Champeta para curar el alma

Elvis Ortega, un joven cartagenero, le saca el quite a la desforestación y la violencia con su música y su campaña de sembrar semillas

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octubre 08, 2015
Champeta para curar el alma
Foto: archivo fucsia.co

Las manos callosas y gastadas de su abuelo tensaban la cuerda. La balsa se movía de un lado a otro y Elvis, a pesar de sus cinco años, no tenía miedo de que se hundiera. Con el viejo se habían internado en el mar, bien arriba de Puerto Rey, bien lejos de la Ciénaga de la Virgen, el lugar donde había nacido. Soportaron tormentas, rayos que salían del cielo, peces inmensos y amenazantes que podían devorar, en tres dentelladas, la embarcación. A lo único que le tenía miedo el viejo y su nieto era al hambre. Por eso, cuando la cuerda cedió y se transformó en una red que salía del mar repleta de peces, Elvis aplaudió: esa semana habría comida en la casa de los Ortega.

Cuando el mar se ponía avaro con los peces, a Elvis le tocaba salir en la noche con sus primos a robar melones, patillas y arroz. A veces, cuando las gallinas vecinas se descuidaban, entraban a las granjas a robar huevos. Y aunque comían y burlaban el hambre, nada era más placentero para ellos que comer pescado.

Elvis estaba en noveno y era largo y fuerte. En una exposición grupal descubrió su verdadera vocación: era bueno para bailar y cantar champeta. A sus veinte años ha compuesto varias melodías que tienen como tema central lo que más le obsesiona en este momento: combatir la desforestación que azota a las regiones aledañas a la Cienaga de la Virgen, su tierra, llenarla de semillas, de árboles nuevos que eviten las sequías, las inundaciones, la muerte de los peces. Por cada árbol que se siembre se hace más lejano el día en que las familias de la zona tengan que irse a otro lugar a buscar el alimento.

Si, aunque disfruta de la música de Mister Black y Kevin Flores, él ha asumido la champeta como el vehículo para reafianzar su identidad cultural y por medio de sus letras denuncia la aberrante desigualdad en la que se encuentra Cartagena, el abandono en el que se encuentran barrios representativos de las negritudes como Mandela o el Pozón. En las tardes en las que no oficia como champetero, Elvis se remanga la camisa y ayuda el mismo a sembrar nuevos árboles, nueva vida.

Su voluntad de cambio se cristalizó aún más cuando formó la Corporación Semilleros, grupo que llamó la atención de Mi sangre. Desde entonces sabe que su iniciativa no será jamás un emebeleco pasajero. Él ya sabe que los peces, que sacaba del mar con su abuelo, se multiplicarán y le darán el sustento a los pescadores y a todos los cartageneros.

Y el día que Semilleros ande solo, ahí si se lanzara de lleno a la aventura de crear champetas.

 

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