En los premios Globos de Oro, entregados a principios de este mes, ganó Demi Moore mejor actriz principal en la categoría de comedia o musical. En el discurso de agradecimiento hizo comentarios muy interesantes, diría que reveladores respecto a la condición de las mujeres; si bien se refería a su área específica de trabajo, la actuación, en Hollywood, puede perfectamente extrapolarse a todos los ámbitos laborales, diversos meridianos y todas las culturas.
Transcribo literalmente lo dicho por ella y subrayo lo que me parece significativo como una epifanía: a sus sesenta y pico por fin entendió la diferencia entre precio y valor. Despertó del hechizo producido por la aguja de rueca con la que se chuzó y el mandato social de la feminidad, que generalmente se cristaliza alrededor de los 10 años en las niñas, la transformó en florero. Decía que despertó de dicho hechizo y no propiamente con un beso de un príncipe azul, que además, andan bastante desteñidos todos últimamente. Su discurso ha sido reproducido como uno “empoderador” pero ha merecido poco análisis, precisamente porque empoderar-se fue vaciado de contenido en la cultura superficial y machista para mantenernos en nuestro lugar.
“¡Oh, Dios mío! ¡Vaya! De verdad no me esperaba esto. Estoy en shock ahora mismo. He estado haciendo esto durante mucho tiempo, más de 45 años. Y esta es la primera vez que gano algo como actriz. Me siento muy humilde y muy agradecida.
Hace 30 años, un productor me dijo que yo era una “actriz de palomitas de maíz”. Y en ese momento interpreté que eso significaba que esto no era algo a lo que yo tuviera derecho. Podía hacer películas exitosas, que recaudaran mucho dinero, pero que no podía ser reconocida. Y me lo creí y lo acepté. Con el paso del tiempo, eso me fue corroyendo hasta que, hace unos años, pensé que tal vez esto ya era todo. Tal vez estaba completa. Tal vez ya había hecho lo que se suponía que tenía que hacer.
Y mientras estaba en un punto bastante bajo, llegó a mi escritorio un guion mágico, audaz, valiente, totalmente fuera de lo común, absolutamente alocado, llamado “The Substance”. Y el universo me dijo: “No has terminado”. Estoy muy agradecida con Coralie por confiar en mí para interpretar a esta mujer. También a Margaret, por ser mi otra mitad, sin la cual no podría haberlo logrado; gracias por cuidarme.
Y a todas las personas que han estado conmigo durante más de 30 años —Kevin Uvain, Jason Weinberg, todos en CAA, Untitled, Lead—, a todos los que me han apoyado, especialmente a quienes han creído en mí cuando yo no creía en mí misma.
Solo quiero dejarles algo que creo que esta película transmite: en esos momentos en los que pensamos que no somos lo suficientemente inteligentes, o lo suficientemente guapas, o lo suficientemente delgadas, o lo suficientemente exitosas, o básicamente que no somos “suficientes”, una mujer me dijo: “Solo recuerda que nunca serás ‘suficiente’, pero puedes conocer el valor de tu propia valía si dejas de medirte con esa vara”.
Y hoy celebro esto como un marcador de mi plenitud y del amor que me impulsa, por el regalo de hacer algo que amo y por recordar que sí pertenezco. Muchísimas gracias”.
¿Por qué es un discurso que podría servir a las mujeres de las siguientes generaciones para tener una vida libre, digna y plena? Porque les está contando cómo se dejó llevar por las convenciones, las presiones y lo que se esperaba de ella. Se dejó poner en un lugar, no el lugar maravilloso del sí misma, sino en aquel donde somos adornos, sencillitas, vacuas, entretenidas, como las crispetas. Y cómo es que ocurre aquello de la revelación, la magia de la expansión de conciencia. También cuenta que le llegó un guion, precisamente el que da vida a una mujer que, como ella, empieza a sentir la invisibilidad de la sesentena para las mujeres y hace muchas bobadas para mantenerse vigente, “conservada”, según el decir popular, como si fuéramos productos perecederos (ojo, el énfasis está en la palabra productos, no en perecederos).
