Imboo, la esmeralda gigante que superó a Fura que encontró Víctor Carranza y sacudió el mercado mundial

Extraída en Zambia y subastada en Bangkok, la piedra de 11.685 quilates marcó un nuevo hito en el negocio global de las esmeraldas

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enero 10, 2026
Imboo, la esmeralda gigante que superó a Fura que encontró Víctor Carranza y sacudió el mercado mundial

La esmeralda Imboo se vendió sin hacer ruido. Dos millones de dólares, una subasta privada, un comprador desconocido y una piedra que, por su peso, acaba de alterar el pequeño ranking simbólico de las grandes esmeraldas del mundo. Ganó en silencio. Le ganó incluso a la colombiana Fura, durante años una referencia inevitable cuando se hablaba de gigantismo verde. Imboo pesa más. Y ese dato, en este negocio, no es menor.

La escena ocurrió lejos de Zambia, donde fue extraída. Ocurrió en Bangkok, entre agosto y septiembre de 2025, en una subasta organizada por Gemfields, una de las compañías que hoy define el pulso global del mercado de esmeraldas. La venta fue exitosa en términos generales: todos los lotes ofrecidos encontraron comprador y la recaudación total superó los 30 millones de dólares. Pero Imboo fue otra cosa. No era un lote más. Era la pieza que concentraba las miradas, la que justificaba el viaje, la que se observaba con una mezcla de cálculo financiero y asombro físico.

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Imboo fue extraída el 25 de agosto en la mina de Kagem, en Zambia, una operación controlada en un 75% por Gemfields y en un 25% por el Estado zambiano. Su nombre significa búfalo. No es una metáfora poética, es una descripción funcional. La piedra pesa 11.685 quilates y conserva una integridad estructural poco habitual para un cristal de ese tamaño. No es solo grande: está entera. Eso explica su valor y su rareza.

En el mundo de las grandes esmeraldas, el peso importa tanto como la historia. La Teodora, hallada en Brasil, sigue siendo la más pesada que se conoce: 57 mil quilates. Es casi una anomalía geológica, una pieza que parece pensada más para museos que para joyeros. En Colombia, la historia reciente estuvo marcada por dos nombres: Fura y Tena, las esmeraldas descubiertas en Muzo que pertenecieron a Víctor Carranza. Fura, la más conocida, pesa alrededor de 11 mil quilates. Durante años fue presentada como una de las más grandes del planeta. Imboo la supera. No por un margen espectacular, pero sí lo suficiente para desplazarla del relato.

Ese desplazamiento no es solo simbólico. Habla de un cambio silencioso en el mapa global de las esmeraldas. Zambia, durante décadas considerada una alternativa secundaria frente a Colombia, hoy aparece como un actor central. Kagem es la mina de esmeraldas más grande del mundo en operación industrial. Desde 2009, sus subastas han generado más de 1.100 millones de dólares. No es un fenómeno reciente ni un golpe de suerte. Es una política sostenida de control de oferta, trazabilidad y venta estructurada.

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La historia de Imboo también está atravesada por decisiones empresariales. A comienzos de 2025, Gemfields suspendió la actividad en la mina Kagem. La decisión se tomó porque para ese momento había mucha esmeralda en el mercado y la demanda no era la mejor. El precio, ese termómetro implacable, no justificaba seguir extrayendo. Meses después, una subasta positiva permitió reabrir dos frentes mineros. Imboo apareció en ese contexto, como una confirmación material de que la apuesta no había sido errada.

La piedra se vendió por cerca de dos millones de dólares. No hay confirmación oficial, pero las estimaciones del sector coinciden. Tampoco se conoce quién la compró. En este negocio, el anonimato es parte del trato. Lo que sí se sabe es que todo el ingreso será repatriado a Zambia y que el Estado recibirá las regalías correspondientes. Es un modelo que busca legitimar la minería de gemas en un mundo cada vez más atento al origen de lo que consume.

Gemfields conoce bien ese equilibrio. Desde 2015 opera también en Colombia, en minas de Boyacá como Coscuez, un territorio cargado de historia, conflictos y esmeraldas legendarias. La empresa ha intentado trasladar allí el mismo esquema aplicado en África: control, transparencia, subastas formales. No es una tarea sencilla en un país donde la esmeralda fue durante décadas sinónimo de informalidad y violencia. Pero ese cruce entre Zambia y Colombia, entre Kagem y Boyacá, hoy es parte del mismo relato empresarial.

Imboo no será tallada de inmediato. Tal vez nunca lo sea. Algunas piedras existen para demostrar que la tierra todavía puede sorprender. Su valor no está solo en lo que podría convertirse, sino en lo que ya es: una masa verde que desafía escalas, que reorganiza rankings y que confirma que, incluso en un mercado saturado de cifras, hay hallazgos que todavía logran detener la mirada. En silencio, sin épica declarada, una esmeralda africana acaba de pesar más que una colombiana. Y ese dato, simple y frío, dice mucho más de lo que parece.

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