Así recibió Yamit Amat y el equipo de Radionet la noticia del asesinato de Garzón

El fotógrafo Guillermo Angulo quien formaba parte del grupo en el que estaban también Néstor Morales y Diana Uribe hizo memoria: “lo esperábamos cuando lo matamos”

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enero 27, 2018
Así recibió Yamit Amat y el equipo de Radionet la noticia del asesinato de Garzón

El valor más grande de Jaime Garzón —enamorado de mujeres muy bellas— no era enfrentarse a Romaña, que lo quería “dar de baja”, usando el eufemismo militar, ni tratar de entrevistar a Carlos Castaño, para impedir que cancelara la orden que lo mandaba matar, ni osar ridiculizar al presidente, a los altos mandos militares y a los más importantes personajes del país. Su valor más grande era quitarse las prótesis y, con su sonrisa mueca, que exhibía sin pudor dos solitarios caninos, hacer olvidar su momentánea feura con su provocadora y veloz inteligencia. La sonrisa más mordaz de Colombia no tenía dientes.

La emisora Radionet —el prematuro invento de Yamid Amat—,demasiado buena y costosa para ser comercialmente viable, empezó con 150 reporteros y redactores y murió con la languidez solitaria de cuatro redactores.

En Radionet conocí a Garzón. Yo formaba parte de la llamada «cabina» (la de los comentaristas), conformada por Yamid Amat y su gran instinto periodístico; Néstor Morales y su tradicional simpatía; Diana Uribe, quien sabía exactamente la diferencia entre chiítas y sunitas y por qué a los kurdos no los querían ni iraquíes ni turcos ni rusos; Aída Luz «la Gorda» Herrera, con alto kilometraje en periodismo; Jorge Consuegra, una especie de Quijote de la difusión de la Cultura, Gustavo Gómez y Jaime Garzón, el encargado hacernos reír a nosotros en la cabina y, desde luego, al público junto al aparato de radio. Yo llegaba puntualmente, en el preciso momento en que el himno nacional dejaba de sonar (en ese entonces segundo en el mundo, aunque por ripioso e insoportable debería ser el primero), y quince minutos más tarde entraba corriendo Diana Uribe. La parte humorística le tocaba a Jaime Garzón.

Yo pensaba que él preparaba minuciosamente sus libretos (como lo hacían en Zoociedad, Quac: el noticero y otros programas, con la ayuda de Eduardo Arias, Antonio Morales o Diego León Hoyos, la increíble María Leona Santo Domingo), pero en la radio no. Recuerdo que una vez Yamid, sin advertírselo, cogió la página de cines, empezó a leer los títulos de las películas en cartelera, y Garzón le encontraba a cada una un sentido político-humorístico. Como no tenía ni una pizca de prejuicio, en el primer descanso me llevaba café con leche y pandeyuca, comprado desde la noche anterior, así como a veces servía de mesero en el restaurante «El Patio», de Fernando Bernal, uno de sus mejores amigos. A la entrada de Radionet Garzón tenía estacionado su nuevo BMW: un convertible de indiscreto color rojo del cual estaba orgulloso.

En la madrugada del 13 de agosto de 1999 me adelanté, contra mi costumbre, sincronizada patrióticamente con el himno nacional: ese día llegué a Radionet 15 minutos antes. En el camino vi sobre la  avenida 42B, pasando el semáforo de la calle 22F, una camioneta tipo Jeep chocada contra un poste, frente a una panadería, y pensé: un borrachito madrugador. Al llegar a la emisora aún no habían llegado Néstor ni Yamid, quienes solían abrir el programa que duraba de 6 a 9 de la mañana. Faltando dos minutos para las seis los dos llegaron llorando. Yamid gritaba: ¡Mataron a Jaime! ¡Mataron a Jaime! Nadie entendía de qué Jaime se trataba, porque era imposible que alguien fuera capaz de matar a Jaime Garzón.

