En el costado oriental del Parque de Bolívar, sobre la carrera 48, se levanta un edificio que es reflejo del brillo y las heridas abiertas del centro de Medellín. A comienzos de marzo de 2026, el alcalde Federico Gutiérrez se plantó frente a sus puertas cerradas para anunciar el inicio formal de las obras de rescate del Teatro Lido. La meta fijada por la administración distrital es entregar en 2027 un teatro totalmente restaurado para 900 espectadores, convertido en la Casa de la Cultura de la comuna 10 (La Candelaria), mediante un contrato superior a los 4.931 millones de pesos ejecutado por la Fundación Ferrocarril de Antioquia.
En 2022 empezaron a circular fotos del vestíbulo del Lido convertido en un auténtico basurero de hojas secas, colillas y plásticos arrastrados por el viento. La indignación de los medellinenses no se hizo esperar, sobre todo por el cartel al fondo del basurero que que rezaba: “Nos mueve la cultura”. El responsable del deterioro era el Consorcio Hermes, a quienes la administración de Daniel Quintero les adjudicó la restauración que se desvaneció entre promesas incumplidas y una parálisis de casi un año que terminó archivada en los anaqueles jurídicos por los cambios de administración

Cuando Medellín soñó con la alta cultura: las musas de Marín Vieco
El Lido nació muy lejos del polvo y el olvido. En 1945, el melómano Francisco Luis Moreno Ramírez concibió el recinto no como una sala cinematográfica vulgar, sino como un suntuoso templo para la música sinfónica. Para esto encargó los planos al arquitecto Federico Vásquez e importó materiales de primera línea desde Estados Unidos.
En su interior, el maestro Jorge Marín Vieco inmortalizó en yesería, vitrales y mármol a cinco de las nueve musas de la mitología griega: Calíope, Terpsícore, Talía, Clío y Euterpe, encargadas de tutelar la poesía, la danza, la comedia, la historia y la música. Con revestimientos de yeso diseñados para una acústica insuperable, el escenario del Lido acogió recitales irrepetibles como los del pianista chileno Claudio Arrau y las veladas de la Orquesta de Cámara de Berlín.
El esplendor de Cine Colombia y el ritual dominical
Tres años después, en 1948, el gigante de la exhibición cinematográfica Cine Colombia compró el inmueble para transformarlo en su buque insignia en el centro de Medellín. Aunque su capacidad original de 1.400 butacas se ajustó a 1.090 tras ampliar el escenario, el Lido inauguró la era dorada del celuloide comercial en la ciudad.
Entrar al vestíbulo era una experiencia casi hipnótica gracias a un enorme espejo empotrado en el cielo raso que reflejaba al público de cabeza, brindando una sensación de infinito. Ir a cine al Lido los domingos se convirtió en el plan por excelencia: la gente confluía hacia las once de la mañana para escuchar la retreta de la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia, disfrutaba los helados de cono San Francisco, conversaba en la heladería Sayonara y hacía fila para deleitarse con las cintas de Federico Fellini o Michelangelo Antonioni proyectadas en rollos de 35 milímetros.
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La degradación urbana y el éxodo comercial
A partir de la década de 1970, y con mayor crudeza durante los años ochenta y noventa, la espiral de violencia del narcotráfico, el comercio informal y el microtráfico golpearon severamente al Parque de Bolívar. Mientras la inseguridad ahuyentaba a las familias del corazón de la ciudad, el nuevo modelo de salas múltiples climatizadas dentro de centros comerciales en la periferia terminó de asestar el golpe de gracia.
Cine Colombia dejó caer el Lido a su suerte. Al tiempo que desaparecían por demolición o cierre las demás salas del centro —como el icónico Junín en 1968, el Ópera, el María Victoria, el Odeón o el Cid—, el Lido apagó sus proyectores comerciales a comienzos de los noventa. Para salvarlo de que se terminara de caer a pedazos, el Municipio de Medellín asumió su propiedad en 1997 al declararlo patrimonio cultural.

Las musas que esperan volver a cantar
Tras una intervención de 2.200 millones de pesos liderada por Sergio Fajardo, el teatro reabrió en 2007 como sede del Festival Internacional de Tango y recitales comunitarios. No obstante, los problemas de goteras, fisuras en la cubierta y humedades obligaron a clausurar el espacio en 2019.
El plan actual no solo contempla impermeabilizar los techos y dotar el escenario de redes electroacústicas modernas, sino rescatar los históricos proyectores mecánicos y las musas de Marín Vieco. Si la Fundación Ferrocarril de Antioquia cumple los plazos en 2027, el Parque de Bolívar recuperará el brillo que una empresa privada dejó apagar y que la administración local aspira a devolverle para siempre a la ciudadanía.
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