Por qué soy ateo y no agnóstico
Opinión

Por qué soy ateo y no agnóstico

Una sociedad es sana solo en la medida en que garantice que cada quien se sitúe en el lugar que a bien tenga frente a sus creencias

Por:
octubre 19, 2015
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La respuesta a una pregunta tan personal no puede ser más que estrictamente personal y, si bien puedo explicar la razón que me conducen a definirme como ateo y no como agnóstico —y eso es lo que intentaré—, me impongo aclarar antes de hacerlo que esa explicación no tiene necesariamente una aplicación en el contexto de otra experiencia vital diferente a la mía, ni constituye una recomendación o un catálogo de verdades heredables.

Dicho esto, paso a responder la pregunta que alguien muy cercano y muy querido me hizo en los pasados días y a intentar hacerlo de la forma más clara posible.

El tránsito de la creencia religiosa a la absoluta carencia de ella fue, en mi caso como  en la mayoría de los que conozco, un proceso gradual de acumulación de lecturas, estudios y análisis consientes que me condujeron por una parte a la conclusión razonada sobre lo lógica que resultaba la duda con relación al concepto de un dios creador y por otra a la sensación cierta de la pérdida de esa fe ciega en la figura divina que se me inculcó de niño.

Pero una vez instalada y cimentada esa duda, la ruta de la autodefinición tenía dos posibilidades: ¿era agnóstico o era ateo?

La postura del agnóstico siempre me pareció honesta y defendible: sobre si existe o no un dios, puedo constatar la inexistencia de evidencias en ambos sentidos y desde esa perspectiva me siento obligado a decir “no sé”.

Para quien había recorrido un trecho en la valoración de la duda como la punta de lanza del progreso, la postura del agnóstico resultaba más que entendible. De hecho era la más atractiva de todas: se trataba de cierta forma de exaltación de la duda que terminaba por convertirla en la conclusión misma.

Sin embargo, el corto período en el que me reconocí como agnóstico terminó con algunas lecturas adicionales y, sobre todo, con el ejercicio de comparar nuestra postura religiosa con los muchos otros conceptos no religiosos a los que nos vemos enfrentados y frentea los cuales debemos plantear nuestra adhesión, nuestra negación o nuestro agnosticismo.

Tomemos cualquiera de esos conceptos: el de los unicornios, por ejemplo.

No existe evidencia alguna de la existencia de los unicornios. Existen, sí, algunos dibujos en libros y algunas historias fantásticas, pero ninguna prueba constatable y verificable. Del mismo modo no existen pruebas fehacientes de su inexistencia.

Tal parecería, entonces, que la postura más sensata es que nos declaráramos agnósticos con relación a la existencia de los unicornios. Sin embargo es estadísticamente insignificante el número de personas que considera posible la existencia de estos bellos equinos cornados y la práctica totalidad asumimos, sin grandes conflictos, la negación de su existencia como la respuesta más lógica.

Y sucede igual con la hadas, con los gnomos, con los centauros y con las sirenas: la respuesta que al ser pensante promedio le resulta intelectualmente honesta es la de negar su existencia y no otra.

El hallazgo de esta incongruencia en el raciocinio de tantas personas que se declaran ateos con relación a los centauros, pero agnósticos con relación a dios, me condujo al entendimiento de lo que realmente entrañaba la postura del agnóstico.

Sobre el no sé del agnóstico, se edifica un discurso que asigna una probabilidad igual a la existencia que a la no existencia.  Es decir: lo que realmente dice el agnóstico es “considero que existe 50% de probabilidades de que exista dios y 50% de probabilidades de que no exista”.

Ese equilibrio tan políticamente correcto se puede sostener ante preguntas de tipo ordinario, como ¿habrá petróleo en Chigorodó?, o ¿existe un mamífero no descubierto aún en la Sierra de la Macarena?, pero no se puede defender de un modo intelectualmente honesto ante cuestionamientos que entrañen una subversión total del orden de la naturaleza como ¿existe una especie de caballos con alas?, o ¿existe un ser superior que nos ha creado, que conoce el pensamiento individual de cada uno de nosotros y que tiene la posibilidad de modificar las leyes de la física para favorecernos, si se lo pedimos con fervor?

Las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Esto parece resultar muy obvio para la mayoría de los seres humanos cuando esas afirmaciones se refieren a gnomos, hadas, centauros o unicornios, pero no cuando atañen al tema de los dioses. Y ello ocurre así no porque haya más o menos pruebas de la inexistencia o de la existencia de lo evaluado en uno o en otro de los casos, sino porque decidimos excluir a la religión de la evaluación del raciocinio.

Mi conclusión no tardó en llegar. Existen el mismo número de pruebas tangibles tanto de la existencia como de la inexistencia de dios: cero. Pero de la misma forma en que no estoy dispuesto a otorgarle el mismo porcentaje de probabilidad a la existencia que a la inexistencia cuando pienso en los cíclopes, no considero que sea intelectualmente honesto hacerlo cuando se trata de los dioses. Por eso soy ateo y no agnóstico.

No creo que declararse creyente, agnóstico o ateo haga mas feliz o infeliz a alguien, mucho menos que lo convierta en un ser humano mejor que otro. De hecho, creo que una sociedad es sana solo en la medida en que garantice la posibilidad de que cada uno de sus integrantes se sitúe en el lugar que a bien tenga frente a sus creencias.

Lo que sí me permito, desde mi limitada experiencia, es aventurar dos afirmaciones: que son poquísimas las personas que evalúan sus creencias desde una perspectiva crítica y que esas personas no suelen estar precisamente en el grupo de los creyentes.

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