Hay flores que parecen hechas para durar poco. Se cortan en la mañana, pasan por una sala después de la cosecha, entran a una cámara fría y empiezan un viaje contra el reloj. Durante décadas, en la floricultura colombiana, ese viaje tenía una respuesta casi obligada: un avión.
Carlos Manuel Uribe Lalinde decidió probar que había otra manera.

Cuando llegó a la gerencia de Flores El Capiro en 1999, la empresa llevaba casi dos décadas cultivando flores en el Oriente Antioqueño. Con el paso de los años, su apuesta terminó cambiando una parte del negocio: en lugar de depender casi por completo del transporte aéreo, Capiro desarrolló una operación de contenedores refrigerados para que sus crisantemos pudieran pasar semanas en alta mar y llegar al otro lado del mundo todavía en condiciones de ser vendidos.
Hoy, entre el 90 % y el 92 % de las exportaciones de la compañía salen por vía marítima. Son entre 15 y 25 contenedores refrigerados cada semana, con capacidad para transportar cerca de 100.000 tallos cada uno. En temporadas como San Valentín o el Día de la Madre, cuando el mercado internacional se mueve con mayor intensidad, el número aumenta.
La apuesta parece sencilla cuando se cuenta el resultado. El problema es que una flor no espera.
Para que un crisantemo cultivado en La Ceja pueda terminar en un florero en Europa, Asia o Australia después de varias semanas de viaje, Capiro tuvo que cambiar mucho más que el medio de transporte.
La empresa que terminó especializándose en una sola flor
La historia comenzó en 1982, cuando la empresa inició operaciones bajo el nombre de Geranios. Tres años después empezó a diversificar su producción hacia flores de corte como rosas, claveles y crisantemos.
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En 1997, llegó el nombre que hoy es reconocido en los mercados internacionales. Geranios adquirió una compañía que ya operaba bajo la razón social Flores El Capiro —nombre inspirado en el cerro tutelar de la región— y decidió conservarlo por considerarlo más conveniente para el negocio.
La empresa había encontrado su lugar en el Oriente Antioqueño, principalmente entre Rionegro, La Ceja y Marinilla, a más de 2.100 metros sobre el nivel del mar.
Mientras buena parte de la floricultura colombiana se concentró históricamente en la Sabana de Bogotá y construyó una fuerte tradición alrededor de rosas y claveles, Capiro terminó tomando otro camino: se especializó en crisantemos cultivados bajo invernadero.
Esa decisión acabaría convirtiéndose en su principal fortaleza.
Carlos Manuel Uribe llegó a la gerencia en 1999. Es ingeniero de Producción de EAFIT, tiene un MBA de Southern New Hampshire University y cursó Alta Gerencia en la Universidad de los Andes, además de programas relacionados con innovación agropecuaria en Wageningen, Países Bajos. Desde 2011 también preside la junta directiva de Asocolflores.
Uno de los mayores retos que encontró en Capiro no estaba solamente en cultivar más flores. Estaba en cómo hacerlas viajar.
Del invernadero antioqueño al barco trasatlántico
Un crisantemo que va a cruzar un océano no puede tratarse igual que uno que será vendido a pocos kilómetros de donde fue cultivado.
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La flor se corta en un momento específico, cuando el botón todavía está cerrado y firme. Después pasa por clasificación, hidratación y un proceso de preenfriamiento que lleva el tejido vegetal a temperaturas de entre 1 °C y 4 °C.
Luego, se empaca y entra a los contenedores refrigerados que mantendrán las condiciones durante el trayecto marítimo.
La cadena empieza incluso antes del corte. Capiro trabaja con material vegetal proveniente de cultivos de tejidos y desarrolla su propia propagación en bancos de plantas madre.

También ha incorporado control biológico de plagas. Para enfrentar, por ejemplo, la arañita roja, utiliza el ácaro depredador Phytoseiulus persimilis.
Dicho proceso responde a una pregunta muy concreta: ¿cómo lograr que una flor colombiana llegue viva después de 20, 28 o incluso 30 días de viaje?
La respuesta terminó siendo una combinación de cultivo, poscosecha, frío, empaque y logística.
Capiro cuenta actualmente con ocho centros productivos y cerca de 150 hectáreas bajo invernadero, principalmente en La Ceja y Rionegro. Produce entre 230 y 300 millones de tallos al año y sostiene una planta cercana a los 2.500 trabajadores directos.
Con esa escala, el barco dejó de ser un experimento.
El transporte marítimo puede reducir entre 40 % y 50 % el costo del flete frente al aéreo y, al mismo tiempo, disminuir de manera considerable las emisiones asociadas al traslado. Sin embargo, el ahorro solo tenía sentido si las flores llegaban en buenas condiciones.
Y lo consiguieron. Capiro mueve sus exportaciones principalmente a través de los puertos de Santa Marta y Cartagena y trabaja con navieras como Maersk, CMA CGM y Hapag-Lloyd. La empresa incluso alcanzó el embarque de su contenedor marítimo número 10.000 desde Santa Marta, con destino a Róterdam.
La ruta del crisantemo a Europa, Lejano Oriente y Australia
El viaje de esas flores permite entender hasta dónde llegó aquella apuesta que comenzó hace más de dos décadas.
El Reino Unido representa alrededor de la mitad de sus exportaciones. El resto se distribuye entre mercados como Alemania, Estados Unidos, Chile, Australia, Canadá, Japón y España.
En Australia, uno de los destinos más exigentes por sus controles de bioseguridad, Capiro consiguió introducir sus flores por vía marítima. Japón también somete el producto a estrictos controles, mientras que en Europa la compañía compite en un mercado donde Países Bajos tiene una de las industrias floricultoras más fuertes del mundo.
Los reconocimientos terminaron llegando desde ese mismo escenario internacional. En 2017, Capiro recibió en Alemania el premio de Oro como Productor Internacional del Año en la categoría de Flor de Corte y el “Gold Rose” al mejor productor del año, otorgados por la AIPH.
En 2026 volvió a aparecer entre los finalistas mundiales de los premios IGOTY. Sin embargo,hay una parte de la historia que no cabe en los contenedores ni en las cifras de exportación.
Empleo para madres cabeza de hogar entre sus apuestas
Los cerca de 2.500 empleos directos de Capiro tienen un peso especial en las zonas rurales del Oriente Antioqueño, donde buena parte de la contratación se concentra en mujeres. La empresa también cuenta con programas de educación financiera, fondo de empleados y mecanismos para facilitar el acceso de sus trabajadores a vivienda.

En 2024, recibió además la certificación como Empresa B, después de obtener 81,7 puntos en la evaluación de impacto B. A esto se suman certificaciones como Carbono Neutro, Florverde Sustainable Flowers, Rainforest Alliance y Global G.A.P.
La historia de Capiro comenzó en 1982 con unos primeros cultivos en el Oriente Antioqueño. Hoy, sus flores salen de allí en camiones refrigerados, llegan a los puertos de la costa Caribe y emprenden viajes que pueden durar un mes hasta alcanzar un florero a miles de kilómetros.
Y en el centro de esa transformación hay una idea que hace 25 años parecía casi contradictoria: si una flor colombiana estaba condenada a ganarle la carrera al tiempo, había que encontrar la manera de hacer que el tiempo jugara a su favor.
Carlos Manuel Uribe apostó por el barco y los crisantemos de Capiro terminaron cruzando el mundo.
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