En 1945 el planeta no “fundó” la paz, salió vivo de la guerra. Con ciudades calcinadas y millones de muertos, las potencias inventaron una promesa mínima: que el poder tendría reglas, que la guerra sería excepción, que la dignidad humana no quedaría solo en epitafios.
Así nació la ONU, con su Carta y su idea de seguridad colectiva, pero la paradoja venía incrustada desde el comienzo, toda regla tiene su excepción: para que el sistema funcionara, había que sentar en la mesa a quienes podían romper el sistema si querían, entonces a la entrada les dieron una llave maestra para no quedar encerrados: el veto.
Desde entonces el veto bloquea las decisiones más importantes que pueden señalar o afectar a las grandes naciones que hacen de la guerra una razón de su existencia.
La Guerra Fría entonces convirtió ese orden recién nacido en un equilibrio tenso, dos polos, Washington y Moscú, ordenaban el mundo como se ordena un vecindario con dos pandillas grandes: no por amor a la convivencia, sino por temor a que el fuego se saliera de control. Hay que decir algo claro, el mundo entonces era bipolar la Unión Soviética y EEUU, pero a este lado del emisferii sino fuera por Cuba, podemos decir que la región era unioolar, con EEUU
El Derecho internacional crecía en tratados, pero la política real se jugaba en otros tableros: golpes, guerras por delegación, propaganda, inteligencia, petróleo. La ONU hablaba; el mundo decidía por fuerza o por miedo.
En los conflictos del mundo no puede olvidarse a Vietnam, pues fue uno de los golpes morales más duros para ese sistema unioolar, no solo por la sangre, sino por el mensaje: cuando una potencia se convence de que “su seguridad” justifica casi todo, el Derecho queda reducido a un discurso egoísta.
La caída de Saigón en 1975 terminó de fijar el símbolo de un imperio que podía ganar batallas y perder el relato, y de un orden que podía tener reglas y no poder imponerlas. Medio siglo después, la verdad recordaba que el final de esa guerra dejó millones de víctimas vietnamitas y decenas de miles de estadounidenses con profundas heridas morales, dejó, sobre todo, una cicatriz que aún determina cómo el mundo mira las “guerras necesarias”.
En esos mismos años el petróleo se volvió una especie de pulso cardíaco global pues Oriente Medio dejó de ser solo geografía y se convirtió en precio, en ruta, en estabilidad y crisis.
El Derecho internacional no escribe “petróleo” en sus artículos sobre el orden público mundial, pero el poder lo escribe en sus pies de página con sus decisiones. Y cuando la energía manda, la palabra que abre puertas es siempre la misma: seguridad y democracia. Esas palabras empezaron a funcionar como llave maestra para mover tropas, vender armas, sostener alianzas, hacer cambios de gobierno y justificar silencios.
En América Latina, la teoría de la soberanía se topó con su versión simplificada, pues en Panamá (1989) y la captura de Manuel Noriega (1990) no fueron solo un episodio regional, fueron una lección sobre el margen real de la no intervención cuando el hegemón decide que la droga, la democracia o la seguridad son razones suficientes para entrar.
La historia nos recuerda que la operación “Just Cause” se justificó con varios argumentos, entre ellos la lucha antidrogas, y terminó con Noriega entregándose tras refugiarse en la nunciatura. Para el Derecho, fue un debate; para la región, fue un precedente que se quedó vivo y demostró que la soberanía no es real, ella depende del visto bueno del país del Norte, empieza, se desarrolla y termina cuando ellos digan.
Cuba, a su manera, fue una anomalía que mantuvo un pie en el mundo bipolar incluso cuando el reloj parecía avanzar hacia otra época, pero esa excepción nace por las políticas americanas y se sostiene por su tolerancia, el costo de Vietnam no les daba margen en lo político para acabar con el régimen de Castro.
Ese régimen resistió décadas de embargo y mantuvo una influencia simbólica que, en el hemisferio, terminó influyendo de forma negativa como recordatorio de que las ideologías no mueren cuando cae un muro: mueren cuando dejan de ofrecer sentido. Esa persistencia, más allá de simpatías, alimentó narrativas, alianzas y tensiones que cruzaron décadas y tocaron el hemisferio con intelegicia, “ideologías rebeldes” y guerrillas.
Ocurrió el giro que parecía definitivo, la Unión Soviética se disolvió en 1991.
La década de los ochenta cerró con una sensación extraña ya que el Derecho internacional había producido más normas, pero el mundo seguía obedeciendo a la fuerza. Y entonces ocurrió el giro que parecía definitivo, la Unión Soviética se disolvió en 1991. No fue solo el fin de un país; fue el fin de un mapa mental. Se evaporó el mundo bipolar y apareció la ilusión del “momento unipolar” una hegemonía estadounidense que muchos confundieron con estabilidad permanente.
Ahí, si uno mira hacia atrás, se ve la primera grieta psicológica del orden de posguerra: cuando desaparece el contrapeso, el vencedor suele creer que el sistema es suyo. Y cuando el sistema parece “propiedad”, el Derecho deja de ser límite y se vuelve ornamento. Lo que vino después fue justamente eso, un mundo que creyó haber salido del siglo de la fuerza… para descubrir, con dolor, que solo lo había pausado.
@Hombrejurista
Del mismo autor: El modelo del mundo que dejó la Segunda Guerra Mundial ha muerto
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