Ante la imposibilidad de que Yamid y Néstor lo hicieran, ya que no paraban de llorar, al dar las seis Aída Luz y yo decidimos empezar el programa. Después de las primeras palabras introductorias de Aída Luz, dando la triste noticia, yo, que ya sabía que quien lo había mandado matar era Castaño (probablemente por encargo), con más sentimiento que responsabilidad dije al aire: «Señor Carlos Castaño: usted es un hijo de puta».

Días después me encontré en la librería Lerner con mi amigo el poeta Mario Rivero, quien me saludó diciéndome: «Maestrico: ¿Usted todavía está vivo?» Ante mi cara de extrañeza él me tuvo que recordar la razón de su sorpresa, y yo le dije: «Poeta, tuve la suerte de que Castaño no oye Radionet». Cuando más tarde escribí esta atrevida irresponsabilidad, Mario Jusrsich, quien iba a publicar estas notas, dudó de mi palabra y tuve que conseguir una carta de Jorge Consuegra corroborando mis palabras. De todas maneras, a Jursich le dio miedo publicar mi artículo e inventó alguna disculpa para no hacerlo.

En la emisora algunos teníamos la impresión de que Carlos Castaño era apenas el brazo armado, el ejecutor, pero no el autor intelectual del asesinato. Los menos, sospechábamos de los militares como sus verdaderos autores; otros tuvieron la precaución de callarse; y uno nos aconsejó prudencia, no decir nada por temor a una bomba. Era Chemas Escandón, periodista deportivo, traumatizado por la muerte de su padre, asesor del dictador Anastasio «Tachito» Somoza, muerto en Asunción en 1970, al lado de su jefe, con un bazucazo que destrozó su Mercedes y mató —al dictador nicaragüense y a su acompañante—precisamente en la avenida Francisco Franco—. Y si el capo paramilitar negó haber mandado matar a Garzón, seguramente se debió a que ante las multitudinarias manifestaciones de luto y protesta en la Plaza de Bolívar de Bogotá se dio cuenta de su monstruoso error.

Pero nosotros no éramos los únicos en sospechar que los militares habían usado a su amigo Castaño para vengarse de las burlas que el humorista les hacía a los militares con su «Quemando Central», o por su intervención humanitaria ante grupos guerrilleros para conseguir la liberación de secuestrados —que ellos consideraban auxilio a la guerrilla—. Sobre esto Rafael Pardo Rueda escribió, en una columna publicada en El Espectador, el 15 de agosto de 1999: «Sin exagerar, más de cien familias le deben [a Garzón] la libertad de algún familiar».

Días antes de su muerte Garzón me contó, para explicar su cojera, que iba en su camioneta por una larga carretera de aspecto principal de los Llanos. Un autobús corría paralelo a su carro y de pronto dio vuelta, intempestivamente, hacia la derecha para tomar una vía secundaria. Garzón chocó contra el bus y se fracturó no recuerdo si una o ambas piernas. El chofer del autobús explicó que él había creído que Garzón también iba a voltear a la derecha, porque más adelante esa carretera estaba interrumpida por un puente caído y el creía que todos los que transitaban por la zona lo sabían. Naturalmente, ningún aviso lo indicaba. Garzón fue llevado a un puesto de socorro en un poblado cercano donde lo entablillaron perfunctoriamente, y, mientras ejecutaban esta dolorosa operación —no tenían anestesia— se acordó de que en el carro llevaba una bolsa con ochenta millones de pesos, pago parcial de un rescate. Como pudo, regresó trabajosamente al vehículo y no encontró el dinero. Había unos soldados, quienes dijeron que un campesino —no había ninguno a la vista— les había dicho que habían llegado unos guerrilleros, «con armas y uniformes de fatiga privativos de las fuerzas armadas», y se habían llevado un maletín cuyo contenido desconocían. Esta era la investigación que estaba adelantando Garzón cuando lo mataron.

