Seguramente muchos han oído hablar de la metáfora del caballo muerto, que de manera satírica describe la insistencia inútil en un proyecto o estrategia que ya fracasó. En lugar de aceptar la realidad y cambiar de rumbo, se aplican soluciones erróneas como cambiar al jinete o comprar látigos más fuertes, cuando lo lógico sería desmontar y ensillar un nuevo caballo.
El partido del expresidente Álvaro Uribe Vélez encarna esta metáfora, pues todo el país ha sido testigo de las convocatorias a la ciudadanía que realiza el propio exmandatario junto a su candidata Paloma Valencia, pero que en definitiva no logran llenar ni una cancha de microfútbol en los barrios populares, como se evidenció en su más reciente aparición en Valledupar. Ese hecho expone la decadencia de la colectividad del expresidente.
Se avizora a la distancia el ocaso del patrón. Quizás esa misma lectura la hizo la familia Lafaurie–Cabal, que no ocultó la intención de quitarle la montura al antiguo caballo para ponérsela a un tigre que, sin embargo, puede correr la misma suerte, pues tampoco logra conectar con el elector. En sus correrías se evidencia que la gente ya no cree en las tesis que en otro tiempo parecían convincentes, pero que hoy desconocen que la política también evoluciona y plantea nuevas necesidades que deben atenderse según la capacidad de gestión y el compromiso real de los liderazgos con su pueblo.
Es lamentable que el partido político de oposición más combativo haya tenido que sacar a la calle a su propio fundador para intentar levantar el interés de una sociedad que en el pasado lo mostró como el hombre valiente que desafiaba a los criminales y enfrentó la reagrupación de la izquierda en América Latina. El mismo que no dudó en bombardear un campamento guerrillero en el vecino país del Ecuador, que increpó en diferentes cumbres a presidentes de izquierda sin sonreír. Hoy lo vemos recorriendo las calles de los pueblos de Colombia, rogando el voto como único favor para llevar a la presidencia a su ungida Paloma Valencia.
Es hora de reconocer que las mismas estrategias ya no funcionan, de aceptar el desgaste físico e ideológico tanto de la militancia como de sus seguidores. Tal vez esa impotencia interna, al ver que no repuntan en las encuestas, ha llevado a peleas entre ellos mismos y amenaza con descarrilar definitivamente al partido. Hay quienes aseguran que las movidas políticas de algunos militantes, al pedir la escisión de la colectividad, buscan crear un nuevo movimiento sin perder los principios del viejo partido. Es decir, reencarnar en un cuerpo ajeno con tal de salvar no un legado, sino un recuerdo que los llevó a convertirse no en el partido más importante, sino en el de mayores escándalos en la historia de la nación.
El tiempo se les agota, pero aún insisten en revivir al viejo caballo, que ya se echó al piso y que, en vez de inspirar fuerza y victoria, solo provoca lástima. Los sumerge en los recuerdos de sus años gloriosos, cuando el expresidente representaba al caballo fuerte, al jinete diestro que cabalgaba no solo en el cariño de su pueblo, sino también en el temor que imponía.
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