Así fue el estreno de Magia Salvaje entre los arhuacos

En medio de una noche estrellada en Nabusímake, el corazón de la Sierra Nevada, mil indígenas descubrieron el cine viajando por Colombia

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Septiembre 09, 2015
Así fue el estreno de Magia Salvaje entre los arhuacos

Para Juan Bautista Karsabe era un milagro que esas fotos, plasmadas en una sábana blanca, se movieran. A sus veinte años no conoce Valledupar, la ciudad occidental que está más cerca de su universo, Nabusímake, la capital del pueblo arhuaco. Mientras otros jóvenes se ufanan de saberse de memoria los vallenatos de moda y de viajar cada quince días a la civilización, Juan Bautista está feliz porque hace quince días su padre reunió el dinero para comprarle el traje blanco que identifica a los arhuacos. Las sandalias, de suela de llanta Goodyear, las consiguió gracias a vender el maíz que él mismo cultiva.

Mientras ve, junto a otros ochocientos indígenas en el centro de su pueblo, las imágenes de Colombia: magia salvaje, mete un palo en su pololo y saca de él un poco de ese menjurje de saliva, coca y cal con el que le huye al cansancio, al sueño y al hambre. Son las diez de la noche y hace rato debería estar dormido. No importa que al otro día el sembradío de maíz que protege como si fuera una extensión de su cuerpo necesite de sus manos; el cine ha llegado a Nabusímake. Juan Pablo, el muchacho de bigote incipiente que aspira a ser algún día un Mamo, también está hipnotizado.

Tampoco conoce Valledupar y dice sentir nauseas cuando huele la gasolina que destilan los carros. Lo más lejos que se ha separado de su mundo fue el día que, por una apendicitis, tuvo que ser atendido en Pueblo bello, el municipio que queda a veinticinco kilómetros del centro de la galaxia.

Veinticinco kilómetros parecieran un trayecto muy corto pero en la Sierra Nevada el tiempo y la distancia empiezan a tener otro significado: la ruta se cubre en cuatro horas. La carretera es una herida abierta que se va hundiendo con el paso de los años. Los arhuacos, muy en el fondo, esperan que la montaña se termine de comeser ese camino construido hace más de sesenta años cuando los jesuitas tuvieron la genial idea de darles otros dioses y sembrar pinos. El pino correó la ya árida tierra de la Sierra y la religión trajo el arrepentimiento y el chirrinche. Las rutas se angostan, los precipicios se empinan, los hombres se corrompen.

Nabu 1

Por ese camino  pasamos cuarenta personas en nueve camionetas cuatro por cuatro para llevar el cine por primera vez a Nabusímake. El grupo Ambulante, conformado por jóvenes cineastas que pretenden llevar documentales a los lugares más recónditos del país, se encargó de montar la pantalla, de cuadrar el sonido, de transformar el empedrado de la plaza en una sala de cine. De traer por un momento la energía eléctrica a un pueblo que nunca la ha conocido. Y lo consiguieron.

Arhuacos de todas partes de la sierra bajaron hasta la capital del mundo para ver el prodigio. Las mujeres, cargando sus niños y tejiendo eternamente una mochila, y los hombres, silenciosos y mambeantes, contemplaban embelesados  los glaciales, las cordilleras, las aves espléndidas que componen el mundo de sus hermanitos menores. La voz de Julio Sánchez Cristo retumbaba entre las piedras milenarias del pueblo y se metía en las húmedas y oscuras celdas de la prisión de Nabusímake. Justo al lado de la plaza se erige una casona inmensa de techo de paja en donde están encerradas siete personas. Seis de ellas solo deben pagar un par de semanas por delitos menores como abusar del chirrinche o pegarle a la mujer, uno de ellos si estará confinado durante siete años por haber abusado de una niña. La comunidad le había expresado al Mamo el deseo de dejar libre, al menos por esa noche, a los siete condenados. Pero la máxima autoridad de Nabusímake fue inflexible: los presos seguirían pagando su pena en la amarga oscuridad.

Arhuacos

Los gorros blancos de los indígenas permanecían quietos como los picos de los nevados que rodean Naboba, la laguna sagrada de donde los Arhuacos creen que nace la vida y que un dron recorre como un cóndor en la mitad del documental. Lo único que se mueve en la plaza es la lluvia tenue que mandan desde el cielo las nubes negras, rebosantes de rayos. El cine, ciento veinte años después de su invención, todavía tiene la capacidad de sorprender.

Las luces se apagan, Juan Bautista vuelve a llevarse el palito a su boca, mambea y piensa mientras camina hasta su casa de bahereque y madera en donde su familia ha vivido desde hace cinco generaciones. Se acostará en el chinchorró y pensará, por primera vez en mucho tiempo, en ese país mágico y salvaje que se oculta detrás de la Sierra.

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