Las primeras actuaciones de Abelardo como presidente ponen de presente no sólo su catadura intelectual y moral, sino su abyección a los Estados Unidos e Israel

 - Colombia pasa a avalar la barbarie internacional

Respecto al cerco implacable de los Estados Unidos contra Cuba, el cual, tal y como lo reseña la prensa internacional, no tienen antecedentes comparables, el secretario de Estado de ese país, Marcos Rubio, señaló la semana anterior, en entrevista con Axios: “Lo que intentamos enseñarles es que no hay escapatoria…cada vez que crean un nuevo mecanismo para intentar escapar de la soga, simplemente se lo cerramos”.

Se refería Rubio a la expedición de las nuevas medidas de apertura económica adoptadas por las autoridades cubanas, con el fin de enfrentar la crisis ocasionada por la gravísima acentuación del bloqueo. Desde hace más de sesenta años, los gobiernos de los Estados Unidos y de quienes les hacen coro en el continente, han sostenido que el tal bloqueo no existe y que todo obedece al mal gobierno de la isla. 

El propio Rubio se encarga de ratificar lo denunciado durante décadas, con notoria sevicia, como queda patente con sus palabras cargadas de odio. Se trata de once millones de seres humanos que no cuentan con ningún tipo de combustibles, ni con energía eléctrica para las actividades más elementales, además de carecer de suficientes recursos para alimentarse. Sin energía no hay tampoco la necesaria atención médica en sus hospitales. 

Una perversidad declarada sin pudor. Una isla gigante sitiada por completo, a la espera de que sus habitantes se rindan por cuenta del hambre y la necesidad. Una violación de todos los principios y reglas del derecho internacional en todas sus variantes, cumplida con descaro a la vista de todo el planeta. Rubio se ufana de que en los dos años y medio que le restan a la actual administración, impedirán cualquier tipo de apoyo a la isla.

Una situación comparable con la que se cumple actualmente en el medio oriente, contra las poblaciones de Palestina y Líbano. Las investigaciones de la Corte de la Haya por genocidio contra el estado de Israel, y las órdenes de captura expedidas por la Corte Penal Internacional contra Netanyahu y sus ministros sionistas, responsables de semejante tragedia humanitaria, se estrellan contra el cerrado apoyo de los Estados Unidos.

Las explicaciones para esto se centran en la poderosa influencia que ejercen sobre el gobierno norteamericano dos lobbies acreditados oficialmente ante el Congreso de los Estados Unidos. El de los llamados cristianos evangélicos, verdaderos fanáticos de los textos bíblicos antiguos, que se consideran a su vez el pueblo elegido por Dios para dominar el mundo, y el lobby israelí, AIPAC, que aportan juntos millones de dólares para las campañas políticas en ese país. 

Cada gobierno y la mayoría de los congresistas de los Estados Unidos se encuentran atados a esas presiones, que pueden hacer añicos la carrera política de cualquiera de ellos. Eso explica que demócratas y republicanos, indistintamente de sus diferencias públicas, actúen como un solo actor con relación al inamovible apoyo a Israel. Las armas, las bombas y los recursos económicos con los que Israel arrasa a Gaza y El Líbano provienen de los Estados Unidos.

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Caso patente el de los altos del Golán, en Siria, territorio ocupado por Israel arbitrariamente en 1967 y luego anexionado de facto en 1981, mediante una ley expedida por ellos mismos, a lo que la inmensa mayoría de la comunidad internacional se opuso abiertamente, como consta en la resolución 497 del Consejo de Seguridad de la ONU, que declaró tal disposición como nula y sin el menor efecto internacional. Sólo los Estados Unidos apoyaban a Israel.

Se trata del mismo país que el 3 de enero del presente año, bombardeó a Venezuela, secuestró a su presidente y a su esposa, para luego someter sin la más mínima oposición al gobierno encargado. En estos días, el presidente norteamericano Donald Trump afirmó que, como vencedor en la breve guerra de 48 minutos contra Venezuela, tenía todo el derecho a tomarse el botín, las mayores reservas petroleras del mundo. Un robo descarado.

Al estilo antiguo, dijo, tal y como suele predicar uno de sus principales asesores, Stephen Miller, para quien la fuerza bruta es la única razón que cuenta a la hora de imponerse sobre otros pueblos. Durante su primera administración, Donald Trump reconoció a Jerusalén como capital de Israel, pese a la oposición absolutamente mayoritaria de la comunidad internacional. Solo un puñado de países sujetos a Washington reconoce esa ciudad como capital israelí.

Las primeras actuaciones de Abelardo como presidente colombiano ponen de presente no sólo su catadura intelectual y moral, sino su abyección a los Estados Unidos e Israel. Entre otras, decidió retirar la embajada de Cuba, para congraciarse con Marcos Rubio. Restableció las relaciones con el régimen genocida israelí, al que públicamente da la razón, reconociendo a Jerusalén como su capital. Además, definió como israelíes los altos del Golán. 

Con razón el terremoto, otra ocasión de Abelardo para exhibir su megalomanía.

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Por Gabriel Ángel

Bogotano, bachiller de San Bartolomé y abogado de la Universidad Nacional. Militante de la Unión Patriótica, tras graves amenazas de muerte, decidió unirse a las Farc en 1987. Miembro de la Comisión Temática adjunta a la Mesa de Diálogos en el Caguán, asesor político del Bloque Oriental, participó al lado de Timoleón Jiménez en las negociaciones de paz que culminaron con la firma del Acuerdo Definitivo en noviembre de 2016. Autor de la novela “A quemarropa” (2014) y el libro de cuentos “La luna del forense”. Columnista de opinión en el portal de las Farc, en su espacio llamado “La pluma de Gabriel Ángel”.