Texto escrito por: Antonio González
El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió al país el 10 de agosto dejó una tragedia enorme: cientos de muertos, miles de heridos, desaparecidos, viviendas destruidas y una infraestructura profundamente golpeada.
El balance sigue siendo provisional. Pero hay un dato que debería obligarnos a pensar más allá de la cifra final: cientos de personas fueron rescatadas con vida entre los escombros. Y aquí aparece una pregunta incómoda:
¿Qué habría ocurrido si las condiciones del terremoto hubieran sido todavía más desfavorables?
El sismo tuvo su origen a unos 103 kilómetros de profundidad. La profundidad, junto con otros factores geológicos, estructurales y urbanos, influye en la manera en que la energía llega a las zonas pobladas. No significa que una mayor o menor profundidad determine por sí sola el número de víctimas, pero sí forma parte de la ecuación que explica por qué un terremoto puede convertirse en una catástrofe mucho mayor.
Y la historia mundial demuestra lo que puede suceder cuando se combinan un terremoto fuerte, edificaciones vulnerables, pobreza, concentración urbana y una capacidad limitada de respuesta.
En Haití, en 2010, un terremoto de magnitud 7,0 produjo una de las mayores tragedias sísmicas de las últimas décadas. El USGS estima alrededor de 300.000 muertos, mientras otras cifras oficiales registradas por organismos estadounidenses sitúan el balance en 222.570 fallecidos. Además, casi la mitad de las estructuras de la zona epicentral resultaron dañadas. Y en nuestra propia región acabamos de recibir otra señal.
Los terremotos ocurridos en Venezuela el 24 de junio de 2026, de magnitudes 7,2 y 7,5, dejaron más de 5.000 fallecidos, según las autoridades venezolanas.
Entonces sí: podemos mirar el balance colombiano y pensar que pudo haber sido todavía peor. Pero cuidado con esa conclusión. No deberíamos decir que “la sacamos barata”. Porque más de 280 vidas perdidas no son una cifra pequeña. Son familias. Son historias. Son personas que tenían una vida antes de que la tierra se moviera.
La verdadera reflexión debería ser otra: ¿Qué vamos a hacer para que el próximo terremoto no encuentre al país igual de vulnerable? Porque los terremotos no los podemos evitar. Pero muchas de sus consecuencias, sí. La ingeniería sísmica puede reducir el riesgo. El cumplimiento de las normas de construcción puede salvar vidas. La planificación urbana puede disminuir la exposición.
La preparación de los organismos de emergencia puede acelerar los rescates. Los sistemas de alerta, comunicación y monitoreo pueden ganar segundos que, bajo toneladas de concreto, pueden convertirse en la diferencia entre vivir y morir. Y la pobreza también importa. Porque una familia con recursos puede reforzar su vivienda, acceder a seguros, trasladarse temporalmente y recuperar más rápido su patrimonio.
Una familia vulnerable muchas veces no tiene ninguna de esas posibilidades. Por eso la reconstrucción no puede limitarse a volver a levantar lo que se cayó. Tenemos que preguntarnos si vamos a reconstruir mejor, más seguro y con menos desigualdad. Hoy Colombia tiene una oportunidad dolorosa, pero histórica. Convertir esta tragedia en un punto de inflexión. Un plan nacional de infraestructura segura. Reforzamiento de colegios, hospitales y viviendas vulnerables. Mayor inversión en prevención. Equipos especializados de búsqueda y rescate. Mejor coordinación entre Nación, departamentos y municipios.
Y, sobre todo, una política de reducción del riesgo que no aparezca solamente cuando la tierra comienza a temblar. Porque después de un terremoto todos hablamos de rescatar. La verdadera pregunta es qué hicimos antes para evitar que tantas personas necesitaran ser rescatadas. Este terremoto no debería dejarnos únicamente escombros.
Debería dejarnos memoria. Porque si después de cientos de muertos, miles de heridos y miles de familias damnificadas volvemos a construir exactamente de la misma manera, entonces la próxima tragedia no será solamente un desastre natural. Será también el resultado de aquello que decidimos no aprender.
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