En estos tiempos de bombas cayendo por el mundo como granizo apocalíptico, en estos días de campañas políticas degradadas y moribundas, la voz humana sigue siendo el profundo eclipse de la luna roja.
Sobre la calle, muy cerca al lugar, un comerciante de la política ha instalado una enorme valla que desfigura el paisaje de la ciudad: “Sólo con Roy ¡Ganamos Todos!”, dice el aviso con una voluminosa foto del político que en la imagen mira al cielo y exhibe una sonrisa blanca, palpablemente artificial.
Dominando el espasmo ante semejante anuncio de cruzada presidencial, ingresamos otra vez por el espejo, otra vez a la noche del alucinante bar Flores y Lechugas, en esta ocasión entre pasillos a un camerino acogedor. El primer abrazo es para Cristhian Salgado, siempre risueño y hospitalario (Piano y coros), luego Harlinson Lozano (maestro del saxo soprano); son cuatro sofás en donde también están cómodamente sentados Jhon Fredy Vivas (Cununos y Marimba), Daniela Vergara (Bajo), Álvaro Zapata (Tiple) y Carlos Sánchez, quien con un constante y acompasado tac, tac, trac ensaya las baquetas sobre uno de sus zapatos que en este momento hace de batería.
De frente, luego de estrechar la mano a todos, está Nidia Góngora. Tiene los ojos cerrados, está como meditando mientras recibe un masaje. Es la gran maestra de la música del Pacífico, una de las maestras, porque las hay y las hay grandiosas. Es cantadora, es compositora, es líder, es transformadora de viche, es amiga, dicen sus amigos; también es contundente, se ha movido sin miedo por la vida desde Timbiquí, desde el Pacífico en donde ha visto, ha aprendido, ha oído y ha dicho.
Nidia Góngora es la gran maestra de la música del Pacífico
Sobre todo, con un halo que escalofría, ha cantado y canta e hipnotiza con esa voz tan suya que semeja un tono mayor de la marimba de chonta. Esta entre los personajes de la revista Forbes, lo que no le cambia una gota de su canto a la tierra, y una orquídea lleva su nombre porque ella encarna cultura, naturaleza en vuelo.
Estoy justo en frente suyo en uno de los cuatro sofás de cuero, la mesa de centro con carantantas y un par de estupendas botellas de viche. Apuro un trago, observo, estoy sentado en un extremo de uno de los sofás como siempre, listo para salir corriendo sin plan ni rumbo, trato de guardar una fotografía mental de todo esto, y no hablo mucho porque ando tomado por un poco de timidez, quizá pasajera, quizá gozosa.
Cada uno entona una melodía, otros hablan, Harlinson con la risa de siempre ha dicho que se puso la camisa de hoy para el concierto porque en su armario hay menos ropa que en el del Chavo, pero así mismo mientras sostiene sobre sus piernas el saxofón que luego hará centellear, comenta de la memoria, de su andada con César por algunos lugares de riesgo y fuego cuando hicieron un trabajo para la Comisión de la Verdad. Es curioso, todos hablan o tararean melodías, pero desde ahí mismo están en sintonía y cada uno es capaz de seguir el hilo de lo que el otro pone sobre la mesa y agregarle algo de valor.
El camerino está más abajo del estupendo bar que parece New York, que parece Berlín, que también es Cali y Pacífico; Flores y Lechugas está lleno, con gente que presiente un gran concierto, ya es momento de salir, hay últimos repasos del repertorio entre Harlinson y Cristhian. Ahí va Nidia, la reciben con un rumor de alegría en estado puro que se tomará la noche entera.
Hay alucinación, el concierto empieza, la noche también, el camino también. Pronto Nidia Góngora se moverá entre cinco o más estados de Estados Unidos, el Pacífico, esa voz, la marimba, el hilo de la memoria se moverán en New York, en Filadelfia, Chicago, New Orleans y mucho más: un tour que hará revoluciones en la vida de todos durante un tiempo tan mágico como duro en el que se discute de pureza o de sincretismos, de dominaciones o solidaridades.
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