En septiembre de 1973, durante la Operación Anorí, 14 soldados del Batallón Rooke murieron ahogados tras el naufragio de su lancha en el río Nechí

 - El día en que el río Nechí se tragó a 14 soldados en plena operación contra el ELN
Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares

Han pasado más de 50 años desde aquel día en que el pueblo de El Bagre se despertó sobresaltado, al escuchar la espantosa noticia ocurrida en las turbulentas aguas del río Nechí, en tiempos que parecen repetirse hoy día. La Operación Anorí estaba en su punto más crítico y bastaba el puntillazo final para sacar del escenario al Eln, un grupo guerrillero que deambulada por la región. Era lunes, 2 de septiembre.

El río Nechí llevaba siglos en su rutina diaria, cual era la de bajar desde su nacimiento, en las montañas de Yarumal, -en los Llanos de Cuivá-, abrirse paso entre la selva, arrastrar troncos, barro y piedras, y seguir su serpeante camino hasta formar un solo cauce al entregarle sus aguas al Cauca, que venía desde más lejos: desde el Macizo Colombiano donde cobra vida en el Parque Nacional Natural Puracé, en los límites entre los departamentos de Cauca y Huila.

Pero aquella noche del domingo 1 de septiembre de 1973, el río se convirtió en otra cosa. Se convirtió en una tumba. Por aquellos días, y a pesar de que los enfrentamientos entre los bandos cobraban sus víctimas, nadie estaba preparado para recibir de un solo cimbronazo, aquella infausta noticia.

El hecho es que por aquellas turbulentas aguas se trasladaban, en horas de la noche y al parecer sin ninguna novedad en el frente, 45 soldados del Batallón de Infantería No. 18 Rooke, a bordo de una lancha de la compañía minera con sede en corregimiento de El Bagre. De un momento a otro se desgajo un torrencial aguacero que estaba marcado en la época que dio inició a la tragedia.

Aquella era una de las tantas patrullas que por esos días recorrían la región minera del Bajo Cauca y el Nordeste antioqueño, en medio de la enorme ofensiva militar que, en el lenguaje oficial y castrense, era la Operación Anorí.

La tarea que tenían asignadas aquellos hombres que navegaban a esas horas de la noche por el Nechí, era la de ejercer el control de una zona por donde se movía a sus anchas una columna del llamado Ejército de Liberación Nacional, ELN, cuando este movimiento subversivo todavía tenía algunos argumentos para andar en esos propósitos.

La guerra estaba en todas partes. En las montañas, los guerrilleros trataban de escapar del cerco tendido por los militares, que además iban por lo que hoy llaman objetivos de “Alto valor”.

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Nada más y nada menos que los cabecillas de la organización: los hermanos Vásquez Castaño; Fabio, Manuel y Antonio.

Aunque eran oriundos del departamento del Quindío, hijos de una familia de origen campesino, su padre fue asesinado durante el período de La Violencia, y sobre esa experiencia familiar emprendieron el camino de la vía armada.

El liderazgo de Fabio Vásquez comenzó a ser cuestionado por los problemas militares y políticos que atravesó el ELN. La organización sufrió importantes derrotas y tensiones internas durante finales de los años sesenta y comienzos de los setenta.

Luego de la tragedia de los 14 militares en el Nechí, el 18 de octubre de aquel mismo año, Manuel y Antonio Vásquez Castaño murieron durante las operaciones militares en Antioquia.

La operación prácticamente desarticuló al ELN de aquella época. Fabio, por su parte, terminó refugiándose en la isla de Cuba, fue degradado de su cargo en ese movimiento y murió en La Habana en el 2019 a los 79 años de edad.

El episodio aciago en el que los militares murieron ahogados, fue narrado por los sobrevivientes y recogida por algunos medios de prensa y hoy hace parte de la Memoria Histórica, documento que recoge buena parte de los incidentes y los innumerables acontecimientos ocurridos en amplias regiones del país, con el fin de que los mismos no se repitan, solo que son cada vez peores e infames por la sevicia de los autores.

