En el borde entre la ciudad amurallada y el barrio de Getsemaní, donde el turismo de lujo avanza con proyectos cada vez más ambiciosos, hay una escena que resume una tensión silenciosa: un edificio republicano de tres pisos, sobrio, de proporciones medidas, permanece intacto mientras a su alrededor se levanta un complejo hotelero de gran escala. Es el Hotel Monterrey, una construcción que no cambió de manos cuando todo a su alrededor sí lo hizo.
Cuando la familia Santo Domingo puso en marcha el proyecto del Hotel San Francisco, pensó en integrar varias propiedades del sector para consolidar un hotel de lujo con fachada republicana frente a la ciudad histórica. En ese mapa, el Monterrey era una pieza clave. No solo por su ubicación, sino por su valor arquitectónico. Sin embargo, los propietarios del inmueble no aceptaron vender. La decisión obligó a rediseñar el proyecto: el nuevo hotel, de más de 130 habitaciones, terminó levantándose alrededor del Monterrey, que hoy permanece como una especie de isla dentro de una transformación urbana de gran escala.
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La historia del edificio que hoy ocupa el Monterrey comienza en 1905, cuando el médico Manuel Francisco Obregón, una figura influyente de la vida pública cartagenera de su tiempo, decidió intervenir una casa colonial de dos plantas. Para ello contrató al arquitecto francés Gastón Lelarge, quien transformó la estructura en una residencia republicana de tres pisos. Desde entonces, la edificación fue conocida como la Casa del Doctor Obregón.
El sello de un arquitecto francés
Lelarge dejó una huella profunda en la ciudad. Su firma aparece en obras como el antiguo Club Cartagena, la cúpula de la iglesia de San Pedro, la torre de la catedral y la fachada republicana del Hotel Sofitel Santa Clara. En el Monterrey se reconoce ese lenguaje: proporciones equilibradas, detalles sobrios y una adaptación de estilos europeos a las condiciones locales. No es una pieza aislada, sino parte de un conjunto que ayudó a definir una época de la arquitectura en Cartagena.
El inmueble, además, tiene un valor urbano que antecede incluso a esa intervención. Está ubicado en una de las primeras manzanas consolidadas de Getsemaní, un barrio que comenzó a urbanizarse en el siglo XVII como extensión de la ciudad amurallada. Durante siglos, fue un punto de tránsito entre comerciantes, marineros y habitantes locales. Esa mezcla se refleja en sus construcciones, muchas de ellas de origen colonial. En ese contexto, la casa que luego sería el Monterrey formó parte del trazado inicial del barrio.
Tras la muerte de Obregón, la propiedad entró en un proceso de sucesión que se extendió durante años. Entre compras y ventas, la propiedad fue adquirida en 1974 por la familia Millán Piñeres, que encontró un edificio con uso hotelero en marcha, negocio que los Millán decidieron continuar. La familia tomó la decisión de restaurarlo y elevar su estándar. El resultado fue un hotel de estilo europeo, con un enfoque en el servicio y en la conservación de la arquitectura original, que mantuvo el nombre con el que ya era conocido por décadas atrás: Monterrey.
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Durante esa etapa, el hotel se consolidó como un espacio discreto dentro de la oferta turística de la ciudad. Treinta habitaciones, una escala contenida y una propuesta que apostaba por la experiencia íntima en medio de un entorno histórico. Esa identidad se mantuvo incluso después de 2009, cuando la propiedad fue vendida a Cofraco, una compañía colombo-francesa dedicada a la construcción en Francia y a la operación hotelera en Colombia. Para la empresa, el Monterrey se convirtió en uno de sus activos más representativos.
Reconocimiento y resistencia para un hotel con personalidad
El reconocimiento internacional llegó poco después. En 2018, el hotel fue distinguido como el mejor hotel boutique histórico de Colombia en los Luxury Hotels Awards. Un año más tarde, fue incluido entre los mejores hoteles boutique del país en el Travelers’ Choice. No eran premios masivos, pero sí indicadores de una consistencia: el Monterrey había logrado mantenerse relevante en un mercado cada vez más competido.
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Hoy, esa consistencia se mide en contraste. A su alrededor, el Hotel San Francisco se levantó imponente como uno de los proyectos más ambiciosos del sector en la ciudad. Su escala, su inversión y su propuesta de lujo marcan una nueva etapa para el turismo en Cartagena. En medio de ese cambio, el Monterrey sigue operando con sus 30 habitaciones, su nueva terraza y su estructura republicana original intacta.
La negativa a vender no fue un gesto simbólico, sino una decisión empresarial que terminó definiendo el paisaje. El Monterrey no se integró al nuevo complejo, no cambió su modelo ni su tamaño. Se quedó donde estaba, con la misma lógica de operación y con una historia que lo respalda. No necesita ampliarse ni reinventarse para existir dentro de un mercado dominado por grandes inversiones. Su valor está en lo que ya es: una pieza de la historia urbana de Cartagena que no cambió de dueño cuando todo invitaba a hacerlo.
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