La más reciente medición de Invamer (26.04.2026), a pocas semanas de la primera vuelta, muestra algo que incomoda y preocupa a muchos: Iván Cepeda no solo lidera, sino que crece. Pasó de 37,1 % en febrero a 44,3 % en abril en intención de voto en primera vuelta. Hoy supera la suma de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, y en segunda vuelta les gana a todos.
Durante meses se dijo que tenía techo. Que no pasaría del 40 %. Que no le alcanzaría. "Cepeda parece estar encontrando un techo entre el 35 % y el 40 %, y superar ese nivel hacia una mayoría absoluta luce bastante difícil. En ese contexto, su victoria se ve poco probable", dijo el senador electo Rafael Nieto Loaiza en La Hora de la Verdad, el pasado de 21 de abril (minuto 42:15).
Sin embargo, el dato es tozudo.
Ahora bien, las contradicciones de la encuesta abundan. En la misma, Nayib Bukele tiene una imagen favorable del 55 % en Colombia. El país sigue profundamente preocupado por el orden público, cuyo deterioro va de la mano de la Paz Total. La mayoría cree que vamos por mal camino. En teoría, tales percepciones deberían favorecer opciones de mano dura.
Y, sin embargo, no parece ocurrir.
Tal vez porque estamos mirando a Colombia con lentes viejos.
El “centro”, ese gran mito de la política colombiana, hoy es apenas el 18 %. La izquierda crece. La derecha se mantiene. El espacio intermedio se estrecha. En tal contexto, no sorprende que Claudia López y Sergio Fajardo sumen poco más del 6 % de la intención.
Y valga decirlo sin ambigüedades: Fajardo representa lo mejor de una política seria —educación, transparencia, gestión pública limpia—. Fue un excelente alcalde y un gobernador ejemplar. Pero hoy esas virtudes, dolorosamente, parecen no estar en el centro de la conversación electoral. Lo cual no las hace menos necesarias. Por el contrario: obliga a insistir en ellas con más convicción, aunque el momento político parezca ir en otra dirección. (Votar por quien uno considera el mejor es un imperativo).
Abelardo de la Espriella ha capturado con claridad un nicho de derecha dura. Pero no crece. Su techo parece definido.
Y Paloma Valencia enfrenta una disyuntiva estratégica de fondo. Si decide plegarse a la derecha tradicional, a la lógica de Álvaro Uribe Vélez —incluso sugiriéndolo como eventual ministro de Defensa—, probablemente consolidará un electorado… pero no lo ampliará.
Ahí no está el crecimiento.
Si Paloma quiere disputar en serio, tendrá que hacer algo más difícil: revaluar. Salir de su zona ideológica de confort. Construir puentes hacia un centro que hoy es, en apariencia, pequeño pero que puede ser decisivo si logra sentirse interpretado. Debe darle juego a Oviedo.
Porque esta elección no se va a definir solo por identidades políticas. Se va a definir por quién entienda mejor el estado emocional del país.
Y volvemos al punto de partida:
Si el país está inconforme, si la seguridad preocupa, si la corrupción, esa terrible a la que alude Angie Rodríguez, aquí y ahora, indigna, ¿por qué sube Cepeda?
Tal vez porque no estamos ante un voto de aprobación o rechazo simple. Quizás estamos ante un voto de sentido. De dirección. De relato.
No es que Cepeda esté subiendo.
Es que el mapa cambió… y seguimos usando cartografía caduca.
Del mismo autor: María Corina Machado: la causa justa y el aliado equivocado
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