Opinión

¡Calgary: we have a problem!

“Mientras recordaba a Mr. Bean, seguí a mi ángel hasta la puerta del ascensor, entonces, atiné a parafrasear lo que pronunció el astronauta del Apolo 13: ´¡Calgary, we have a problem!´”

Por:
julio 25, 2019
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¡Calgary: we have a problem!
"Gracias a que el sol se oculta pasadas las diez de la noche, cuando llegué pude apreciar el orden, la limpieza de esta pequeña y bella ciudad". Foto: Rafael Colón

Vine a Canadá por afectos familiares; emprendiendo una aventura de 1.500 kilómetros entre las Montañas Rocosas; un sistema montañoso que abarca las provincias de la Columbia Británica y Alberta, al noroeste del segundo país más extenso del mundo.

Durante entretenido recorrido, observamos osos negros, pardos y un oso grizzly, oseznos, antílopes, alces y venados, cabras de montaña, castores, patos y aves; ellos, -y ellas, para no desentonar con la ideología de género-, tranquilos, tranquilas, disfrutan de su hábitat: mamíferos, carnívoros y herbívoros, ven la gente pasar, con mirada circunspecta; comen hierbas y hojas del verano, permanecen apacibles sobre tapetes verdes y de agua transparente; pueden cambiar su pasiva actitud, mostrando los dientes, si algún ser humano se acerca a perturbar su paz.

Cuando terminamos la travesía por las Montañas Rocosas, me atrapó el pánico: entrando la noche, llegamos a la ciudad de Calgary; y gracias a que el sol se oculta pasadas las diez de la noche, pude apreciar el orden, la limpieza de esta pequeña y bella ciudad, orgullo de los canadienses, porque cada año aparece ranqueada entres las más limpias del planeta.

Calgary es una de las ciudades más limpias del planeta. Foto: Rafael Colón 

Temprano, partió mi hijo a su trabajo y mi esposa me pidió bajar la basura. Sin pensarlo dos veces, no reparé en las instrucciones para entrar, salir, del edificio, bajar, subir al apartamento.

Tomé las bolsas y adiviné el camino al ascensor; oprimí “G” (ground floor=planta baja); al llegar, no había recepcionista para preguntar donde quedaba el chut de las basuras; vi salir a una persona por la puerta del edificio y me pegué a su paso para franquear dos puertas más que dan a la calle, suponiendo que afuera, encontraría donde poner las bolsas.

¡Que gran error...! a la redonda ninguna caneca de basuras; pensé entonces que podrían estar en el sótano. Intenté abrir la puerta del edificio, pero debía usar un “chip” que estaba en el apartamento donde nos alojamos. El verano de Calgary, no es como el de Chía; hacía más frío; tiritando, di dos vueltas por el edificio, intentando reconocer la ventana donde estaba mi esposa y mi hija; al suponer cual era, difícilmente encontré una piedrecilla y la lancé, para llamar su atención; me sentía impotente, sin conocer a nadie, sin wifi para el celular.

¡Que torpe...!, era otro apartamento y salió un canadiense; me miró como el oso grizzli de las montañas rocosas, frente a su presa; supuse que llamaría a la policía al observar el inusual comportamiento de un tipejo en la calle; rápidamente me aparté de su radar y con algo de susto, me acerqué de nuevo a la puerta del edificio: ¡que alegría!; una señora ingresaba justo en ese momento; como Mr. Bean, emocionado brinqué, me colé y llegué al ascensor siguiendo sus pasos.

Ella oprimió el piso quinto, no mi piso; alcancé a controlar mi nerviosa respiración, al percatarme de su mirada como venado observado; cuando llegamos al quinto piso, mi corazón se aceleró; supuse que podría oprimir el botón de mi piso y bajarme feliz. ¡Mentiras…!; necesitaba el chip para acceder; el ascensor no me obedecía; salí por las escaleras para llegar al apartamento, pero todas las puertas de acceso a las escaleras también necesitaban el chip; me sentía atrapado, entré en pánico; milagrosamente las escaleras me llevaron donde se encontraba el chut de basuras: no era un simple depósito de basuras.

Calgary junto al río. Foto: Rafael Colón 

Una decena de impecables contenedores acapararon mi atención; cada uno para poner un desecho específico, para reciclar; increíblemente no olían a basura; admirado, me puse a tomar fotos de las indicaciones escritas sobre los contenedores…; de repente, una persona llegó a depositar sus basuras…; de nuevo sentí la mirada del oso circunspecto de las montañas rocosas; dejé de tomar fotos a los tanques de basuras, bajando con pena mi iPhone, desde donde pongo los tuits, a la noble gente que me sigue.

Mientras, recordaba a Mr. Bean; seguí a mi ángel de la guarda hasta la puerta del ascensor; entonces, atiné a decirle lo que pronunció el astronauta del “Apolo 13”, cambiando el nombre de la ciudad y en perfecto inglés grité:  "!Calgary, we have a problem!”.

Me respondió en interrogativo ¿What?; en esos momentos olvidé el inglés que aprendí en el bachillerato y en la escuela naval; mi simple 40 % de nivel, sin tener un escocés o un merlot en mi cabeza, apenas me alcanza para pedir un café en Starbucks; sin poder balbucear palabras anglosajonas, con asombrosa rapidez recordé como se dice llaves: “keys” y como el señor Bean, le hice señas para decirle que había dejado olvidadas mis “keys”.

Mi interlocutor, sonriendo y con notable español caribeño, me dijo: compadre; no se preocupe, yo soy dominicano; ¡camine lo llevo a su apartamento! Me regresó el alma al cuerpo; había estado por fuera durante una hora; cuando entré, mi familia no se mostró preocupada; les reclamé su falta de solidaridad, pues podía haberme ocurrido algo.

 

La ciudad tiene amplios y generosos espacios para sus habitantes. Foto: Rafael Colón

Simplemente me dijeron: bien hecho; lo sospechamos; eso le pasa porque nunca se interesó en hablar bien inglés, por bajar dormido a llevar las basuras y por no hacer caso de llevar las llaves.

Esta historia continuará…

https://twitter.com/rafacolontorres

 

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