Texto escrito por: María del Mar Rivero
A más de 17.000 kilómetros de distancia, un conflicto fronterizo y el disturbio de los aviones de combate amenazan con encarecer los vehículos, la tecnología y el costo de vida en Colombia. Este conflicto armado comienza a intensificarse de manera alarmante a mediados de 2025 en la frontera compartida entre ambas naciones. Tras el trágico incidente de soldados tailandeses gravemente heridos por minas terrestres camboyanas, Tailandia respondió de manera contundente desplegando aviones de combate para bombardear posiciones en el país vecino.
Sin embargo, la comunidad internacional logró la suspensión de los ataques a finales de 2025, la paz actual es, en el mejor de los casos, irreal. Hoy, en pleno 2026, la situación sigue siendo un ambiente extremadamente tenso y peligroso, que está a punto de estallar. Miles de personas continúan desplazadas y las rutas fronterizas, vitales para el comercio regional, operan bajo severas restricciones. Ante toda esta situación, me surgen interrogantes como ¿por qué debería ser de importancia esto en Colombia? ¿Qué relación tiene con nuestro día a día?
Para dimensionar esta situación, primero miré el peso estratégico que tiene Tailandia en el tablero económico mundial. Este país asiático no es solamente un atractivo destino turístico, es reconocido mundialmente como el "Detroit de Asia", la potencia donde se ensamblan vehículos y se fabrican autopartes para marcas de impacto global, un productor indispensable de semiconductores y componentes electrónicos, elementos vitales para cualquier dispositivo tecnológico que utilizamos hoy en día.
Cuando estalla la violencia en un centro de distribución tan importantísimo, el comercio mundial se frena de golpe, y las consecuencias de esa crisis llegan inevitablemente a los puertos colombianos como Buenaventura o Cartagena. Si bien, este conflicto impacta fuertemente nuestro sector automotriz y agrícola, puesto que Colombia importa una cantidad significativa de vehículos y repuestos ensamblados en el sudeste asiático. Las populares camionetas tipo pick-up, que son las verdaderas mulas de trabajo en nuestros campos e industrias, provienen frecuentemente de plantas tailandesas.
Si el conflicto obliga a desviar presupuestos al sector militar, cerrar fábricas de autopartes o bloquear rutas de exportación, la disponibilidad de estos vehículos en Colombia disminuye. Ante una menor oferta, el precio que termina pagando el trabajador y el empresario colombiano inevitablemente se dispara, sumando la inflación tecnológica en nuestras aulas y oficinas.
El peligro de una guerra en una zona tan importante como Tailandia hace que los seguros de los barcos de carga se vuelvan mucho más costosos, que a la final, ese gasto extra en el transporte lo terminamos pagando nosotros en el precio de cualquier producto asiático que compramos en el supermercado y es por ello, que entender lo que pasa en otros países no es algo por pasar. Todo esto es una cadena invisible que mueve nuestra economía y ver esa conexión es el primer paso para entender por qué la vida aquí puede ponerse más cara.
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