Es mi última columna siendo presidente Gustavo Petro. Escribí también cada semana durante la presidencia de Iván Duque. El tiempo y los acontecimientos corren sin pausa, siempre cambiantes y sorprendentes. Pasamos del gobierno del Centro Democrático, al de la coalición del Pacto Histórico. Ahora llega otra fuerza, Defensores de la Patria, recién reconocida como partido político. Su solo nombre enciende las alarmas.
En 2018 llegó al poder un partido enemigo del Acuerdo de Paz de 2016. Uno de sus congresistas estrella lo había calificado, en sesión formal del Senado de la República, como maldito papel al que había que hacer trizas. Sería, al parecer, el principal propósito del gobierno entrante. No fue tanto. Se esforzaron por impedir, o al menos retrasar al máximo, la operación de la JEP. Y se inventaron la paz con legalidad.
Una política que, a regañadientes, aceptaba que no se podía echar abajo el Acuerdo, pero que intentaba ralentizar su cumplimiento. Algunas cosas podrían aplicarse después de todo, por ejemplo, llevar desarrollo económico a los municipios más abandonados y afectados por el conflicto. Sin decir que se trataba de políticas derivados del Acuerdo, sino de planes desprendidos de la preocupación social del nuevo gobierno.
Se terminó por crear una estructura institucional propicia para la implementación, con un alto consejero que tenía jerarquía suficiente para mover los resortes de oficinas y ministerios relacionados con el tema. Sus buenos propósitos terminaron estrellados contra el escándalo de los OCAD Paz, por lo menos tres billones de pesos mal habidos, que se escamotearon de las obras públicas a ejecutar.
Por cierto, en estos días, la Fiscalía General de la Nación, por fin, allanó la residencia del por entonces alcalde del municipio de la Paz, Cesar, Martín Zuleta, uno de los brillantes cerebros del descarado saqueo que involucró numerosos municipios y entidades a escala nacional. En su pueblo, la gente se preguntaba cómo un modesto ciudadano podía haber llegado a la alcaldía y salir de ella multimillonario, sin que nadie investigara.
Siempre se ha dicho que la justicia cojea, pero llega. Faltará ver cómo terminan los procesos penales y hasta qué nivel alcanzan. El presidente Duque acabó siendo caricaturizado y estigmatizado por muchísima gente en Colombia, aunque, hay que reconocerlo, siempre se comportó como un hombre decente y de buenas maneras, lo cual es mucho decir frente a lo que nos espera. Para el recuerdo, la pandemia y el estallido social que le tocaron en suerte.
Esto debió influir para que por primera vez en la historia nacional llegaran a la presidencia un hombre y un sector político que jamás habían alcanzado semejante posición. Un adversario formidable de los poderes tradicionales, a la cabeza de un amplio movimiento de izquierda, al que se terminaron por sumar sectores del centro político. Una mayoría considerable de colombianos se sintió recompensada tras más de un siglo de espera.
Eran tantos los clamores y las esperanzas represadas. Petro había sido un hombre sin pelos en la lengua, cuando se trataba de denunciar las actividades criminales de la derecha ligada al paramilitarismo. Incluso contra la corrupción, como quedó demostrado cuando Samuel Moreno, alcalde de Bogotá apoyado por él, resultó envuelto en diversos delitos. Un excelente parlamentario, sin duda, al estilo de los grandes, como Laureano o Gaitán.
Lo que parece no le sirvió mucho a la hora de administrar. El presidente de la república es la cabeza de la rama ejecutiva del poder, que puede hacer los discursos y las denuncias más impactantes, pero del que se esperan, fundamentalmente, ejecuciones, realizaciones, obras y hechos concretos. Petro nunca dejó de sentirse el senador de los grandes debates, lo que lo condujo a enzarzarse en permanentes disputas.
Con notable petulancia, que así fuera contra sus oponentes políticos, no dejaba de decepcionar a muchos. Campesinos, indígenas y comunidades negras gozaron de reconocimiento, así como la gente pobre de las ciudades. Pero, finalmente, no vieron que su situación cambiara de modo importante. Hubo algunas reformas a destacar, mientras otras se hundieron. Como consuelo, habrá que pensar que no lo dejaron hacer.
De lo se agarró Abelardo, alegando que no fue que no lo dejaron, sino que no fue capaz. El Pacto Histórico no tuvo cómo ganar más votos, pese a su enorme avance, porque su obra final de gobierno era discutible, no bastaba por sí sola para ser premiada con la continuación. Tal vez le faltaron cinco centavitos para el peso. Pero hubo falencias. El desmonte de la arquitectura institucional del Acuerdo, la Paz Total, la percepción de inseguridad.
Si bien esta avanza, Colombia no es un país de izquierda, sino que aspira a serlo. Algo que el nuevo gobierno, bendecido por Trump, se empeñará en impedir, con la biblia en una mano y el fusil en la otra. No la tendrá fácil, la oposición será grande y férrea. Júrenlo.
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