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De vez en cuando hay que hacer
una pausa
contemplarse a sí mismo
sin la fruición cotidiana
examinar el pasado
rubro por rubro
etapa por etapa
baldosa por baldosa
y no llorarse las mentiras
sino cantarse las verdades.
Mario Benedetti
Quizá el terremoto del 10 de agosto nos impuso esa pausa de la que hablaba Benedetti. Por unos segundos Cali dejó de correr, después vinieron el miedo, las calles llenas, las paredes abiertas, las mudanzas, los escombros, los negocios cerrados, las preguntas. Un mes más tarde la ciudad intenta recuperar sus movimientos y aparece una palabra inevitable: reconstrucción.
Hay que reconstruir, es entendible; hay familias sin casa, edificios inhabitables, economías detenidas y vidas trastornadas, pero deberíamos desconfiar de la prisa por regresar a la normalidad sin reflexionar colectivamente lo que nos ha pasado, entre otras cosas, porque cierta normalidad también produjo nuestra vulnerabilidad.
El terremoto no encontró una ciudad inocente, encontró las capas de una historia; una Cali que durante décadas extendió sus fronteras, ocupó laderas y planicies, canalizó ríos, levantó edificios, multiplicó carreteras, automóviles y conjuntos cerrados, separó lugares de vivienda y trabajo y convirtió progresivamente el suelo en una formidable máquina de producir renta, tal vez olvidando las condiciones para habitar un territorio sísmico como el que moramos.
No ha sido simplemente falta de planeación; detrás de la ciudad construida existe una economía política del territorio, intereses inmobiliarios y corporativos, propietarios del suelo, decisiones estatales, clientelismos y apropiaciones privadas de riquezas producidas colectivamente. Poco a poco la tierra se hizo suelo urbanizable; el suelo, mercancía; la vivienda, patrimonio financiero; el ciudadano, consumidor; el río, recurso; la región, plataforma logística. Una particular versión del capitalismo urbano terminó haciéndonos creer que construir más, movilizarnos más, consumir más y valorizar más significaba necesariamente vivir mejor.
Sería fácil culpar solamente a empresarios y políticos, que por supuesto tienen responsabilidad, sin embargo, también nosotros, en tanto ciudadanos hemos sido participes de la mirada cosificante de la ciudad. La crisis es económica y política, pero también cultural, existencial y ambiental, compromete nuestros deseos, consumos y maneras de entender el bienestar.
Por eso la pregunta no puede ser solamente cómo reconstruir, tal vez necesitemos otra palabra, Retejer. Reconstruir suele referirse a cosas; retejer obliga a pensar relaciones. Habitar nunca ha sido simplemente ocupar una casa. Habitamos una calle y un vecindario, habitamos con otros, conocidos y desconocidos, habitamos entre árboles, animales, aguas, temperaturas, alimentos, objetos, tecnologías, recuerdos y afectos. Una ciudad es esa trama extraordinariamente compleja mediante la cual intentamos hacer posible la vida.
Nuestra manera histórica de producir ciudad fue rompiendo algunos de esos hilos, separó vivienda y trabajo, economía y cuidado, ciudad y naturaleza, Cali y región, seres humanos y demás formas de vida; retejer significa volver a encontrarlos y ese propósito exige recuperar algo que parece escaso en nuestro tiempo, imaginación política. Frente a la distopía que se siente en las calles no basta administrar mejor lo existente, necesitamos una utopía situada, imperfecta, construida desde esta ciudad herida, una imagen de la ciudad que quisiéramos dejar dentro de treinta o cincuenta años.
Una Cali donde la vida importe más que la acumulación, habitar más que valorizar, la suficiencia más que el crecimiento ilimitado, la proximidad más que los desplazamientos obligatorios, la reciprocidad más que la extracción, lo común más que la apropiación, la regeneración más que la simple mitigación del daño.
Y esa Cali no termina en Cali; somos agua que viene de otras cuencas, alimentos cultivados en otros suelos, energía, trabajo, mercancías y cuerpos que atraviesan diariamente fronteras administrativas; somos ciudad-región con recientes y riesgosos procesos de metropolitanización; parte de una trama que enlaza el valle geográfico, el norte del Cauca, Dagua, Buenaventura y el Pacífico. Esa circunstancia no debería significar hacer una Cali más grande, sino hacer mayores nuestras responsabilidades con los territorios de los cuales depende nuestra vida.
También necesitamos cierta humildad de especie; el agua no existe porque salga de una llave, el río no nació para abastecernos, el suelo no espera convertirse en lote, un árbol vale más que los servicios ambientales que podamos contabilizarle. Somos apenas una especie dentro de una trama de vida mucho más antigua que nosotros, que está en permanente movimiento y transformación; por esa razón que se mueva la tierra, no debería ser síntoma obligado de desastre como de relevar el cuidado que debemos tener al morarla y construirla.
Esa otra ciudad puede comenzar a insinuarse entre los mismos escombros. Podríamos empezar por comprender que reconstruir vivienda es retejer vecindarios; no necesitamos solamente metros cuadrados habitables, sino calles donde sea posible encontrarse, pequeñas economías cercanas, escuelas, cuidados, parques, sombra, conversación y confianza. El terremoto recordó algo que el urbanismo olvida con frecuencia: en una emergencia uno no sobrevive únicamente por la resistencia de las paredes; sobrevive también porque alguien pregunta cómo amanecimos, comparte agua, cuida a un niño, vigila una casa, cocina para otros o protege un entorno. Ese tejido es también patrimonio de la ciudad y debería convertirse en sustento colectivo.
Podríamos decidir igualmente que no todo debe volver a construirse donde estaba. Habrá lugares para reconstruir, otros para transformar y algunos que deberían regresar al agua, al bosque, al suelo permeable y a otras formas de vida. Y aquello que reconstruyamos podría consumir menos materiales y energía, recuperar escombros, reutilizar agua y acercar vivienda, trabajo, educación, salud, cuidado y naturaleza. Vivir mejor puede significar también necesitar menos para sostener la vida.
Tendríamos que proteger la vivienda de la especulación que suele acompañar las catástrofes y recuperar su condición de bien para habitar, favorecer vivienda social, formas cooperativas, arriendo protegido y permanencia de las comunidades. Y necesitamos una política metropolitana y regional capaz de conversar sobre agua, alimentos, movilidad, energía, residuos y biodiversidad sin convertir a Buenaventura en puerto, a Dagua en corredor, al norte del Cauca en plataforma productiva ni a los municipios vecinos en simples extensiones inmobiliarias de Cali.
Finalmente tendremos que democratizar la pregunta por el futuro; retejer no puede quedar exclusivamente en manos de gobiernos, mercados o expertos. Hay conocimiento en las universidades, pero también en quien ha vivido cincuenta años junto a una quebrada, en quien cultiva alimentos, en quien recicla nuestros residuos y en los vecindarios que aprendieron a cuidarse durante estas semanas.
Algún día desaparecerán los escombros, las grietas serán resanadas y volveremos a correr bajo esa “fruición cotidiana” de Benedetti; tal vez entonces comience el riesgo mayor, olvidar. Quizá por eso no deberíamos tapar demasiado rápido todas las grietas, alguna tendría que permanecer en nuestra memoria para recordarnos que aquella mañana del 10/08/26 no solamente tembló la tierra, también quedó abierta, por unos instantes, la posibilidad de imaginar otra ciudad.
Retejer a Cali sería atrevernos a habitar esa posibilidad.
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