Camila Cienfuegos: la cara de las Farc frente a la prensa internacional

Llegó a La Habana con Pablo Catatumbo su compañera en el Bloque occidental pero cogió vuelo con la misma fuerza con la que entró a las Farc a los 13 años

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Diciembre 20, 2015
Camila Cienfuegos: la cara de las Farc frente a la prensa internacional

Al principio la rechazaron una y otra vez. El reglamento que manejaba la guerrilla era bastante claro y por más que pataleara no se iba a modificar: ningún combatiente podía tomar un arma si no tenía 15 años. Pero Camila era terca e insistió. Hija de campesinos pertenecientes al Partido Comunista, sobrina de un comandante de las Farc, la niña creció en Santa Lucia, al norte de Tulua escuchando los vejámenes que el grupo Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia  y un sector del ejército cometían contra su familia: una prima menor fue desaparecida, tres tíos  fueron exiliados y perdieron sus tierras. Las referencias con las que creció fueron las de comandantes guerrilleros como Victor Saavedra que eran reconocidos por la gente en las veredas de la cordillera occidental, tanto que Camila y muchos niños más lo lloraron cuando supieron que se había lanzado a un abismo desde una camioneta para no ser capturado por el ejército.

Su papá quería sacarla de ese escenario de guerra y es por eso que, cuando cumplió los ocho años, la mandaron a vivir a Cali con su padrino Jorge, un médico que decidió cuidarla. La metieron a estudiar en un colegio de monjas a donde terminó la primaria a pesar de su carácter contestario y un ateísmo que le brotó desde que nació.  Su primer contacto con organizaciones de izquierda ocurrió a los once años cuando, en un intercolegiado, conoció a unos muchachos de la Juco.  Era la más joven del combo pero también la más activa: a los doce estuvo en el frente de una manifestación que nació en la entrada de la Universidad del Valle y que fue reprimida a punta de gases lacrimógenos y agua por la fuerza pública. Al ver como entre tres policías apaleaban a un solo estudiante, Camila, llena de rabia, decidió irse para el monte.

Convencida de su camino guerrillero  no escuchó la reprimenda de su tío que le insistía en regresar a su casa. Camila siguió adelante y pidió hablar  con Daniel Aldana, el comandante del frente de las Farc quien  seria su superior. El guerrillero la recibió con un regalo: la novela Así se templó el acero del escritor soviético Nikolái Alekséievich Ostrovski que trataba sobre su experiencia en el ejército bolchevique. Era temeriaria. No le asustaba la amenaza de bombardeos ni las  extenuantes caminatas nocturnas de campamento en campamento y menos los ruidos de la selva.

Lo que nunca calculó fue lo que se convertiría en su única pesadilla: la posibilidad de caer en manos del ejército. Y ocurrió donde menos se lo esperaba: en una calle de Bogotá. Fue en el 2003 cuando se desplazaba por el barrio La Candelaria con una  tarea específica: realizar un atentado en un punto neurálgico en la capital como respuesta a la seguridad democrática que arrancaba con toda su fuerza.  Dos hombres vestidos de civil se le atravesaron y la metieron a la brava en una camioneta blanca de vidrios polarizados. Le dieron un golpe en la cabeza para que dejara de gritar. Cuando se despertó estaba desnuda, amarrada de pies y manos a una camilla.  Durante una semana le quemaron el cuerpo con cigarrillos, con dos tenazas le electrocutaron los genitales, la escupieron, la insultaron y la violaron tantas veces que ella perdió la cuenta.

Sus torturadores no pudieron sacarle una palabra. Cansados de golpearla la abandonaron con los ojos vendados, en un lote en Suba. Nunca supo quiénes la habían torturado y violado. Regresó maltrecha al monte a formar parte del esquema de seguridad del comandante del Bloque Occidental, Pablo Catatumbo en la zona de Andalucia, su pueblo, en lo alto de la cordillera.  Formaron pareja y con él llegó, diez años después, a La Habana.  Camila Cienfuegos cumplió ya su primer año como responsable de atender a los  medios internacionales en La Habana. Tiene la llave para lograr que el discurso de la organización a la que ha pertenecido 22 años trascienda fronteras.

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