han encontrado una expresión en un grupo armado; y otros, están ya enquistados en el poder. Paso de ambos. No nos dejemos convertir en idiotas útiles del fascismo.

IMPRESIÓN DIAGNÓSTICA DEL PROBLEMA ACTUAL

A lo largo de la historia, el fanatismo y las "barras bravas" no han sido el resultado espontáneo de ideales sublimes, sino de la irrupción descarnada de patologías clínicas disfrazadas de causas doctrineras, deportivas o fórmulas de salvación religiosa.

Cuando la arena pública abandona el intercambio dialéctico para mutar en el Coliseo —alimentado por bodegas en redes, gatilleros en las calles y discursos radicales—, no asistimos a un debate coherente y empático. Asistimos a la exteriorización de un cuadro clínico, de severos trastornos que requieren atención urgente. ¿Alguien ha leído a Robert D. Hare?

Esta intolerancia extrema revela tres fallas estructurales tanto en los políticos, en su brazo armado, como en sus electores: el sesgo de confirmación, la disonancia cognitiva y el apego inseguro.

Estas tres fallas operan como un engranaje destructivo en la mente del intolerante:

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El sesgo de confirmación actúa como un filtro inicial que los lleva a procesar y aceptar únicamente la información y fuentes que validan sus prejuicios; cuando la realidad contradice de forma innegable ese dogma, se activa la disonancia cognitiva, generando un malestar interno tan insoportable que el individuo prefiere radicalizar su discurso o deshumanizar al otro antes que admitir que está equivocado; finalmente, esta rigidez mental se arraiga en un apego inseguro, donde la falta de una base afectiva y emocional sólida durante su desarrollo lo empuja a buscar desesperadamente certezas absolutas, identidad y refugio en el fanatismo de una masa colectiva, percibiendo cualquier diferencia de opinión como una amenaza existencial directa.

Quienes adolecen de este cuadro clínico no deberían estar facultados para elegir ni ser elegidos; la salud mental debería ser un imperativo ético y pedagógico si queremos mantenernos lejos de los totalitarismos.

Jiddu Krishnamurti dijo: “No se llega a buenos fines por malos medios”.

MANUAL PARA TOTALITARISTAS

Para comprender cómo las sociedades caen en la barbarie, cómo surge el nazismo -por ejemplo-, es fundamental desglosar las herramientas de la psiquiatría social. El primer detonante es el sesgo de confirmación, una tendencia visceral a procesar únicamente la información que respalda nuestras creencias previas, rechazando cualquier evidencia incómoda.

En un entorno polarizado no buscamos la verdad, solo demostrar con unas cadenas argumentativas que nuestra razón es absoluta, es la verdad; una rigidez mental que evalúa la realidad en categorías extremas y opuestas: amigo o enemigo, patriota o traidor, izquierda o derecha. Al eliminar los matices y los grises, se destruye la empatía dando origen al pensamiento dicotómico, fanático y eventualmente al fascismo.

El silogismo de la intolerancia local en Colombia es simple: “el que no piensa como yo es guerrillero o es paramilitar”.

Al codificar al contradictor como una plaga, colapsan los frenos morales y se desata el delirio compartido (folie à plusieurs), síndrome donde un líder mesiánico inocula su propia paranoia en las masas, haciéndolas habitar una realidad paralela, una escisión psicótica de la realidad que se vuelve colectiva.

Cuando este miedo crónico se apodera de las estructuras del Estado, muta en paranoia institucional: las instituciones ya no protegen al ciudadano, sino que se vuelcan a protegerse del ciudadano, catalogándolo como un agente patógeno.

En Colombia, este colapso moral ha legitimado históricamente la crueldad de masacres como las de El Aro, El Naya, La Granja y San José de Apartadó, o de cruentas tomas guerrilleras como las de Bojayá, Mitú, Algeciras y Patascoy.

EL FIN DE LOS ESTADOS TOTALITARIOS

Ningún totalitarismo logra consolidarse de forma definitiva; todos terminan por caer.

Sin embargo, la historia universal de la infamia (Borges) demuestra que la patología del poder se repite cíclicamente bajo distintos rostros que vale la pena diseccionar.

ANTECEDENTES

CASO ALEMANIA: EL DISEÑO DEL DELIRIO

El nacionalsocialismo fue la institucionalización estatal de un trastorno paranoide a gran escala.

Joseph Goebbels diseñó un delirio compartido donde el disidente, el judío y las personas con discapacidad eran catalogados como una “amenaza biológica”. Esta deshumanización, que requirió anular la empatía mediante una propaganda implacable, no es ajena hoy a los colombianos que explotan el resentimiento de una masa agraviada por el Posconflicto.

CASO UNIÓN SOVIÉTICA: LA JUSTIFICACIÓN PSICOPÁTICA DEL GULAG

Bajo el régimen de Stalin el pensamiento dicotómico alcanzó niveles sociopáticos. El mundo se fragmentó rígidamente entre la vanguardia revolucionaria y “los enemigos del pueblo”. Aquellos que mostraban el menor rastro de libre pensamiento eran considerados elementos prescindibles.

La eliminación física del opositor en los campos de trabajo del Gulag se ejecutó con una justificación psicopática: la destrucción del ser humano en aras de una utopía.

CASO ARGENTINA: LA NEUROSIS PARANOIDE DE ESTADO

La geografía del dolor en el Cono Sur nos llegó en la figura tétrica de Jorge Rafael Videla, cuyo régimen encarnó la Doctrina de la Seguridad Nacional como una paranoia institucionalizada. Para la junta militar, la subversión era una infección en la patria. La disonancia entre sus discursos de moral cristiana y la crueldad clandestina dejó un saldo de al menos 30 mil desaparecidos.

