Cali está en la frontera de la guerra librada en el norte del Cauca y en el sur del Valle. Poblaciones víctimas de los terroristas están a menos de una hora de ella

Smiling man in a blazer sits beside a professional video camera on a tripod in an office setting. - Cali, la sucursal del infierno

El título parece duro, pero refleja la dramática realidad que vive la tercera ciudad del país. Es que ninguna de las grandes capitales de Colombia tiene la guerra tan cerca como Cali. Y ninguna ha padecido las consecuencias de la nefasta Paz Total de Gustavo Petro como esta ciudad.

En los últimos dos años Cali ha sido víctima de ocho ataques terroristas. El más grave ocurrió en agosto del año anterior en inmediaciones de la Escuela Militar de Aviación y dejó un saldo de 7 muertos y más de 70 heridos.

El atentado más reciente, ocurrido el viernes pasado, iba dirigido contra la sede de la Tercera Brigada, ubicada al sur de la ciudad. De milagro en esta ocasión no hubo víctimas mortales porque la calle 80, donde fue dejada la buseta que contenía los explosivos, es una vía muy circulada y la zona es densamente habitada.

No se requiere ser un gran investigador para establecer qué banda está detrás de este ataque: las disidencias de Iván Mordisco, que hace rato le están metiendo el diente a esta ciudad.

Para que en el resto del país entiendan porque Cali está en la mira de los terroristas hay que decir que la ciudad está en la frontera de la guerra que se vive en el norte del Cauca y en el sur del Valle.

Varias de las poblaciones de la región que son frecuentemente víctimas de los terroristas están localizadas a menos de una hora de la capital del Valle. Caloto está a 40 minutos, Suarez a una hora, Santander de Quilichao a media. Y Jamundí, una de las localidades más afectadas por la embestida de las disidencias de Mordisco, queda a tan solo 17 kilómetros. ¡Más cerca de lo que está Chía de Bogotá!

La zona montañosa de Jamundí conecta con la zona del Naya, donde hay sembradas más de 10 mil hectáreas de coca. Además, el Naya es un corredor estratégico para llegar al Océano Pacífico, por donde se saca coca buena parte de la cocaína que se produce en el suroccidente colombiano.

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Aparte de ser objeto recurrente de atentados terroristas, Cali tiene uno de los índices de homicidios más altos de Colombia: alrededor de mil personas son asesinadas en esta ciudad cada año.

Esa violencia también está relacionada con la ubicación geográfica de la ciudad. Como me dijo un analista en seguridad:

“En Nariño y Cauca se cultiva la coca y se produce la cocaína y en Cali se hacen los negocios y se cobran las deudas”

La mayoría de las muertes que ocurren en la capital del Valle son producto o de guerras entre bandas de narcotraficantes o son ajustes de cuentas.

Mejor dicho, una de las grandes bendiciones de Cali, su ubicación estratégica, a dos horas del océano Pacífico, a hora y media de Popayán y a dos horas y media de Armenia, se ha convertido en una maldición.

Porque además la ciudad se ha tugurizado debido a los miles de personas que llegan del Pacífico cada año huyéndole a la violencia. Cali es una de las ciudades en Colombia que más asentamientos informales tiene (193), y en los últimos 8 años crecieron en un 60 %

Por supuesto, estos son problemas que desbordan a las autoridades locales y regionales. Y que solo se pueden resolver con la ayuda del Estado central.

Pero el actual gobierno, a pesar de que este es uno de los departamentos del país donde más votos obtuvo Gustavo Petro en el 2022, lejos de ayudar, es el directo responsable de la muy delicada situación que viven el norte del Cauca, el sur del Valle y Cali.

Como ocurrió en muchas zonas del país, la fracasada paz total de Petro, solo sirvió para que las disidencias de las Farc se fortalecieran y aumentaran su presencia de forma exponencial en la región.

Pero, además, como el gobierno decidió adoptar la sustitución voluntaria como única vía para erradicar los cultivos de coca, esos sembrados también se multiplicaron porque la mayoría de los cultivadores de coca ni quieren ni pueden reemplazarlos.

En resumen, el norte del Cauca y el sur del Valle están plagados de narcocultivos, más de 25.000 hectáreas están sembradas con ellos, y los terroristas que se lucran de ellos están ricos y envalentonados. Mientras tanto, a la fuerza pública se le ha recortado dramáticamente el presupuesto y la capacidad operativa.

Ese es el panorama que está viviendo el suroccidente colombiano y su capital natural que es Cali: un verdadero infierno creado por Gustavo Petro y gobernado por Iván Mordisco.

Esta es otra de las herencias que le deja Petro al próximo presidente que tendrá que hacer verdaderos milagros para sacar a Cali del infierno en que la sumió la miopía y la desidia del actual gobierno.

Del mismo autor: ¿Puede resultar peor Cepeda que Petro?

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Por Diego Martínez Lloreda

Nací en Bogotá y estudié comunicación social en la Universidad Javeriana. En marzo de este año completé 29 años de trabajo en El País y 39 de ejercicio profesional. En El País fui Editor de Cali, Director de Proyectos Especiales, Asistente de la Dirección, Jefe de Redacción, Director de la oficina de El País Bogotá, Editor General, Director de Información y Director General. En El País escribí los editoriales de los domingos y una columna semanal que se llamaba el Martillo. Dirigí y presenté el programa semanal Al Banquillo con Martillo. Durante siete años mi columna Martillo fue la más leída por los líderes de opinión del Valle del Cauca, según la encuesta de Cifras y Conceptos. Durante cinco años presenté y coordiné el programa la Hora del Martillo por Telepacífico y fui fundador del programa radial Oye Cali. Dirigí el equipo ganador del premio Simón Bolívar a mejor cubrimiento informativo en el 2008 y en el 2011 gané el premio al mejor periodista del año. En 2018 fui galardonado con el Premio Gabo al editor Ejemplar y en 2019 obtuve el premio Alfonso Bonilla Aragón, a la mejor columna periodística.