María Corina Machado habló en Madrid con autoridad. No es una líder improvisada ni una figura de coyuntura. Su legitimidad se ha construido enfrentando un régimen que ha perseguido, inhabilitado y asesinado adversarios, amén de haber robado elecciones. Ha resistido donde muchos se quebraron. Por eso cuesta entender y aceptar su postura de adulación a Trump.
Sería absurdo no reconocerlo: María Corina encarna hoy, para millones de venezolanos, una esperanza real de cambio. Por ahora…
Cuando afirma que la única garantía de estabilidad y paz en Venezuela son elecciones libres y limpias, no está haciendo retórica: está señalando la única salida posible.
Hasta ahí, su discurso es irreprochable.
Pero en Madrid también quedó expuesta una grave contradicción, inocultable.
La entrega simbólica de su medalla del Premio Nobel de Paz a Donald Trump, en enero pasado, no fue un gesto anecdótico. Fue una señal política inequívoca. Desde entonces, Machado ha construido una narrativa de respaldo que roza la devoción hacia un líder que, lejos de representar valores democráticos, los debilita abiertamente, sin vergüenza alguna.
Y lo más desconcertante es que María Corina insista en esa línea a pesar de los hechos. Para el momento de su rueda de prensa, el pasado 18 de abril, ya habían ocurrido varios notables: la derrota de Orbán en Hungría, el ataque al Papa León XIV y la amenaza de destruir la civilización iraní. Cualquiera de ellos suficiente para morigerar sus elogios al bárbaro que, de forma acelerada, pierde apoyo en casa.
En la rueda de prensa en Madrid, el periodista colombiano Juan Carlos Iragorri (minuto 38) formuló la pregunta que desnudó el problema: si el régimen sigue intacto en sus figuras centrales —y si el propio Trump elogia a Delcy Rodríguez—, ¿no será que se está vendiendo como transición lo que en realidad es una reconfiguración del mismo poder chavista?
La respuesta de Machado confirmó la duda.
Reconoció que las “figuras nefastas” siguen allí. Que el régimen no ha desaparecido. Y aun así pidió confiar en que ese mismo entramado está siendo desmontado.
Su discurso pierde consistencia. Una lástima.
Porque una cosa es hacer política en condiciones adversas. Otra muy distinta es hipotecar la coherencia moral de una causa democrática en una alianza con un liderazgo que no cree en las reglas democráticas.
Trump no es solo un aliado incómodo. No cree en los contrapesos. No respeta los límites institucionales. Coquetea a diario con el autoritarismo. Persigue a sus adversarios. Para completar la paradoja, elogia a figuras del mismo régimen que Machado denuncia.
El absurdo de una lucha por la democracia sostenida por un liderazgo que no representa la democracia ha puesto a Machado en una perspectiva imposible: que la causa venezolana termine perdiendo la autoridad moral al asociarse con un poder que la contradice en esencia.
Sin autoridad moral, la victoria política se vacía. Venezuela no solo necesita salir de un régimen. Necesita no parecerse a él.
¿Puede una causa justa sobrevivir cuando empieza a parecerse, en sus alianzas, a aquello que combate?
María Corina Machado está cometiendo un error grave en su estrategia, que puede costarle su coherencia, base de la legitimidad que ha construido con enorme esfuerzo y valor.
Del mismo autor: Con la caída de Orbán, la derecha iliberal pierde su aura
X: @rafaordm
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