CASO CHILE: EL NARCISISMO COLECTIVO QUIRÚRGICO

El trastorno disocial colectivo encontró eco en Augusto Pinochet, donde un rasgo narcisista colectivo y un desprecio por los derechos de los demás adquirido en la infancia o adolescencia y replicado en la adultez, colectivamente institucionalizado, pretendía salvar a la nación extirpando el “cáncer marxista” (igual que en Argentina). Se legitimaron atrocidades transnacionales como la Caravana de la Muerte y el Plan Cóndor mediante la anulación absoluta del pensamiento crítico, dejando miles de víctimas de violaciones a los derechos humanos bajo la ilusión de un “orden quirúrgico”.

CASO CUBA: LA RELIGIÓN CIVIL Y LA CATEGORÍA DE "GUSANO"

La simetría del horror se apareja en el Caribe con el régimen de Fidel Castro. Amparado en un delirio compartido, convirtió la Revolución en una religión civil obligatoria, catalogando al disidente no como un ciudadano con una visión alternativa, sino como un "gusano" despojado de virtudes humanas e indigno de derechos básicos. Esta erradicación de la empatía facilitó el Paredón y los confinamientos forzados de las UMAP.

CASO NICARAGUA: LA CLEPTOCRACIA Y EL MAQUIAVELISMO DINÁSTICO

Desde la dictadura de los Somoza hasta la mutación autoritaria del sandinismo bajo Daniel Ortega y Rosario Murillo, Nicaragua ejemplifica cómo el maquiavelismo y la psicopatía subclínica instrumentalizan el Estado. El erario es tratado como una caja menor y una propiedad privada. El discurso ideológico es solo la máscara narcisista para retener el poder a cualquier costo, destruyendo el entorno civil sin remordimiento. Algunos capos como Leder señalan un narcoestado disfrazado de revolución.

CASO PANAMÁ: EL NARCOESTADO MILITARISTA

Bajo el mando de Manuel Antonio Noriega, el aparato militar se transformó en una empresa criminal asociada al narcotráfico. Su psicopatía subclínica se manifestó en la absoluta indiferencia hacia el bienestar de la población y el uso de milicias civiles armadas para sembrar el terror, demostrando que cuando el poder carece de empatía, el Estado se degrada hasta convertirse en una banda delincuencial. Leder que hoy vota por Cepeda, señala con conocimiento de causa en este caso un narcoestado disfrazado de revolución.

CASO VENEZUELA: EL HELICOIDE Y LA MILICIANIZACIÓN

Mediante la división rígida entre el "pueblo" y los "escuálidos", el régimen justifica la destrucción de las libertades civiles. Centros de detención como El Helicoide y la milicianización de la sociedad civil demuestran cómo el delirio de la persecución externa se utiliza para garantizar la permanencia de una élite cleptocrática en el poder.

El caso colombiano no es distante.

Mientras ningún sector promueva cerrar la brecha económica entre ricos y pobres mediante estrategias reales de ascenso económico y social —más allá de la clientela política y el narcotráfico—, así como la financiación puramente estatal de las campañas como un plebiscito contra la corrupción, los discursos se quedarán en adjetivos y en la descalificación vergonzante del adversario. Como sociedad, parecemos mitigar nuestra falta de sentido individual en la orfandad de un sentido colectivo; la guerra nos otorga temporalmente la identidad que no encontramos en el desarraigo.

Somos un país sin padre, tenemos la simiente de un trastorno oposicionista desafiante según la DIAN en el 51% de la población, y por ello caemos cíclicamente en la búsqueda de padres autoritarios que nos meten en luchas intestinas ajenas: centralistas contra federalistas, liberales contra conservadores, cachiporros contra chulavitas; y hoy izquierda contra derecha.

Cualquier panorama actual es imperfecto e incluso desolador.

En nuestro escenario, existen temores fundados de que las posturas radicales de la derecha nos sumerjan en un totalitarismo de corte militarista; por otro lado, figuras de la izquierda que se muestran más serenas, conciliadoras y demócratas, generan una profunda preocupación debido a sus loas históricas al chavismo y su desinterés en confrontar a las organizaciones criminales que hoy ejercen control territorial sobre más de 200 municipios del país.

Bajo este diagnóstico, deberíamos prohibir legalmente el acceso al poder a los psicópatas diagnosticados.

Ojalá los colombianos, antes de acudir a las urnas, puedan encontrar un espacio de reflexión terapéutica previamente a persistir en el impulso destructivo de “destripar al otro”, llamarlo "escuálido", justificar la milicianización de la sociedad -a izquierda o derecha- con sus barras bravas que deshumanizan al contrario y tienen la convicción de que secuestrar, torturar, constreñir es laudable por el sesgo de confirmación referido. La decisión de sanar la historia está en ustedes.

Disiento de CEMCOL, organización a la que he pertenecido, en apoyar al candidato De la Espriella. Si tengo que salir de ella por mi opinión política, elevo desde ya desde esta tribuna mi dimisión formal. Mi voto no es un voto de oportunidad ni pondrá en riesgo el país. ¿Y el suyo?

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Del mismo autor: Anatomía cabalística de los candidatos presidenciales

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Por Andrés Óliver Ucrós y Licht

Autor y editor de libros de psicología e historia. Profesor universitario. Judío fundador de Sefiroth Ain Sof, empresa de investigaciones genealógicas