Por baja matrícula y deudas insostenibles el primero en clausurar fue el Simón Bolívar, le siguió el religioso San Fason y acaba de hacerlo el María Santa Soledad

 - El colegio militar Simón Bolivar nunca logró volver a abrir sus puertas, otros dos grandes acaban de cerrar

En distintos puntos de Bogotá, tres colegios que durante décadas fueron referentes para miles de familias apagaron sus luces casi al mismo tiempo. No eran instituciones iguales entre sí. Uno llevaba uniforme y formación militar; otro estaba guiado por una comunidad religiosa femenina; el tercero nació del esfuerzo de un barrio popular que necesitaba aulas para sus hijos. Los tres, sin embargo, terminaron enfrentando el mismo problema: no pudieron sostenerse.

De ellos tres, el primero en cerrar fue el Colegio Militar Simón Bolívar, fundado en 1977 por el coronel Camilo Acevedo Vélez. Durante 43 años funcionó en el barrio Normandía, en la localidad de Engativá, ocupando una manzana completa. Allí se formaron más de 750 estudiantes en sus últimos años de operación. El colegio ofrecía educación desde preescolar hasta bachillerato, pero se distinguía por su énfasis castrense. En 1982 recibió la aprobación del Ministerio de Defensa para impartir instrucción militar en los grados noveno, décimo y once. Bajo la dirección posterior de Jairo Serrano Pinzón y Betty Rubio de Serrano, consolidó su reputación como una institución exigente, con disciplina estricta y resultados académicos destacados. En 2007 obtuvo un reconocimiento iberoamericano a la excelencia educativa.

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La pandemia de COVID-19 marcó el punto de quiebre. Para noviembre de 2020, el colegio acumulaba una deuda cercana a los 900 millones de pesos, equivalente al 50 por ciento de las pensiones adeudadas por padres de familia durante hasta ocho meses. La virtualidad no compensó la caída de ingresos y la institución cerró definitivamente. Algunos miembros de la comunidad hablaron entonces de problemas jurídicos sobre el predio, pero las directivas negaron que ese fuera el motivo determinante. Cinco años después, el lote tiene otros usos proyectados y en la comunidad circula la versión de que allí funcionará una fundación para niños.

Mientras tanto, al norte de la ciudad, en la calle 170 con carrera 17, otra historia llegaba a su fin. El Colegio San Fason de Bogotá, fundado en 1935 por las Hermanas de la Caridad Dominicas, cerró después de 90 años de funcionamiento. Durante nueve décadas formó principalmente a niñas bajo un modelo educativo católico que combinaba rigor académico con orientación religiosa. Su campus amplio fue referencia en esa zona de la ciudad. Las religiosas no pudieron sostener la operación frente a la reducción de matrícula y el aumento de costos. El cierre se sumó a una lista creciente de instituciones privadas que han desaparecido en la capital.

Los datos confirman que no se trata de casos aislados. En los últimos seis años, cerca de 400 colegios privados han cerrado en Bogotá. En 2020 había 503.512 estudiantes matriculados en instituciones privadas; en 2024 la cifra descendió a 431.138, una reducción del 14 por ciento. A nivel nacional, más de 6.200 colegios privados dejaron de funcionar en el mismo periodo. El fenómeno comenzó con la pandemia, pero no se ha revertido. La Organización Distrital de Rectores de Colegios Privados ha advertido que cada año más instituciones entran en riesgo por falta de estudiantes.

El factor demográfico pesa.

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Según cifras del DANE, Bogotá registró en 2024 un 45 por ciento menos nacimientos que en 2015. Pasó de 102.795 nacimientos a 56.541 en menos de una década. Menos niños implican menos matrículas. A esto se suma el impacto económico. Para 2026 el Ministerio de Educación autorizó un incremento del 7 por ciento en matrículas y pensiones, mientras el salario mínimo subió 23 por ciento. Muchos colegios privados atienden familias de estratos 1, 2 y 3, que enfrentan dificultades para cubrir esos costos. La mora en el pago de pensiones se volvió frecuente.

Ese fue el escenario que terminó afectando al Colegio María Santa Soledad, en el barrio Veraguas Central, en la localidad de Puente Aranda. Fundado en 1974 por Isolina Prada de Moreno, Luis Edgar Moreno y la Junta de Acción Comunal, nació para suplir la falta de oferta educativa en la zona. Era un colegio privado con enfoque católico y pedagogía constructivista. En sus mejores años llegó a tener 550 estudiantes.

La institución cambió de sede en 1980 y 1981. En 1983 fue adquirida por Gloria Inés Restrepo. Cuatro años después, Pedro Hugo Heredia Sánchez asumió la rectoría y le dio el nombre con el que se conoció durante décadas. Bajo su dirección se fortaleció el preescolar y se consolidó un proyecto educativo centrado en la inclusión y la participación activa de los estudiantes.

Con el tiempo, la matrícula comenzó a disminuir. Los gastos básicos —salarios de docentes, arriendo del inmueble, mantenimiento— siguieron aumentando. Las pensiones no siempre se pagaban a tiempo y muchas familias acumulaban mora. A comienzos de 2026, tras 50 años de funcionamiento, el colegio cerró definitivamente. Sus instalaciones quedaron vacías.

El impacto de estos cierres va más allá de las cifras. Cada institución representaba una comunidad, una tradición y una red de vínculos. En el Simón Bolívar se formaron generaciones bajo disciplina militar. En el San Fason, miles de mujeres pasaron por aulas dirigidas por religiosas. En el María Santa Soledad, familias de un barrio obrero encontraron durante medio siglo una opción educativa cercana y accesible.

El panorama no es alentador. Otros colegios están en situación crítica. Algunos atraviesan procesos legales de reorganización y otros intentan reinventarse bajo nuevas rectorías para evitar la liquidación. La presión demográfica, el aumento de costos y la competencia de modalidades virtuales más económicas siguen golpeando al sector.

Bogotá mantiene 1.282 instituciones privadas reguladas por la Secretaría de Educación. Pero la tendencia muestra que el modelo enfrenta un ajuste profundo. Lo que ocurrió con estos tres colegios resume una transformación silenciosa: menos niños, menos matrículas, más costos y una estructura que durante décadas funcionó con relativa estabilidad y que ahora está en peligro.

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