La elección presidencial de 2026 terminó casi empatada. Abelardo de la Espriella obtuvo cerca de 13 millones de votos e Iván Cepeda 12,7 millones. La diferencia fue 252 mil votos. Detrás de ese resultado hubo dos campañas construidas de manera muy distinta. Cepeda partió de una identidad política consolidada, una organización nacional, el electorado que había llevado a Gustavo Petro a la Presidencia cuatro años antes y que consolidó durante su ejercicio. Su principal desafío era conservar ese bloque y ampliarlo hacia votantes urbanos y de centro. De la Espriella enfrentó el problema inverso: existía un enorme electorado contrario al Gobierno Petro, pero estaba fragmentado entre partidos, candidatos tradicionales, independientes y ciudadanos sin una identidad partidista estable. Su tarea era convertir el malestar disperso en una candidatura presidencial que lo sintetizara.
Cepeda tenía que ampliar una comunidad política existente. ADLE tenía que construir una coalición electoral a partir de públicos que todavía no estaban organizados alrededor de un candidato.
Ambos mecanismos produjeron resultados extraordinarios. Cepeda terminó con una votación mayor que la de Petro en la segunda vuelta de 2022; ADLE reorganizó la oposición alrededor de un liderazgo nuevo y consiguió ganar por un margen mínimo. Pero la secuencia es importante buena parte de la ventaja decisiva de ADLE la construyó antes de la segunda vuelta.
Dos puntos de partida diferentes
El Pacto Histórico obtuvo 4,4 millones de votos al Senado en marzo de 2026. Dos meses después, Cepeda alcanzó 9,7 millones en la primera vuelta. Su candidatura fue, por tanto, mucho mayor que la estructura parlamentaria del Pacto. En el caso de ADLE el punto de comparación es distinto. La “derecha amplia” (Centro Democrático, Partido Conservador, Salvación Nacional, Creemos y Cambio Radical-ALMA) sumó 7,1 millones de votos al Senado. De la Espriella obtuvo 10,4 millones en primera: 3,3 millones por encima. En una muestra municipal elaborada para este análisis, ADLE superó a la derecha amplia en 19 de veinte municipios comparables.
Las categorías son asimétricas. El Pacto Histórico es un bloque partidista más compacto, mientras la “derecha amplia” suma cinco organizaciones. Políticamente enfrentaron dos problemas de campaña diferentes. Cepeda tenía una base menor, cohesionada e ideológicamente reconocible. ADLE disponía de un universo potencialmente mayor, pero fragmentado. Por eso sus mecanismos de crecimiento fueron distintos. Cepeda debía movilizar y ampliar. ADLE debía concentrar.
Primera vuelta: ADLE ganó la batalla de la concentración
En la primera vuelta, ADLE obtuvo 10,4 millones y Cepeda 9,7 millones, una ventaja de 662 mil votos. El dato es importante porque, durante buena parte de la campaña, Cepeda aparecía en las encuestas como el candidato con mayor intención de voto, mientras la oposición seguía dividida entre De la Espriella, Paloma Valencia y otras alternativas.
La consulta de marzo fortaleció al principio a Valencia. En abril se acercó al 20 % en las mediciones, mientras ADLE conservó un piso cercano al 30 %. Pero la relación se invirtió. A mediados de mayo ADLE estaba en el 33 % y Valencia empezó cayó al 17 %; en la última medición de AtlasIntel, De la Espriella llegó a 37 % y Valencia baja al 14 %.
La lectura es clara. ADLE ya había concentrado un electorado propio antes de esa transferencia. Lo que ocurrió al final fue una concentración por viabilidad. Cuando la pregunta ciudadana dejó de ser “qué candidato de derecha prefiero” y pasó a ser “quién puede derrotar a Cepeda”, una parte del electorado opositor se movió hacia quien parecía tener mayores posibilidades de pasar a segunda vuelta.
Cepeda llegó a la primera vuelta intentando movilizar un bloque. ADLE llegó intentando convencer a varios electorados de que él era el vehículo capaz de derrotar al bloque contrario.
Dos emociones políticas distintas
ADLE convirtió esa preocupación en una secuencia política sencilla: amenaza, pérdida de autoridad, necesidad de orden, candidato fuerte. La mano dura, la exaltación de la Fuerza Pública, el tigre, la venia militar, los símbolos patrióticos y la oposición entre “los nunca” y “los de siempre” ayudaron a convertir una percepción difusa en una identidad electoral.
