Santos: ¿por qué no te callas?
Opinión

Santos: ¿por qué no te callas?

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octubre 14, 2013
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La semana pasada el Gobierno Nacional decretó una nueva prima para nuestros honorables congresistas. Con la medida se buscó restablecer su recién disminuido sueldo por el Consejo de Estado evitando futuras y más costosas demandas. Pese a su justificación, el país se enfureció con la noticia. Llovieron los análisis sobre la desproporción de los sueldos que, de nuevo, no aumentaron sino que se restauraron. Ya hace un mes eran absurdos. Lo que hizo el presidente fue evitar un absurdo mayor. Es su labor. Lo que no es su labor es seguirse enemistando con la opinión pública. ¿Por qué no esperó a que algún funcionario demandara y hacer que este cayera en desgracia?

“Y todo ese salario se paga con nuestros impuestos; ¡con nuestra plata!”, fue la frase del momento. ¿Cuánto cuesta el salario de un congresista? Quizá el 0,0001% de los ingresos totales de la nación. Quizá mucho menos. Y ciertamente menos que el beneficio que traerá, pese a todas sus modificaciones, la reforma a la salud y, si es que llega a salir adelante, el marco para la paz. ¿Se compró con ese aumento las reformas? Obvio que no. Un congresista necesita 2.000 millones para campaña, su sueldo no lo compensa: ni ese ni uno tres veces mayor. Si el Gobierno necesita “aceitar el Congreso” un aumento de 7 millones no le basta.

Sin embargo, la pregunta de fondo está justo ahí: ¿por qué el salario indigna más que el “cómo voy yo” de la repartición de puestos y contratos? ¿Por qué indigna más que el conocimiento cierto de que el Congreso es corrupto y que el Ejecutivo tiene la corrupta voluntad de comprarlo? ¿Qué tiene el salario de especial si le cuesta menos al país que la radical incompetencia de sus funcionarios? Es fácil: el salario es algo que todo el mundo puede medir: la mayoría del país recibe salario —formal o informal— y  suman y multiplican, y se dan cuenta de que, con respecto al suyo, el otro es injusto.

¿Es injusto absolutamente? No. El fastidio a los ingresos del legislativo no solo tiene que ver con la desproporción. Cuando se dice que Arturo Calle pasó de pequeño sastre a dueño de un imperio de confecciones el resentimiento no es igual. El rechazo frente a los congresistas es que no juegan con las reglas de juego de la mayoría. Que son unos ladrones legales. Y si hay excepciones, son únicamente la comprobación de la regla. Pese a ello, se les premia con lo que todo el mundo espera recibir: un aumento sobre un salario ya inmenso y una pensión garantizada.

Hay muy pocas cosas que indignan al país por igual, independientemente del estrato, del género, de la raza, del lugar de origen, o de cualquier otra consideración. Es muy difícil encontrar algo que enerve homogéneamente a todo el inconsciente colectivo del país. Para lograr algo así hay que perder a San Andrés. Pero San Andrés es un asunto complejo, y sobre todo, involuntario. ¿Qué tiene que estar pensando un presidente para decidir, por iniciativa propia, enfurecer al agregado nacional?

Es tan desacertado el manejo de la opinión pública del presidente, que si se moviera la casa de Nariño a Oymakon y se enterrara bajo hielo, su popularidad comenzaría a subir. Entre otras, porque nos ahorraríamos la vergüenza profunda de tener que escucharlo tartamudear frases que comparan el muy delicado proceso de paz con una morcilla.

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