El mensaje es empoderador en una parte: dice algo como: “sí, entendí que yo fui puesta en el lugar del objeto, lo acepté y me convencí de que efectivamente era lo máximo a lo que podía aspirar. Pero eso me vació y sufrí. Hasta cuando tuve la revelación de que en un guion estaba mi propia historia”. Cree ella que fue el universo, cuando a todas luces y valga la expresión, fueron sus propias experiencias de vida y su inteligencia; y con el apoyo de una mujer que sí creyó en ella -afortunadamente siempre existen las hadas madrinas-, quién, junto a otras que la cuidaron, florecieron todas sus posibilidades, al punto de ser ahora reconocida, galardonada, y haciendo lo que ama, encuentra su lugar. Ahora sí pertenece.
Encarnando una paradoja dolorosa, una mujer que alguna vez dijo en una entrevista “hice que mi cuerpo significara todo para mí” y se presenta a la entrega de los premios con cara y cuerpo de treintañera, cuenta que otra mujer le dijo alguna vez, -no faltan tampoco las hadas madrinas cortas de vista-, "Nunca serás suficiente, pero puedes conocer el valor de tu valía si dejas de medirlo todo".
Buen punto, pero insuficiente. Una falacia de mucho cuidado porque centra el problema en ella. Es un pastel envenenado. Como el famoso Síndrome de impostor. El problema es únicamente de ella porque según el consejo recibido, basta con que ella deje de medir-se. Sí, es cierto, hay que dejar de medir-se, pero tenemos que alargar la vista y entender que afuera hay un gran metro que nos mide muchas cosas permanentemente. Por eso nunca seremos suficientemente flacas y ricas al decir de Coco Chanel hace un siglo. Ese metro además de las formas del adorno, nos mide el grado de sumisión, el número de atropellos que somos capaces de aguantar, la bondad infinita que debemos tener, la pasividad con la que debemos aceptar los mandatos -no falta el “productor”, maléfico, el del hechizo, que nos recuerda que tan crispetas somos-, lo entretenidas que resultamos y ahora, como si fuera poco, qué tanto facturamos.
La parte desempoderadora del discurso de Demi Moore fue obviada en el análisis y se perdió nuevamente una oportunidad de oro para decirle a las muchachitas del mundo que esa contradicción es lo que les espera si no abren los ojos. Lindas, jóvenes eternamente, delgadas, tonificadas, sexis, inteligentes, trabajadoras, prósperas, queridas y entretenidas al servicio del sistema.
¿Cómo es que vamos a pavimentar la vía hacia el empoderamiento, ahora trivializado?
¿Cómo entonces las hadas madrinas podemos abrir el camino de la revelación para las mujeres que aún tienen los ojos cerrados? ¿Cómo es que vamos a pavimentar la vía hacia el empoderamiento, ahora trivializado? Primero, dar ejemplo, sin miedo al rechazo, al ostracismo, que es el castigo a las mujeres de ojos grandes, usando ese título hermoso en una obra de Ángeles Mastretta. Segundo, romper el silencio. Como Demi lo acaba de hacer. Todas, sin excepción, hemos sido enviadas al paraíso de los floreros alguna vez, nos hemos vestido de rosado, y nos creímos el cuento, pero sabemos a qué sabe: a la nada. Contémosles nuestra historia, hablemos de lo privado, nunca olvidemos que lo privado es político. Tercero, seamos capaces de controvertir, ser odiosas es liberador. Les enseñamos así que la palabra es sagrada y que oír y hablar, como votar, es siempre el primer paso.
Para ellas es agotador y frustrante. Para quienes hemos vomitado el pastel como acaba de hacer la actriz y nos hemos dedicado a la sustancia, a cultivarnos, a contribuir a un mundo mejor para las mujeres, la vida sabe a gloria. Las ♀ no debemos comer más de ese pastel envenenado. Es aguja de rueca.
De la misma autora: Lo personal es político: el sesgo de sexo