Cepeda trabajó sobre otro registro emocional: justicia, dignidad, memoria, derechos, paz y continuidad del cambio. Esa narrativa tenía capacidad de cohesión dentro de un electorado progresista ya politizado. El problema fue su menor conexión inmediata frente a los temores que expresaban sectores urbanos indecisos, particularmente en seguridad, estabilidad y continuidad del Gobierno.
Movilizar una identidad frente a persuadir una audiencia
Durante buena parte de la primera vuelta, Cepeda desarrolló una campaña con base en plazas públicas, organizaciones sociales, recorridos regionales y discursos programáticos. Hizo cerca de 150 actos en plaza pública. Ese formato era eficaz para reforzar pertenencia, militancia y coherencia ideológica. Pero era una campaña para movilizar a su misma gente.
ADLE construyó una campaña orientada a audiencias específicas. Videos breves, mensajes emocionales, influenciadores, cuentas secundarias, WhatsApp, celebridades, inteligencia artificial y piezas diseñadas para circular formaron parte de una estrategia para convocar a ciudadanos indecisos antes de que se integraran a una comunidad política.
La diferencia que cada campaña les asignó a las redes fue decisiva. Para ADLE, las redes eran parte de la construcción de identidad. Para Cepeda, durante meses fueron un canal apenas complementario de una campaña asentada en militancia, organización y plaza pública.
Después de la primera vuelta, Cepeda corrigió. Intensificó entrevistas, videos cortos y redes; se acercó a youtubers, influenciadores y comunidades organizadas digitalmente como los seguidores del K-pop; se mostraba más cercano y tomó distancia de propuestas de Petro que generaban resistencia. El problema es hizo este ajuste cuando ya el tiempo se acababa. Modificar en tres semanas su relación con las audiencias cuando ADLE llevaba meses construyéndola, fue su gran desventaja.
La clase media urbana: el campo de batalla que la mirada nacional oculta
En la comparación de campaña hay un hecho interesante: ADLE creció más allá de los bastiones históricos de la derecha. Hay evidencia de que penetró sectores urbanos de clase media y media baja que cuatro años antes habían contribuido a la victoria de Petro.
La Silla Vacía cruzó el escrutinio puesto por puesto con información geográfica y censal. En Bogotá encontró 52 puestos de votación que en 2022 habían sido más favorables a Petro que a Federico Gutiérrez o Rodolfo Hernández y que en 2026 pasaron a De la Espriella. Los puestos que cambiaron se concentran en zonas de clase media y media baja.
El cruce sociodemográfico también muestra una modificación de la composición. En 2022, el 16 % de los puestos ganados por Petro correspondía a zonas de estratos 3 y 4. En 2026, entre los puestos ganados por Cepeda, esa proporción bajó al 13 %. En sentido contrario, el 23 % de los puestos ganados por ADLE estaba en zonas de clase media, frente al 12 % de los que ganó Rodolfo Hernández en 2022.
Sería equivocado concluir que millones de petristas se convirtieron en votantes de derecha. Si bien los datos no permiten seguir al mismo individuo entre elecciones, sí muestran un desplazamiento territorial de la frontera política: zonas urbanas que habían favorecido a Petro pasaron a ser competitivas o favorables a De la Espriella. La campeña Cepeda no detectó a tiempo el inconformismo que capitalizó ADLE, que iba más allá de las barreras ideológicas.
Bogotá: la evidencia del desplazamiento
Bogotá es el mejor laboratorio para observar ese cambio. Combina grandes bastiones progresistas, sectores históricamente favorables a la derecha y un amplio cinturón de clase media que cambia según el momento político. Un ejemplo, Gran Granada, en Engativá. En 2022, Petro obtuvo 5.200 votos, mientras Federico Gutiérrez y Rodolfo Hernández sumaron 5.100. La ventaja de Petro fue de cien votos. En 2026, ADLE obtuvo 4.900 votos frente a 3.900 de Cepeda: una ventaja de más de mil votos. Según el cruce censal, alrededor del 97 % de las viviendas del entorno de ese puesto corresponde al estrato 3.
El caso es importante porque no describe el norte acomodado de Bogotá. Describe una zona típica de clase media. Allí el cambio no fue de derecha rica a derecha más movilizada; fue el paso de un territorio apenas favorable a Petro a una ventaja clara de ADLE.
