Hace algunos años, cuando comenzó a tomar fuerza la conversión de Cali en Distrito Especial Deportivo, Cultural, Turístico, Empresarial y de Servicios, advertimos que detrás de una reforma aparentemente administrativa había una determinada concepción de ciudad: organizar el territorio alrededor de sus “vocaciones”, ventajas comparativas, clústeres y capacidades para competir, atraer inversión y posicionarse en los mercados.
El terremoto del 10 de agosto nos obliga a volver sobre esa discusión, porque cuando una ciudad se mueve como ha sucedido en Cali, también quedan expuestas las ideas con las cuales veníamos construyéndola.
Durante años hemos escuchado que Cali tiene que venderse mejor: como ciudad deportiva, destino turístico, capital cultural, centro de servicios de salud, clúster de salud, capital de la salsa, ciudad de grandes eventos. No hay nada malo en aprovechar esas capacidades; el problema comienza cuando dejamos de pensar la ciudad como territorio común y empezamos a administrarla fundamentalmente como producto. El territorio se vuelve oportunidad de inversión, la cultura activo económico, el ciudadano cliente y la política pública instrumento para mejorar la competitividad.
El terremoto nos mostró la otra Cali: edificaciones vulnerables, infraestructuras envejecidas, redes de servicios frágiles, laderas densamente ocupadas, conjuntos residenciales deteriorados, hogares que perdieron en segundos el patrimonio construido durante décadas, hogares populares sin sostenimiento económico y familias que no encuentran dónde vivir. Debajo de la ciudad competitiva estaba la ciudad vulnerable y ambas son la misma ciudad.
Por eso preocupa que la recuperación vuelva rápidamente sobre las mismas preguntas: cómo reactivar los servicios, garantizar los grandes eventos, realizar la Feria, recuperar el turismo, atraer inversión y volver a vender a Cali. Necesitamos actividad económica, por supuesto, pero reactivar algunos sectores no equivale a reconstruir una ciudad.
La propia cultura permite entender el problema. Cali posee un patrimonio extraordinario alrededor de la salsa y de las culturas afrodescendientes y populares que encuentran en festivales y feria una de sus expresiones más visibles. Son enormes fortalezas de la ciudad y la región; pero existe el riesgo de convertirlas en clústeres, marcas, espectáculos y productos turísticos, distantes de las comunidades, memorias, territorialidades y condiciones materiales que las hicieron posibles.
Allí aparece una forma de extractivismo cultural y de segregación social contemporánea: extraer de las culturas su música, estética, gastronomía, danza y capacidad de atraer visitantes y recursos, sin necesariamente fortalecer a quienes las producen ni las tramas sociales que las sostienen.
La salsa es bastante más que una industria cultural, el Petronio es mucho más que una vitrina de ciudad, las culturas afro del Pacífico no son una mera reserva de recursos culturales disponibles para la competitividad urbana. Son memoria, conocimiento, vínculos, creación, territorio y formas de construir vida colectiva, asuntos todos que deben ser reconocidos y salvaguardados.
Algo semejante ocurre con el deporte, una ciudad deportiva no existe solamente porque organiza grandes competencias; requiere escenarios barriales, organizaciones, formación y acceso cotidiano al deporte. Una ciudad cultural no puede existir solamente durante los días del festival y una ciudad turística no puede construirse ignorando las condiciones de quienes la habitan.
Pero detrás de todo esto existe un problema político todavía mayor: Cali ha venido perdiendo capacidad pública para pensarse a sí misma.
La planeación, la prospectiva y la producción de visiones de futuro se han ido desplazando hacia agendas gremiales, corporativas, fundacionales, de consultoría y cooperación. Estos actores tienen derecho a participar y son necesarios; el problema aparece cuando dejan de ser participantes y terminan definiendo la agenda, mientras el Estado pierde capacidad técnica y política para conducirla desde el interés general.
Entonces la planeación pública se convierte en portafolio de proyectos, la prospectiva, en agenda de competitividad, la participación, en reuniones entre actores previamente seleccionados y la conversación ciudadana en formularios y encuestas digitales. Es bueno recordar que por sí misma una encuesta no es participación, preguntar no necesariamente significa escuchar y reunir siempre a quienes tienen mayor capacidad de representación e incidencia no constituye un diálogo de ciudad.
El terremoto debería obligarnos precisamente a hacer lo contrario: leer nuevamente el territorio desde abajo, preguntarnos dónde se concentraron los daños, quiénes quedaron más expuestos, qué sucede con la vivienda y los arriendos, cómo están las laderas, la ruralidad y los conjuntos residenciales; indagar qué ocurrió con las redes de agua, salud, movilidad, educación y cuidado, y cómo se relacionan vulnerabilidad física, desigualdad social, segregación territorial y deterioro ambiental.
En Cali necesitamos recuperar la capacidad pública de planificar porque la hemos perdido. Requerimos un Estado local capaz de producir conocimiento sobre su territorio, regular el suelo, gestionar el riesgo, orientar la inversión, coordinar la dimensión metropolitana y garantizar una participación ciudadana efectiva. Recordemos que el interés público no resulta automáticamente de sumar intereses privados.
Quizá por eso deberíamos invertir por un momento aquella denominación que nos asignamos años atrás; no para renunciar a nuestras vocaciones, sino para discutirlas de otra manera. Debemos preguntarnos no solamente qué produce riqueza, sino qué produce ciudad; qué construye lo común, qué permite encontrarnos por encima de las segregaciones, las violencias y las profundas segmentaciones que el terremoto volvió a poner ante nuestros ojos.
El terremoto puede convertirse en una oportunidad para volver a vender a Cali o en una oportunidad para volver a pensarla y gestarla con la participación de sus comunidades de diversas procedencias y con diferentes expresiones y anhelos. Reconstruir debería significar esto último: recuperar lo público, escuchar los territorios y devolverle a la sociedad caleña la posibilidad de decidir qué ciudad quiere levantar.
Reconstruir desde las mismas desigualdades, bajo las mismas ideas que contribuyeron a producir nuestra vulnerabilidad, con el mismo vetusto relato lastimero y mercantil, sería la peor manera de reconstruir a Cali.
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