Opinión

Alerta: calor derrite cerebros de gobernantes

Somos red de múltiples conexiones y las decisiones que hoy toman nuestros calenturientos gobernantes tendrán efectos graves sobre el planeta

Por:
febrero 09, 2016
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Hay un recurso muy efectivo para enmascarar nuestros problemas de conciencia: achacarle todo a la naturaleza. El mejor ejemplo es el del calentamiento global y las maneras eufemísticas de nombrarle: “desastres naturales” “el fenómeno del niño”, “fenómeno de la niña”, los huracanes con nombres de mujeres, etc.

Hago uso de este recurso para explicar lo inexplicable. En momentos en que como nunca el planeta muestra sus límites, su saturación con nuestras burradas, la dirigencia política y económica del mundo, toma decisiones para agravar las situaciones: seguro que el calentamiento planetario les está derritiendo el cerebro, o el entendimiento.

En la pasada “Cumbre Climática 2015” de París, el acuerdo fue tan inane, que tuvieron que invertir grandes sumas de dinero en publicidad y comprar medios para maquillarlo de “acuerdo histórico”. En realidad, no hubo decisiones de fondo, los estados se comprometieron con lo mínimo de lo mínimo.

En Colombia, país con una de las reservas hídricas más importantes del mundo, los efectos de las decisiones basadas en el lucro y no en la preservación de la vida, son evidentes: pedregales donde antes corrían cauces de ríos, niños, niñas y comunidades enteras muriendo de sed, miles de cadáveres de animales junto a los antiguos abrevaderos. Barrios y veredas a los que no llega el agua sino una vez a la semana, peleas a golpes y con armas por el agua, como en las escenas de las apocalípticas películas del futuro.

Después, observo a nuestra dirigencia: Santos, el ministro Cárdenas, Peñalosa, Armitage… los flamantes dirigentes de los ingenios azucareros, el sector de la minería… Tienen que tener las neuronas achicharradas por la codicia o la corrupción, de otra forma no se explica cómo pueden estar pensando y además tratando de convencernos, de que están actuando  por el bien común.

Medio país inundado por represas para hidroeléctricas, presentadas como un gran negocio para la producción de energía, que después de todo el daño ambiental y social son vendidas, con el argumento de que ahora son más rentables las carreteras.

Otro medio país desertificado con megaproyectos de minería, que solo dejan el deterioro ambiental y social, pues a su alrededor se mueve todo tipo de ilegalidades y abyecciones. Y no hablo solo del otro eufemismo: “minería ilegal”, que es a la que el Estado reconoce que hay que perseguir. Detrás de todas las empresas nacionales e internacionales, de la llamada “inversión extranjera”, siempre vienen los ejércitos privados, la violencia sexual contra las mujeres de la región, los sobresueldos que la Policía y todos las fuerzas armadas se ponen cuidando el saqueo, los asesinatos, desplazamientos e intimidaciones a las poblaciones que defienden su territorio…

Siguiendo el ejemplo de la codicia disfrazada de desarrollo, los disparatados planes de Peñalosa para urbanizar  la Reserva Van der Hammen, alegando que se trata de potreros sin valor.  Sin embargo, esta reserva es mucho más que un potrero. Como lo afirma la petición de Avaaz: “Los científicos nos han mostrado los valores singulares de esta porción de nuestro territorio, único en la Sabana de Bogotá y en la cordillera de los Andes: no es un capricho, su extensión es necesaria para asegurar la protección y la restauración de relictos de bosque nativo que aparecen serpenteantes desde el río Bogotá buscando conectar la vida con los cerros orientales; para proteger aves, mamíferos, marsupiales e insectos que tienen como último refugio endémico este territorio. También para conservar sus aguas subterráneas y asegurar el ciclo del agua entre los Cerros y el Río”[1].

Y en la bella Cali, otro ejemplo de neuronas calcinadas: para mejorar la movilidad en el sur de la ciudad, el alcalde Armitage pretende prolongar la calle 13, o avenida Pasoancho, construyendo sobre una pequeña corriente de agua denominada “El zanjón del Burro”, que alimenta el lago de la Babilla, en Ciudad Jardín. De nuevo, donde el secretario de infraestructura ve una salida genial, con una vía que atraviesa el zanjón “solo 100 metros”, quienes protestan contra esta obra recuerdan que “este lugar alberga muchas especies, regula el clima y produce agua. Es un corredor ecológico entre el valle geográfico y los farallones, por aquí transitan zorros, guatines y micos”.

 

En el Valle del Cauca, la laguna de Sonso,
ha sido intervenida con la construcción
de un dique de ¡más de dos kilómetros!

También en el Valle del Cauca desde noviembre del año 2015, y a pesar de las denunccias, cartas, correos, llamadas de la comunidad, uno de los principales humedales de la región, la laguna de Sonso, ha sido intervenida con la construcción de un dique de ¡más de 2 kilómetros! Maquinaria pesada trabajando noche y día, para desviar el agua y expandir los terrenos cultivables de un propietario privado. Las autoridades ambientales nunca hicieron nada. Se presume que quien hizo este engendro tiene tanto poder, que ni las autoridades, ni los medios de comunicación han revelado jamás su identidad. Ojalá la gobernadora Dilian Francisca pueda, como prometió, deshacer el daño y castigar a los culpables.

Solo quiero recordar que los enormes daños ambientales empiezan por pequeños actos de inconciencia o de codicia. Y aquí termino con una historia de la que conozco a algunas personas sobrevivientes: Entre el año 1972 y 1973, el empresario maderero Enrique Naranjo, obviando el asunto de permisos estatales, construyó un canal de 1,5 metros de ancho y 1,2 metros de profundidad por 1,3 kilómetros de extensión para unir el Rio Patía Viejo, afluente del Río Patía, con la quebrada La Turbia, afluente del rio Sanquianga, para agilizar el transporte de maderas.

El canal comenzó a ensancharse inmediatamente y en 1977 ya tenía un ancho de 20 metros aproximadamente y una profundidad de siete metros, luego pasó a 200 metros y ya sobrepasa los 350 metros. Igual ha sucedido con el cauce del rio Sanquianga, que normalmente no superaba los 50 metros de ancho, actualmente en algunos tramos, alcanza los 800 metros. (Defensoría del Pueblo, Informe Defensoría: Canal Naranjo. Impactos y situación actual, Bogotá D.C. septiembre 2009, p. 6-7.).

Conozco el testimonio de las familias desplazadas por esta “pequeña” torpeza: Los niños y niñas que acostumbrados a nadar y bañarse en el Sanquianga, empezaron a morir ahogados, mientras al otro lado, las familias pescadoras ya no encontraban sino barro. Las fincas que desaparecieron inundadas, las especies que se extinguieron por el cambio drástico en su entorno.

Lo traigo a colación, para que recordemos que no hay nada aislado en la vida, que somos red de múltiples conexiones y que las decisiones que hoy toman nuestros calenturientos gobernantes tendrán efectos graves sobre el planeta y que el calor que tal vez no nos permita hoy actuar en contra de tales crímenes, puede estar derritiendo las posibilidades de la vida de los seres de mañana.

@normaluber

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