Pero, ¿quién mató a Garzón?: la respuesta nos la dio proféticamente él mismo: «En este país nadie sabe quién mató a nadie. […] No se sabe quién mató a Galán, tampoco a Álvaro Gómez. A nadie». Pero es más importante que la sospecha de que fueron los militares venga del primer ministro civil de Defensa que tuvo el país: Rafael Pardo Rueda, quien se preguntó en columna publicada enr El Espectador:

¿Por qué el ejército reacciona tan tarde? ¿Por qué los mandos del ejército no sabían que Garzón era hostilizado por altos militares? ¿Por qué Castaño desmiente su autoría y sí se le cree? Son preguntas que no pueden quedar en el aire ante la muerte de nuestro querido Jaime Garzón.

Nueve años después el mismo Pardo agregó:

Puede ser que Castaño haya participado en el asesinato de Jaime Garzón, pero lo más posible es que no sea el único.

Tal vez sea más directa y diciente esta declaración del hoy vicepresidente, Francisco Santos, quien cuando era periodista escribió lo siguiente, que de pronto hoy preferiría que no se citara: «En este caso no hay duda: a Jaime Garzón lo mató la extrema derecha militar».

Germán Izquierdo Manrique, un talentoso periodista, publicó en Planeta su primer libro: Jaime Garzón, el genial impertinente. (Las citas que vienen a continuación son tomadas de su libro).El título, que lleva la memoria a Cervantes, trae, entre muchas otras, una cita de Miryam, «la Compañerita» Bautisa: «Garzón no era obsecuente con el poder»; o cuando, para decir lo generoso y desapegado a las cosas (¿manirroto?) que era nuestro personaje, su amiga, Claudia de Francisco, cita lo que decía Garzón, quien regalaba todo: «Uno no debe tener nada viejo, salvo la mamá».

Francisco Ortiz, quien con Paula Arenas formó el talentoso dueto detrás de Zoociedad, dice: «Él no era un imitador; él se robaba el alma de sus imitados». Lo que es cierto. El personaje imitado a veces era mejor que el original; y Garzón aprendía a hablar, a moverse, a comportarse y a pensar como él. Un cercano amigo, Antonio Morales, describe a Garzón como un «mañoso, que se las sabe todas; popular, lleno de humor». Y otro, Diego León Hoyos, lo define como «un anarquista, pero infantil; y eso es puro júbilo, es subversión de todo». Hasta Myles Frechette, el simpático/antipático «Virrey» que acaba de morir, a pesar de ser era uno de sus caricaturizados preferidos («Y el gringo ahí») lo admiraba: «Él les ayudaba a los colombianos a seguir con sus vidas y a reírse».

Germán cita a Godofredo Cínico Caspa (mi personaje favorito) elogiando al entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez, defendiéndolo así (hay una película mexicana que se llama No me defiendas, compadre):

Es que a Álvaro le cabe el país en la cabeza. Él vislumbra todo este gran país como una zona de orden público total, es decir, como un solo Convivir, caray. Donde la gente de bien —por fin— podamos disfrutar de la renta en paz, como debe ser. ¡Y será él quien por fin traiga a los redentores soldados norteamericanos, quienes humanizarán el conflicto y harán de Uribe Vélez el dictador que este país necesita! ¡Buenas noches!

Su humor le alcanzaba incluso para presentir su propia muerte: «A mí no me da miedo que me maten; a mí me da miedo que me dejen como a Navarro Wolf».

La Macarena y sus barrios limítrofes, La Perseverancia, San Diego y Bosque Izquierdo, le rindieron un emocionante homenaje a su vecino, Garzón: la gente del pueblo, los escasos intelectuales, sus amigos, sus admiradores y muchos estudiantes llenaron con rosas una pared blanca sobre la carrera Quinta con Veintisiete en actitud de llanto y con multitud de letreros, más que luctuosos de simpática solidaridad. En su honor, la Plaza de Bolívar se llenó (como nunca) de cariño, rabia y frustración. Dentro de las miles de pancartas que se movían al ritmo del viento había una que sobresalía: «Es la primera vez que nos haces llorar».

Todas las citas de este artículo son tomadas del libro
Jaime Garzón, el genial impertinente
Por Germán Izquierdo Manrique 
Editorial Planeta Colombiana S. A. – 2009
 

 

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