Es importante que por fin la fórmula de la democracia en Colombia ponga sobre la mesa un debate de izquierda a derecha sin candidatos muertos. Es lamentable, sin embargo, que no haya debate, que el programa de Cepeda sea solo uno: continuar el gobierno de Petro con las mismas fórmulas; y el de de la Espriella sea tan solo otro: estar en contra de lo que plantea Cepeda.
Desde el momento en el que las campañas las hacen los publicistas y los improvisados consejeros, los liderazgos, las propuestas, los debates y, peor que eso, la ciudadanía electora, desaparecieron. Las campañas se producen desde celulares y los candidatos semejan actores de una performance sin alma ni cuerpo.
Sí hay muertos, sí hay miedo, sí hay terror
Pero la realidad es otra, sí hay muertos, sí hay miedo, sí hay terror. La periferia de Colombia, los departamentos que dan al mar o limitan con otros países (salvo un par de ellos) están sumidos en la violencia más profunda de la que haya registro.
Lista en mano, con la planilla de las cédulas de cada población, todos los grupos criminales, grupos execrables de asesinos, traficantes y secuestradores, advierten que de registrarse un solo voto en contra del candidato que ellos dicen habrá retaliaciones, y las retaliaciones, ya se sabe, se mueven entre todas las formas de la sangre y la degradación. También se sabe con quién están estas bandas criminales y por qué.
Que a días de elecciones no haya sido posible concretar un debate público de los contendientes con mayores opciones, e incluso los de menores, para que hablen de cosas como estas, resulta cuando menos insólito. Se sabe que la recomendación es no hablar, no decir, no herir, prácticamente no existir; simplemente autoproclamarse de izquierda o derecha, pues cada aparición puede revelar que alguno no conoce las cifras, o dice una incorrección woke, se le sale lo misógino, lo racista, o lo violento.
Debatir públicamente, entonces, puede resultar costoso en una elección en la que unos 21 millones de votos estarán cabeza a cabeza entre tres de los participantes (Paloma, de la Espriella y Cepeda). Los demás, se ve, no tienen opción.
Es de celebrar, pues, que izquierda y derecha, pasando un día ojalá por el centro más coherente, puedan habitar la posibilidad de la elección en Colombia, aunque es lamentable que no se debatan propuestas.
Y simplemente es de luto que medio país esté sumido en la violencia más descarnada. Que un tal Calarcá, un tal chiquito malo, un tal mordisco decidan allí por quién votar.
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