Otros barrios muestran una pérdida comparable de densidad progresista. En Granjas de Techo, en Fontibón, Petro obtuvo el 60 % en 2022; Cepeda el 37 % en 2026. En Hipotecho, Kennedy, la comparación es 55 % para Petro frente a 32 % para Cepeda. En Galerías, Teusaquillo, Petro había llegado al 67 % y Cepeda quedó en 46 %. Son caídas de entre 21 y 23 puntos.
Incluso Teusaquillo dejó señales del desplazamiento. En el puesto Rafael Núñez, Petro había obtenido 1.350 votos en 2022; ADLE alcanzó 2.100 en la primera vuelta de 2026.
La izquierda conservó buena parte del sur popular de Bogotá, pero perdió densidad en la franja media. Ese espacio intermedio fue uno de los lugares donde ADLE dejó de ser el candidato de la derecha tradicional.
Un fenómeno que se repitió en otras regiones
Barranquilla ofrece un ejemplo de ese mismo patrón. En el puesto del Colegio Distrital María Inmaculada, Petro había ganó en 2022 por 950 votos. En 2026, ADLE ganó por a 980 votos sobre Cepeda. Un margen favorable a la izquierda se transformó, cuatro años después, en un margen casi equivalente, pero a favor de la derecha.
Medellín muestra otra faceta. En la Institución Educativa La Candelaria, en la Comuna 1 Popular, una zona mayoritariamente de estrato 2, ADLE obtuvo 2.900 votos frente a 2.200 de Cepeda. En 2022, ese puesto había estado dividido entre Fico, Petro y Rodolfo. ADLE consiguió concentrar buena parte de la oposición y, al mismo tiempo, conservar presencia en un sector popular.
Estos casos no prueban una transferencia individual desde Petro hacia ADLE. Sí prueban que la recomposición no ocurrió únicamente dentro de la derecha organizada. La candidatura penetró electorados urbanos que antes eran competitivos o favorables al petrismo.
¿Por qué se movió esa franja?
No hay datos para conocer el motivo individual de cada voto, pero el clima de opinión y los análisis territoriales permiten plantear una hipótesis consistente. La franja urbana de clase media estaba menos atada a identidades partidistas permanentes que los bastiones de izquierda o derecha y era particularmente sensible a la evaluación del Gobierno.
En 2022, la pregunta dominante para muchos de esos electores era quién representaba mejor el cambio. Petro encarnó esa demanda. En 2026, después de cuatro años de gobierno, la pregunta fue distinta: quién ofrecía seguridad, estabilidad y control. A la que se agregó el balance de la gestión oficial, donde había una franja descontenta.
ADLE ofrecía una narrativa capaz de reunir motivaciones diferentes bajo un mismo paraguas: inseguridad, rechazo al petrismo, incertidumbre económica, conservadurismo cultural, desencanto con la política tradicional y percepción de viabilidad. Cepeda, en cambio, necesitaba defender el legado gubernamental y al mismo tiempo convencer al elector descontento de que su liderazgo sería distinto.
Por esta razón una parte de la elección va supera la formulación izquierda contra derecha. Fue una disputa por los ciudadanos que habían votado por Petro sin convertirse en electores permanentes del Pacto Histórico. Cepeda no entendió a tiempo este fenómeno.
La paradoja de la segunda vuelta
La segunda vuelta introduce una paradoja decisiva. Cepeda creció más que De la Espriella. Cepeda pasó de 9,7 a 12,7 millones de votos: agregó 3 millones, un crecimiento del 31 %. ADLE pasó de 10,4 a casi 13 millones, sumó unos 2,6 millones, un 25 %. Cepeda fue más eficaz en crecimiento entre vueltas. Sin embargo, perdió.
La razón principal es que comenzó la remontada con una desventaja de 662 mil votos y con un mapa territorial que lo obligaba a recuperar terreno en apenas tres semanas. Su crecimiento redujo la diferencia final hasta 252 mil votos, pero buena parte de la nueva votación se acumuló en territorios donde ya era fuerte. ADLE, en cambio, conservó grandes ventajas en buena parte del interior andino y limitó el costo de perder las grandes ciudades progresistas.
Bogotá resume el problema. Cepeda agregó medio millón de votos entre vueltas y terminó cerca de 2,2 millones. Aun así, su ventaja en la capital fue insuficiente para compensar los márgenes que ADLE construyó en Antioquia, Santanderes y otros departamentos del interior.
Cepeda corrigió, pero tarde
Después de la primera vuelta la campaña de Cepeda hizo varias de las cosas que la comparación sugería como necesarias: amplió audiencias, modernizó la comunicación digital, buscó apoyos en el centro, redujo el énfasis en propuestas que generaban temor y trató de mostrarse un candidato más cercano.
