Isaac Colón y Epifanía Callejas unieron fuerzas en 1934 para fundar Puerto Claver, el corregimiento más extenso y poblado de El Bagre, Bajo Cauca

 - El día que doce familias desafiaron la selva del río Nechí para fundar un lugar donde vivir
Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares

Según lo contaron sus primeros pobladores, la historia del actual corregimiento de Puerto Claver, jurisdicción de El Bagre, no comenzó con un decreto real ni mucho menos salió del trazado hecho a mano por un agrimensor, –el topógrafo de antes–, enviado desde la lejana gobernación departamental.

Empezó, como casi todo en el Bajo Cauca antioqueño, inspirado en la fuerza y el ímpetu de un río que todo lo arrastra a su paso y con la necesidad que tenían sus primeros habitantes de encontrar un puerto seguro donde la vida fuera más generosa con ellos.

A través de la historia narrada por sus protagonistas, se dice que, a mediados del año 1930, un grupo de ciudadanos, bajo la batuta de don Isaac de J. Colón Camargo, un hombre que tenía el mapa de la región grabado en los pliegues de su memoria, y con la mirada puesta en el futuro, se paró frente a sus vecinos del viejo corregimiento de Amacerí y les dijo con bastante precisión que vivir allí era estar condenados al encierro eterno.

Con su capacidad de convicción, les propuso abandonar el aislamiento de las tierras altas y trasladarse de manera definitiva a las orillas del entonces caudaloso río Nechí, muy propicias para comenzar una nueva vida.

El punto elegido por don Isaac no era un terreno cualquiera. Se trataba de un paraje remoto y fértil donde una mujer de temple indomable, de nombre Epifanía Callejas, sostenía con orgullo una inmensa plantación de yuca que desafiaba día y noche los humedales y las crecientes del río.

Al principio, —como pasa siempre con las buenas ideas—, los moradores de Amacerí lo tildaron de loco y le adjudicaron el título de visionario irresponsable. ¿Para qué dejar las casas conocidas, los caminos andados y la seguridad del hogar por un pedazo de playa inhóspita y pantanosa? Pero el aislamiento con Zaragoza, —que entonces regía los destinos coloniales y el comercio de los metales preciosos en toda la región—, se volvió insoportable con una carestía tremenda y con cero oportunidades de progreso.

Finalmente, en 1934, y tras cuatro años de una pedagogía terca y silenciosa, el empeño de don Isaac dio sus frutos. En efecto, doce familias le creyeron, empacaron sus corotos, trancaron para siempre sus puertas en Amacerí y navegaron río abajo para fundar los primeros ranchos de paja justo sobre los límites de la plantación de doña Epifanía.

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A ellos se les sumaron casi de manera atropellada oleadas de migrantes procedentes de las poblaciones de Nechí, Magangué y Zaragoza, atraídos por el imán de la minería del oro, el comercio fluvial y la generosidad de la tierra.

El caserío creció con tal vigor y dinamismo que, cuando El Bagre se independizó de Zaragoza en 1980, Puerto Claver ya era un verdadero gigante demográfico, lo que lo llevó a convertirse desde entonces en su corregimiento más extenso, rico y poblado.

De la mano de la imaginación vamos a conocer aquel episodio que marcó un antes y un después la historia de esta comunidad.

Todo sucedió una madrugada imprecisa de 1934. Luego de más de 48 meses de predicar en el desierto de la incredulidad general, don Isaac de J. Colón Camargo iba parado en la proa de la canoa principal, con los pantalones de dril remangados hasta las rodillas y los ojos fijos en la siguiente curva del río.

Y detrás de él, en un convoy compuesto de champanes y balsas de madera que crujían bajo el peso de los corotos, de gallinas amarradas por las patas, herramientas de labranza y niños silenciosos, venían las doce familias que serían a la postre, las fundadoras de un nuevo caserío solo porque habían tenido el coraje de seguirle los pasos a las palabras de ese otro Colón regional.

El sitio elegido para desembarcar no era más que una especie de lengua de arena húmeda que se abría paso a dentelladas entre la selva densa, custodiada por el verde encendido de una plantación que desafiaba los humedales del entorno.

Allí, con las manos apoyadas en sus caderas, con la firmeza de siempre y con el infaltable sombrero de paja echado hacia atrás, los esperaba doña Epifanía Callejas.

Doña Epifanía, hay que recordarlo, no era una terrateniente de finos modales ni de títulos nobiliarios firmados con tinta elegante en la capital; era una matrona de provincia cuyo único y verdadero patrimonio era un yucal inmenso que hundía sus raíces profundas a orillas del Nechí.

Mientras los hombres de don Isaac amarraban las pesadas barcazas a los troncos de los guamos, ella miraba el desembarco no con la sospecha de la invasión, sino con la parsimonia de quien sabe que los cultivos, tarde o temprano, tienen que alimentar el apetito de los hombres.

El choque y la alianza de esos dos temperamentos indomables, permitieron fundar a Puerto Claver. Don Isaac, con la urgencia del visionario que sabe que cada hora de aislamiento es una condena, clavó la primera estaca en la arena húmeda.

Doña Epifanía, con la sabiduría práctica de quien ha domesticado el monte a punta de machete, constancia y rezos, señaló el límite exacto de sus yucales para indicar el lugar preciso donde debían levantarse los primeros techos de palma.

No hubo discursos solemnes, ni bandas de música, ni campanas al vuelo con su toque a rebato, ni banderas izadas al viento. El acta de fundación de este gigante del Bajo Cauca se firmó con el golpe seco y rítmico de las hachas al derribar la manigua y el olor espeso a sancocho de yuca que doña Epifanía ofreció de manera generosa a los recién llegados para mitigar el cansancio del éxodo.

Esas doce familias no buscaban hacer historia; buscaban un puerto seguro donde el comercio fluvial les permitiera respirar. Pero allí, sobre las laderas que Epifanía había sembrado y que Isaac había elegido en sus desvelos, quedó sembrada la semilla de un pueblo inquebrantable, el mismo que ha mantenido el espíritu alegre y soñador 95 años después de aquella aventura.

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Por Nota Ciudadana

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