En medio de la tempestad desatada y sin alguna luz que sirviera de orientación en aquella oscuridad, la tropa recibió la orden de que buena parte de los hombres se hicieran a un lado de la lancha para mantenerla en equilibrio, pero el ruido de los truenos cada vez más cercanos impidió que la misma se cumpliera como fue dictada.

De modo que cuando la nave estaba casi en la mitad de aquel río embravecido, fue sometida por la fuerza del caudal hasta llevarla al fondo, y en la oscuridad muchos de los soldados perdieron el sentido de orientación y la mayoría de quienes perdieron la vida, lo hicieron en medio de su esfuerzo de alcanzar la orilla, solo que escogieron la que estaba fuera de su alcance. Catorce hombres no volvieron a salir a la superficie y con ello quedó sellada la tragedia.

La Armada, que durante aquellos meses mantenía operaciones permanentes en el Nechí y el Cauca, tenía entre sus tareas precisamente aquellas que nadie quería hacer: recuperar material perdido, transportar tropas y buscar soldados desaparecidos en las aguas.

Tres semanas después del naufragio, unos pescadores habrían encontrado en sus redes una tela de camuflaje. Tiraron de ella. Había un fusil G-3. Y debajo del arma aparecieron restos humanos. Un esqueleto. Los huesos todavía estaban asociados al arma. Aquel cuerpo fue identificado únicamente por el apellido Restrepo, según la crónica.

El hallazgo ocurrió sobre la margen derecha del río, cerca de la entrada a Santa Margarita. El Nechí había comenzado a devolver, poco a poco, a sus muertos.

Lo estremecedor es que la muerte de los catorce soldados no detuvo la operación. Apenas comenzaba la fase decisiva. El Ejército había conseguido información de desertores y capturados sobre los movimientos de la columna guerrillera. La presión aumentó sobre las rutas entre los ríos Nechí y Porce.

Las tropas se desplazaban por tierra, agua y aire. El río servía para llevar soldados. Los helicópteros permitían trasladarlos a lugares donde no existían caminos. Las patrullas avanzaban por las montañas. El cerco se estrechaba.

Los hombres del ELN estaban cada vez más aislados. La tragedia del Nechí quedó así atrapada dentro de una guerra mucho mayor.

Para quienes estaban en los mapas militares, aquel accidente era una baja dolorosa dentro de una operación. Para las familias de los catorce, era otra cosa. Era la desaparición de un hijo. De un hermano. De un esposo. De un muchacho que había salido a cumplir una misión y no regresó.

La historia de los catorce soldados tiene además una característica que la hace especialmente dolorosa: durante mucho tiempo no hubo una tumba para todos. El río era la tumba. El agua era el cementerio. Los cuerpos aparecían cuando el Nechí quería. Y algunos posiblemente nunca fueron recuperados.

Un domingo, cuando habían transcurrido cuatro meses de la tragedia, un coronel de apellido Ramírez sorprendió al público al gritar: “Me aparecen los 35 o los enciendo a plomo a todos”. Nadie entendió aquella perorata hasta que alguien cayó en la cuenta y le recordó al coronel que habían sido 14 los militares muertos.

El uniformado no pareció haberle prestado la atención suficiente y, bajo los efectos del alcohol, desenfundó su arma de reglamento, hizo un par de tiros al aire antes de caer en la arena de la gallera y gritó: “A mí me responden por los fusiles y que el río haga lo que le dé la puta gana”.

Hoy, cuando el Nechí continúa bajando por el Bajo Cauca, resulta difícil imaginar aquella noche. El río sigue corriendo.

Pasa entre El Bagre y Zaragoza. Pasa por lugares donde alguna vez hubo dragas, campamentos, patrullas y combates.

Y debajo de esa corriente, durante décadas, quedaron los restos de una tragedia que la historia grande apenas registró.

Quizás por eso la historia de los catorce soldados del Batallón Rooke merece ser contada otra vez.

No como una cifra. No como una nota que anda perdida desde aquel septiembre de 1973, sino como lo que realmente fue: la historia de catorce hombres que entraron al río Nechí durante una guerra y que nunca volvieron a salir de él.

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Por Nota Ciudadana

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