Enorme pobreza la de la política colombiana, permanece atrapada en una permanente pendencia. Peligroso escenario donde cada dirigente solo busca derrotar a un adversario y muy poco en resolver problemas reales del país. Verdaderos politicastros sin mentalidad de estadistas.
Fenomenológicamente pareciera que cada político llevara en su corazón un pendenciero en búsqueda de contrincantes. Lo transporta quizás la certeza de que el mejor camorrista termina convertido en líder para satisfacer sus delirios de autócrata.
Lamentable dinámica explica en buena medida la proliferación del caudillatos en Colombia. Uribe, Petro, Abelardo… representan expresiones de esa misma decadencia política: el elogio al liderazgo personal en detrimento de las instituciones. Sus discursos se sitúan en extremos ideológicos diferentes, pero sus ejercicios gubernamentales revelan más similitudes que diferencias.
Petro defiende un Estado fuerte para distribuir con mayor equidad los ingresos estatales y reducir desigualdades sociales; sin embargo, durante su mandato fortaleció más su imagen de caudillo concentrando buena parte del debate político alrededor de su figura.
Por su parte, Abelardo promueve el Estado neoliberal: reducido, mayor confianza en las iniciativas privadas y las leyes del mercado; no obstante, sus primeras actuaciones públicas reflejan un liderazgo personalista, brilla más el ególatra en detrimento de las instituciones democráticas.
En ninguno de los dos asoma el estadista, en ambos salta el pendenciero. Gastan más energías en la confrontación y menos en la construcción de consensos. Privilegian los insustanciales "dimes y diretes", para ahondar más la polarización. Persisten en dividen a los colombianos entre pobres y ricos, derecha e izquierda, patriotas y terroristas, hasta fracturar los afectos entre amigos y entre familiares con inútiles resentimientos.
Abelardo acusa al comunismo, al progresismo, a las izquierdas, a las guerrillas, a las ideologías de género, de buena parte de las debacles sociales del país; Petro, al fascismo, a la traición de algunos miembros de su gobierno, a los políticos tradicionales, al sector privado, a los medios de comunicación. Ambos recurren al señalamiento del otro, estrategia politiquera para fortalecer su liderazgo personal y apuntalar lealtad de su feligresía. Confrontaciones que ocultan una realidad más vergonzosa: la mediocridad para construir un proyecto nacional e incluyentes.
Y mientras estos liderazgos ocupen el centro político y sus seguidores discutan febrilmente por la mejor opción, los caudillatos serán los peores enemigos de la democracia colombiana. El sólido Estado conservador seguirá su marcha privilegiando a los privilegiados y repartiendo mendrugos para el resto.
Solo si los colombianos se formularan una pregunta distinta: ¿cómo superar los liderazgos personalistas?, visualizarían el surgimiento de estadistas. Políticos capaces de fortalecer la Constitución, la autonomía de entidades públicas, gobiernos con las instituciones, sin exigir culto a la personalidad.
Políticos aptos para moderar el lenguaje aún en tiempos de crisis, disminuir tensiones sociales en lugar de exacerbarlas. Para comprender la complejidad legítima de una sociedad diversa, con intereses contrapuestos, y la armonizarían mediante el diálogo democrático, nunca con exclusión y violencia.
Políticos con visión de larga visión y profundidad humana, capaces de
Intuir que todo colombiano tiene un cuerpo para ser feliz en la tierra y un alma para volar más allá de lo visible.
Si los colombianos dejaran de idolatrar, el caudillato perdería prestigio, desaparecerían los caudillos criollos. Colombia superaría la época del orangután, la de la fuerza bruta en vez de la racional. Psicología estudiada científicamente por Frans de Waals en su texto, El mono que llevamos por dentro. Allí describe el poder del macho alfa hasta cuando es desplazado por otro macho alfa, más poderoso y más joven. Cualquier parecido con la realidad actual, diría yo, no es pura coincidencia, es la certeza de que no hemos superado la época del orangután.
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