Las obras estaban en la Taberna del Ahorcado, donde nació la Bienal de Coltejer, y fueron recuperadas por Rodolfo Vallín, quien las llevó al Museo de Antioquia

 - Fue un mexicano quien rescató de un sótano en Medellín los primeros murales que pintaron Botero y Obregón

Debajo del gran sofá rosado, con patas de madera, se escondía en el piso una tapa metálica con herraje circular. Por ahí se bajaba a la misteriosa y secreta Taberna del Ahorcado. Aunque “taberna” sugiere un espacio abierto al público, en realidad era un lugar exclusivo para artistas, por donde pasaron desde Fernando Botero hasta Gabriel García Márquez.

El lote donde estaba la casa se llamaba Takna, que en lenguaje quechua significa “Yo impero en este lugar”. Allí imperaba el arte. Ni siquiera los árboles que se caían se salvaban de este influjo, pues una vez en el piso eran intervenidos con pintura y pincel. Del mismo modo, por los potreros tampoco era extraño que hubiera esculturas de Rodrigo Arenas Betancourt o de cualquier otro, habitando aquel variopinto lugar.

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Aunque se sabe que Leonel Estrada, odontólogo y poeta, le puso Takna a su hogar en honor al novelista Robert Louis Stevenson y su libro La isla del tesoro.

Al mítico lugar llegó en 2019 el mexicano Rodolfo Vallín con la misión de rescatar de las paredes de la Taberna del Ahorcado los murales que grandes artistas como Botero, Obregón, Negret, entre otros, pintaron en las noches y madrugadas de bohemia cuando apenas iniciaban sus carreras.

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Una de las anécdotas que ocurrieron en Takna fue cuando el crítico uruguayo Aristides Meneghetti fue agredido durante un debate sobre arte moderno.

Un carrusel de caballos entre los primeros Boteros de la historia

Aunque Takna debió haber sido conservada como patrimonio cultural de Medellín, pocos sabían o se interesaban por lo que ocurría en el sótano de esa casa. Los únicos testigos directos fueron los herederos de Leonel Estrada y María Helena Uribe, quienes quisieron mantener la casa a toda costa hasta que el impuesto predial exprimió aquel noble deseo.

Entre un sinnúmero de pintorescas anécdotas, seguramente el acontecimiento más importante que ocurrió en este lugar fue el nacimiento de las bienales de Coltejer. María Helena, una gran escritora paisa que no abandonó la pipa hasta que un día la Virgen María le cumplió el milagro de dejar de fumar, era hija de Rodrigo Uribe Echavarria, uno de los empresarios más importantes en el desarrollo industrial de Medellín, y quien financió las bienales de arte Coltejer, la empresa familiar que presidió hasta 1974.

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Cuando Rodolfo Vallín bajó por las escaleras metálicas de Takna, se encontró con un carrusel de caballos de dos metros pintado por un temprano Botero en 1955; una de las grandes obras de Obregón, de 2,5 metros, llamada Nacimiento de un cóndor, de 1964; un mural de dos metros, hermano de La cámara del amor, de Luis Caballero, obra con la que ganó la bienal de 1968. 

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No era tarea sencilla despegar la pintura de las paredes antes de que las constructoras ansiosas de aplanar y levantar las costosas torres de apartamentos los demolieran. Por esta razón, el prestigioso restaurador utilizó la técnica stacco a massello. Dicha técnica es italiana y viene de los siglos XVIII y XIX, consiste en retirar la pintura con un pedazo de pared incluido.

En este trabajo, el restaurador Vallín se demoró dos meses. Los murales fueron trasladados al Museo de Antioquia, se instalaron en una sala que se llamó Takna, en honor al lugar de origen de las obras.

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Cuando se robaron las piezas más valiosas de Takna

En total, al Museo de Antioquia llegaron 75 obras de Takna entre vajillas, cerámicas y pinturas. Otras se perdieron, otras se las robaron, tal como ocurrió en 1981 cuando se saquearon gran parte de las obras más importantes de la casa.

Teleantioquia transmitió un programa en el que entrevistaron a Leonel, quien mostró las obras de su casa. Al día siguiente un grupo de ladronzuelos con lista en mano de las obras televisadas los amarraron a todos, los amenazaron y se llevaron lo que les cupo en el Renault 9 de la familia Estrada-Uribe.

Aquella especie de paraíso artístico fue azotado por el miedo de esa ciudad que empezaba a volverse extraña y peligrosa para sus propios habitantes. Con el paso de los años algunas de las obras se recuperaron, puesto que todos los artistas de Medellín eran amigos del compadre Leonel, como le decían de cariño.  

En Takna no solo estaban las obras de la Taberna del Ahorcado, también estaba la colección de Alberto Estrada, uno de los hijos, quien tenía su sótano propio con cientos de piedras de todas las formas y colores, preciosas y no preciosas, precolombinas Quimbaya, Taironas y Tumacos y también un murciélago disecado.

Cada pieza estaba cuidadosamente iluminada.

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Las decenas de esculturas que de Takna fueron trasladadas al “Museo El Castillo”, donde todavía residen.

Luego de dos meses sacando los murales de Takna, Rodolfo Vallín se fue a trabajar en la restauración del Telón de boca del Teatro Amira de la Rosa, inspirado en la leyenda del hombre caimán, elaborado en 1982 por el artista colombo español Alejandro Obregón. Realizando este trabajo lo sorprendió la muerte a los 76 años.

De aquella casa mágica bautizada Takna no quedó más que el recuerdo. Sobre sus cimientos se levantaron 600 apartamentos de ladrillo y color pastel, cada uno puede llegar a costar $1.500 millones.

En las noches, parecen un pesebre cuando se encienden las luces.

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