En una Economía Social de Mercado, como la que se consagró en la Constitución Política de Colombia, el precio de los productos y servicios es un indicador clave para la asignación de los recursos productivos, de modo que la sociedad y cada uno de sus miembros estén en la mejor situación económica posible.
Los recursos con que contamos para satisfacer las necesidades de todos los colombianos son limitados y, por ello, lo que se debe lograr es que cada insumo productivo, cada hora de trabajo, cada peso, se destinen a aquello que se precisa, para que genere el mayor bienestar posible y para que ese bienestar se distribuya del modo más equitativo.
Los colombianos creemos que eso se logra permitiendo que el mercado opere. En esa operación, a no dudarlo, los precios son la brújula que permite que el barco del aparato productivo vaya a donde debe ir. Y, obviamente, para que los precios cumplan su función, deben responder a los verdaderos nortes y no pueden ser afectados artificialmente, ni por prácticas restrictivas de la competencia ni por intervenciones estatales erradas.
En ese contexto, el de un mercado libre, un precio alto da señales. Indica que las personas están demandando ese bien o servicio. Y mucho. Muestra que los consumidores están dispuestos a pagar por ello más de lo que pagarían por otras cosas. Eso ocurre cuando hay escasez, cuando la disponibilidad de esos bienes o servicios no es suficiente para la comunidad que los necesita. Al suceder esto, los consumidores le reconocen a los empresarios que se ocupan de esa actividad una rentabilidad mayor a la que, en el mismo período, estarán obteniendo otros empresarios en otros sectores. Esos empresarios son, entonces, temporalmente más exitosos que los demás.
Frente a una situación así, otros empresarios, ansiosos de compartir ese éxito y de ser también exitosos, dirigirán sus esfuerzos y recursos a esa actividad y, con ello, se incrementará la cantidad de ese bien o servicio que se ofrece. Esto causará que aumente la oferta y que, por lo mismo, se vaya reduciendo el precio. Ese incremento de la oferta y la consecuente reducción de precios se dará hasta el nivel en el que ya no sea mejor negocio ese que los otros, lo cual ocurre cuando existe exactamente la cantidad óptima de ese bien o servicio respecto de todos los demás, habida la disponibilidad de insumos para la producción y provisión de todos.
Cuando un precio es muy bajo, no todo son buenas noticias
En ese mismo contexto, en el de una economía de mercado, cuando un precio es muy bajo, no todo son buenas noticias. Un precio demasiado bajo alerta que se está produciendo en exceso ese bien o servicio y que, por ello, los consumidores ya no lo valoran más. Indica que a la sociedad “se le fue la mano” destinando recursos productivos a ese sector. Que hay demasiado de eso. Y alerta, además, porque como los insumos productivos son limitados, representa una angustia: esos recursos estarían mucho mejor empleados en otras actividades, en otros sectores para los que sí hay déficit de oferta.
Eso lo leen nuestros empresarios, quienes salen de ahí y dirigen sus emprendimientos a donde sí existen necesidades de la sociedad que están insatisfechas o insuficientemente satisfechas.
Es un círculo virtuoso. Lleva a que cada cosa se use de la manera que mejor sirve a los individuos y a la comunidad. Para que ese círculo sí sea virtuoso, no puede ser alterado artificialmente. Cada alteración, como lo he explicado, no solo es nefasta para los productores y los consumidores del bien o servicio afectados, sino que resulta terrible para la eficiencia del sistema económico en su integridad, perjudicando con ello a todos los colombianos.
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