¿Cómo afrontar estratégicamente la vida en un territorio sísmico?

 - El suelo sigue y se seguirá moviendo

El terremoto del 10 de agosto nos dejó muertos, heridas, pérdidas materiales, miedo y una ciudad llena de preguntas. Cuando comienzan a bajar los escombros y aparecen los primeros estudios técnicos, toma relieve una pregunta que quizá debimos hacernos mucho antes: ¿sabemos realmente dónde vivimos?

Por ejemplo, una ciudad como Santiago de Cali no está simplemente construida sobre un suelo. Está asentada sobre muchos suelos y formas geológicas distintas: cerros, piedemonte, antiguos abanicos de los ríos, depósitos aluviales, zonas próximas al Cauca. Debajo de las calles que recorremos todos los días existe otra geografía, dinámica y profunda, que normalmente no vemos. El terremoto acaba de recordárnosla.

Los registros obtenidos en distintos lugares de la ciudad muestran algo fundamental: un mismo terremoto no produce exactamente el mismo movimiento en todas partes. El comportamiento del suelo cambia, la energía puede amplificarse de maneras diferentes y las edificaciones responden también de acuerdo con sus características.

Esto obliga a cambiar una idea muy instalada entre nosotros: el problema no consiste solamente en que pueda ocurrir otro terremoto. El problema es cómo hemos decidido habitar un territorio donde los terremotos forman parte de su historia geológica, sin incorporar suficientemente esa condición a nuestras maneras de construir, ocupar y gobernar el territorio.

No podemos impedir que las placas tectónicas continúen moviéndose; tampoco podemos decretar que la tierra permanezca quieta; lo que sí podemos transformar es nuestra manera de construir, ocupar, conocer y gobernar el territorio. Por eso la reconstrucción no debe limitarse a reparar lo que se agrietó.

Necesitamos saber con mucho mayor detalle qué ocurrió con las edificaciones que colapsaron y con las miles que resultaron afectadas: cuándo fueron construidas, con qué normas, sobre qué suelos, qué modificaciones tuvieron, qué mantenimiento recibieron, cuál era su sistema estructural y cómo respondieron frente al movimiento registrado; no para buscar explicaciones apresuradas, sino para aprender.

También tendremos que volver pública y comprensible la microzonificación sísmica; no puede seguir siendo un conocimiento reservado principalmente a especialistas. Una familia debería poder saber qué características tiene el suelo sobre el cual está construida su vivienda. Una comunidad debería conocer los riesgos particulares de su barrio. Quien compra o arrienda un apartamento tendría que poder acceder a información básica sobre la edificación que va a habitar. Conocer el suelo debería convertirse en parte de nuestra cultura ciudadana.

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Eso implica revisar igualmente nuestra relación con los edificios. Durante décadas hemos pensado la vivienda como patrimonio, inversión, refugio o mercancía; tendremos que comenzar a pensarla también como una estructura que envejece, se transforma y necesita cuidado; una edificación no termina el día en que se inaugura.

Pero, además, habitar estratégicamente un territorio sísmico significa aceptar que la seguridad no depende exclusivamente de la ingeniería. Importan las normas de construcción, por supuesto, pero también el ordenamiento y la adaptación territorial, el control urbano, la calidad de las intervenciones, el mantenimiento de las redes de agua y gas, las rutas de evacuación, los espacios abiertos, la organización comunitaria, los sistemas de información y la capacidad institucional para responder.

Responder a la situación significa también reconocer las desigualdades socioterritoriales existentes. No todas las personas pueden elegir dónde vivir. No todas pueden reforzar una vivienda, pagar una evaluación estructural o abandonar inmediatamente un edificio inseguro. La gestión del riesgo, por tanto, no puede reducirse a decirle a cada ciudadano que se prepare; vivir con el riesgo es también un problema de derechos y de justicia territorial.

Para avanzar necesitamos una comprensión ecológica del habitar: entender que una vivienda nunca está aislada del suelo, el clima, el agua, los ríos, las pendientes, las redes, las demás edificaciones y las decisiones históricas que produjeron la ciudad.

Durante años construimos una ciudad mirando principalmente la superficie: calles, edificios, urbanizaciones, centros comerciales, valorizaciones y precios del suelo. El terremoto nos obliga a mirar hacia abajo, hacia arriba, hacia los lados y hacia atrás: los ríos que formaron los terrenos que ocupamos, los depósitos acumulados durante siglos, las montañas, las fallas, las edificaciones que envejecieron y las decisiones urbanas que fuimos tomando.

Quizá tengamos que comprender algo elemental que habíamos olvidado: no vivimos simplemente sobre el territorio; vivimos con él y dentro de sus dinámicas. La tierra volverá a moverse, no sabemos cuándo ni con qué intensidad; la pregunta verdaderamente política no es cómo evitarlo, sino cómo queremos vivir sabiendo que volverá a ocurrir.

Tal vez prepararnos para el próximo terremoto comience precisamente dejando de considerar la sismicidad como una emergencia excepcional y aprendiendo, de una vez por todas, a habitar un territorio que se mueve.

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Por Jesús Darío González Bolaños

Es caleño, investigador social, Doctor en Antropología de la Universidad del Cauca, Maestro en Filosofía, con estudios de especialización en Comunicación y Cultura, y en Pensamiento Político Contemporáneo, Trabajador Social de la Universidad del Valle. En el sector público ha ejercido como coordinador de cultura de los DDHH de la Defensoría Regional del Pueblo en el Valle del Cauca, asesor de Participación Ciudadana, director del Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente - DAGMA, secretario de Gobierno, gerente encargado de EMCALI y secretario de Bienestar Social en la Alcaldía de Cali.