¿Acunar la vida o recibir el Nobel?
Opinión

¿Acunar la vida o recibir el Nobel?

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septiembre 10, 2013
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Quiero poner el foco en los protagonistas que esta semana aparecen en los noticieros nacionales e internacionales: como casi siempre, el planeta entero es escenario de las luchas de poder entre masculinidades deformes, hipertrofiadas, que se “muestran los dientes”, se retan a pelear afuera, hablan de quién “gana el pulso”, ostentan los símbolos del poder con sus palabras, sus tonos, sus armas, su dinero, sus uniformes (sean militares, trajes de corbata o túnicas)

La manera de ser hombres se enseña desde muy pequeños, desde la educación inicial en las familias, las escuelas y en las pantallas. Se enseña que ser varón es competir por todo: por los juguetes, por el tamaño del pene, por el alcance del chichí, por las niñas, por el afecto, por el prestigio.

No en todas las culturas ni en todos los tiempos ha sido igual, cambian las frases, los retos, los indicadores de masculinidad, pero tristemente casi todos ellos se basan en las violencias, las conductas de riesgo, en despreciar la vida —incluso la propia— y jugársela en un partido, en una calle, en una rumba.

Esos juegos infantiles no son otra cosa que el entrenamiento para lo que vendrá después: ser profesionales que sacrifican su vida personal tras el éxito, que corren fácilmente la línea de la ética para alcanzar una meta, que con gran elocuencia justifican todas sus actuaciones diciendo de manera racional que está en la “naturaleza” masculina hacer todo para ganar.

Nos escandaliza y asquea esta tendencia antiética en los sicarios y otros antihéroes, pero la vemos menos grave en otros, donde también está: en los poderes legales. Como todavía los hombres son la gran mayoría de presidentes, congresistas, juntas directivas de bancos, corporaciones, etc., allí le dan continuidad al patio de recreo, esta vez invadiendo países, quebrando empresas, peleando con los vecinos, usando la fuerza desmedida contra quienes consideran débiles, llámense países subdesarrollados, herejes, terroristas, mujeres o simplemente “maricas” para “pegarles en la cara”.

“El principal éxito del diablo es hacer creer que no existe”. Esa frase, que seguramente es de alguna iglesia monoteísta, la leí en la película “sospechosos habituales”, y creo que nos viene como anillo al dedo: muchas personas, mujeres y hombres, manifiestan que hablar de cultura patriarcal está pasado de moda, o es un tema que se debe evitar o porque lo ven muy pesado y quejumbroso o porque lo sienten como un término de ciertas mujeres amargadas e intelectualoides.

Lo cierto es que esta cultura, que existe en el planeta desde hace más de cincuenta siglos, está tan presente que ya no la notamos y pasa desapercibida detrás de exabruptos como otorgarle el premio Nobel al presidente Obama, quien se ha dedicado a perpetuar la supremacía de la fuerza bruta en el mundo.

En medio de este panorama, viendo por televisión a ese grupo selecto de bárbaros modernos, nos sentimos ante la derrota más grande de la historia, propinada por seres alejados de la vida y su posibilidad de pervivir y hacerse bella.

Sin embargo, una figura como Pepe Mujica el presidente de Uruguay, detiene nuestra caída libre hacia la desesperanza absoluta. En la actual coyuntura de guerra y amenazas de genocidio, este hombre con tono apacible y cara de abuelo afirmó "el único bombardeo que vemos admisible en Siria es con leche en polvo, con galletas y con comida, no armas ni bombas".

Pepe Mujica representa otro tipo de masculinidades que afortunadamente existen y se reproducen en este planeta. En primer lugar, tiene bastantes rasgos de las masculinidades subalternas: es campesino, de tercera edad, expresidiario, del país más pequeño de Suramérica. No ostenta, tiene una vida sencilla y una actitud de transigencia. Cuando se ha equivocado, en público ha confesado “me equivoco, como cualquier hijo de vecino”, en una actitud altamente contrastante con la soberbia de los demás hombres en el poder.

De manera que este presidente con su tono sereno y su tranquila sabiduría, viene haciendo profundos cambios no solo políticos y económicos sino culturales, que son los más difíciles. Los comentarios a sus intervenciones provienen de jóvenes uruguayos que se sienten orgullosos de ese sabio dirigiendo en equipo el destino de su país.

Ese sabio pacifista y profundo, que no enseña los dientes ni amenaza, que ofrece ayuda y llama a la reflexión, que convoca a debatir y a cambiar aún los aspectos más difíciles e “inamovibles”, no se ganará un Nobel, o tal vez, ni lo recibiría en caso de ganarlo, como muestra de humildad, dignidad y coherencia.

Este planeta necesita más hombres que ofrezcan como solución acunar la vida, protegerla. Mejorarla por las buenas, como mejoramos en la infancia cuando un abuelo nos ofreció leche con galletas.

 

 

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