Han pasado apenas unos días desde el terremoto y todavía estamos tratando de comprender su dimensión. En Cali caminamos entre edificios averiados, escombros, cintas de seguridad, familias que no saben cuándo podrán regresar a sus viviendas y grupos de personas que ayudan a remover, buscar, alimentar, acompañar.
Pero Cali es solamente una parte de esta historia; el terremoto del 10 de agosto tuvo una geografía mucho mayor. Chocó, Valle del Cauca y distintos lugares del Eje Cafetero presentan víctimas y daños; incluso la información inicial sobre Buenaventura y algunos municipios del litoral permanece incompleta por dificultades de comunicación, energía y movilidad.
Mirar nuestra propia ciudad no puede hacernos olvidar esa geografía regional del dolor. Ahora es tiempo de solidaridad, de salvar vidas, encontrar personas, garantizar albergues, alimentos y atención médica; de escuchar a quienes tienen miedo, acompañar a quienes perdieron familiares, viviendas o negocios y reconocer el enorme trabajo de bomberos, organismos de socorro, personal sanitario, instituciones públicas, organizaciones sociales y ciudadanía.
También es tiempo de civismo. Un civismo que no consiste solamente en obedecer instrucciones, sino en comprender que después de una catástrofe la ciudad y la región necesitan cooperación, información responsable, confianza, vigilancia ciudadana y capacidad comunitaria; mientras atendemos la emergencia debemos comenzar a mirar lo que viene porque los desastres tienen tiempos diferentes.
En el corto plazo, la prioridad son las vidas: rescate, atención sanitaria, albergues, servicios públicos, seguridad de las edificaciones, movilidad, cuidado de la salud mental y física posevento y condiciones mínimas para las familias afectadas.
En el mediano plazo aparecerán problemas menos visibles: familias desplazadas de sus viviendas, pérdida de ingresos, pequeños negocios cerrados, edificios inhabitables, colegios y hospitales averiados, créditos hipotecarios que continúan llegando, propiedades horizontales sin recursos suficientes y miles de decisiones sobre reparar, reforzar o demoler.
En el largo plazo estará la pregunta más difícil: ¿cómo reconstruimos? En Cali ya aparecen algunas pistas; un informe preliminar de la Universidad del Valle muestra que la distribución de los daños actuales guarda semejanzas con eventos sísmicos anteriores y llama particularmente la atención sobre la denominada Cubeta de Cañaveralejo y otros suelos reconocidos en la microzonificación distrital, capaces de amplificar las ondas sísmicas.
Allí se encuentra una parte importante de la ciudad construida durante el siglo XX y también una concentración significativa de población de sectores medios. Esto no permite afirmar que el terremoto haya afectado principalmente a las clases medias ni que una falla geológica explique los colapsos; la pregunta parece bastante más compleja, entre otras cosas porque faltan balances en los sectores populares de la ciudad, en el centro, la ladera occidental y el oriente caleño.
Habrá que cruzar la geografía de los daños con los tipos de suelo, la edad de las construcciones, sus sistemas estructurales, las modificaciones realizadas durante décadas y las condiciones sociales de quienes las habitan. El informe identifica, por ejemplo, daños graves relacionados con edificaciones de "piso blando", cuyos primeros niveles fueron destinados a parqueaderos o actividades comerciales.
El terremoto comienza así a revelar la historia material de nuestra ciudad y esto plantea responsabilidades. Las alcaldías y gobernaciones tendrán que producir información pública y confiable, realizar diagnósticos estructurales, garantizar transparencia en las demoliciones y contratos, gestionar adecuadamente los escombros y construir programas de alojamiento, reparación, reforzamiento y reconstrucción.
El Gobierno nacional tendrá que comprender que estamos ante un desastre de escala regional que supera las capacidades aisladas de los municipios. Universidades y comunidades científicas deberán ayudar a comprender qué ocurrió y qué vulnerabilidades permanecen. No se trata de anuncios sueltos y menos de hacer de esta calamidad un negocio.
La ciudadanía tendrá también una tarea enorme: organizarnos, cuidar las redes vecinales, ejercer control ciudadano, evitar rumores, acompañar a quienes quedaron solos y participar en las decisiones sobre la reconstrucción; reconstruir no será solamente volver a levantar paredes, será decidir qué ciudad y qué región queremos volver a poner en pie. Quizás allí esté el desafío cívico que comienza después de la solidaridad inmediata: comprender que el desastre es colectivo y que la recuperación también tendrá que serlo.
El terremoto duró segundos, sus consecuencias nos acompañarán durante años.
También le puede interesar:
Anuncios.