La estrategia funcionó: sumó alrededor de tres millones de votos. Sería equivocado describir la segunda vuelta como un fracaso de la campaña. El problema fue la secuencia. ADLE ganó tiempo político antes del balotaje. Unificó a tiempo buena parte de la derecha, desplazó a Paloma Valencia como opción viable, construyó una identidad digital propia y penetró sectores de clase media que Cepeda necesitaba recuperar. Cuando comenzó la segunda vuelta, Cepeda trató de remontar, pero ya no partía de una base neutral para ampliarla.
Dos modelos de campaña
La comparación permite identificar dos modelos distintos de construcción electoral. Cepeda parte de organizaciones, movimientos sociales, memoria política y una identidad ideológica. Desde allí buscó movilizar y después ampliar. Su mayor fortaleza fue la cohesión de la comunidad política. Su dificultad estuvo en persuadir a quienes estaban fuera de esa comunidad.
ADLE partió de audiencias, emociones y preocupaciones dispersas. Construyó una identidad alrededor de símbolos, antagonismos y una promesa de autoridad; luego incorporó la estructura partidista y el voto útil. Su mayor fortaleza fue la elasticidad: electores con motivaciones diferentes pueden coincidir en la misma candidatura sin compartir una identidad partidista común.
Cepeda: identidad → organización → movilización → ampliación. ADLE: emoción → audiencia → concentración → voto estratégico. Una elección más allá de izquierda contra derecha La geografía nacional mostraba una fuerte polarización. El Pacífico, el Caribe y amplias zonas de Bogotá conservaron enormes concentraciones progresistas. Antioquia, Santanderes y buena parte del interior votaron masivamente por De la Espriella. Pero debajo de esa polarización ocurrió otro movimiento.
La frontera electoral se desplazó dentro de las ciudades. Los 52 puestos de Bogotá que cambiaron de Petro a ADLE, los casos de Gran Granada, Granjas de Techo, Hipotecho y Galerías, y el giro del puesto María Inmaculada en Barranquilla muestran que existió una zona de movilidad electoral real.
Ese electorado no tiene por qué interpretarse como una nueva derecha ideológica. Puede entenderse mejor como una franja urbana menos partidista, sensible a seguridad, economía, evaluación de gobierno y percepción de liderazgo. Fue la misma que en 2022 contribuyó al triunfo de Petro. En 2026 una parte de ella se desplazó hacia ADLE.
Esta es probablemente una de las claves de la elección. De la Espriella ganó porque además de reunificar a la derecha, consiguió extender esa coalición hacia electores que cuatro años antes no formaban parte estable de ella.
La diferencia estuvo en el momento de la conquista
La elección puede resumirse en dos secuencias. Cepeda heredó, movilizó, corrigió y remontó. ADLE identificó, emocionó, penetró y concentró. Cepeda terminó demostrando una capacidad extraordinaria de expansión: sumó cerca de tres millones de votos entre las dos vueltas y quedó a unos 252 mil de la Presidencia. Pero esa remontada comenzó después de una primera vuelta en la que ADLE ya había construido una ventaja de más de 600 mil votos. La diferencia decisiva fue el momento en que cada candidato conquistó al elector disponible.
ADLE construyó primero una relación con una parte de la clase media urbana, convirtió inseguridad y rechazo al Gobierno en una demanda de autoridad, utilizó las redes como infraestructura de identidad y logró que la viabilidad transformara esa identidad en voto útil.
Cepeda entendió buena parte de ese problema después de la primera vuelta y reaccionó con eficacia, pero tuvo solo tres semanas para recuperar un terreno que se había movido durante meses. En una elección decidida por apenas unos 252 mil votos, esa diferencia temporal resultó suficiente para el triunfo de ADLE y para la derrota del petrismo.
Nota metodológica. El análisis combina resultados oficiales del Consejo Nacional Electoral y la Registraduría con comparaciones territoriales y sociodemográficas publicadas por La Silla Vacía y El País, además de la matriz municipal elaborada para los artículos previos de las campañas de Cepeda y ADLE. Las comparaciones 2022–2026 se realizan a nivel agregado de puestos, barrios, localidades o municipios. Expresiones como “penetración”, “desplazamiento” o “migración territorial” describen cambios en la distribución agregada del voto y no transferencias individuales observadas. Este análisis de realizó con el apoyo de IA.
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